Necesitaba sentir algo y he ido a una procesión de Semana Santa
No es fe, sino fascinación: el poder de los signos que resisten a la globalización
PalmaSiento fascinación por los símbolos: unidades mínimas de comunicación, que significan cosas muy concretas con muy pocos recursos. El lenguaje se concentra en ellos, ácido, explosivo. Mis sentidos reaccionan a ellos como las papilas gustativas al glutamato monosódico. Puro estímulo. Son un misterio y nuestro imaginario colectivo, la luz ultravioleta que nos permite descifrarlos. Reconocer su significado es adictivo porque me habla de mí misma, me recuerda las cosas que no sabía que sé y que me ayudan a interpretar el mundo.
Unas riendas, un pan de oro, una trompeta y un tambor, el color lila en contraste con el color rojo, por ejemplo: unos elementos tan representados que se han vaciado de significado, porque cada uno los ha circunscrito al suyo, a un momento, sentimiento o sensación concreta. Te inquietan, te emocionan, te sacan del surco. O te conectan con un ‘yo’ pasado, antiguo, que intuyes, pero no sabes a ciencia cierta si has vivido. Una película de Almodóvar, las manos de tu abuela, una escultura en Roma. Te hacen sentir algo, que es lo que ahora mismo quiero, necesito. Quizás por eso me acerqué a ver una procesión de Semana Santa.
Jamás en la vida se me ocurriría asistir a una misa por voluntad propia, ni bautizar a mis criaturas, ni encomendarme a Dios para nada. A los ocho años decidí que no haría la comunión porque mi prima mayor ya me había hecho una review de la catequesis y resulta que era “un aburrimiento total”. Aun así, algo me empuja a buscar aquello primitivo, anacrónico, impasible al paso del tiempo. Busco vivir, por un momento, algo que sea capaz de resistir las embestidas de los años, y a veces lo encuentro en una roca; otras, en la barra de acero inoxidable de un bar y, otras, en la excentricidad de un paso de Semana Santa.
Y no es una cuestión de espiritualidad. La última vez que medité fue, sin querer, sentada en el Bar Isleño, en Santa Catalina. Sus sillas de escayola roja y su café en vaso de cristal me indujeron al tránsito más profundo, como acunándome, en suspensión. Supongo que es la idea de que alguien, en algún momento, ya vivió esto, que miró por esta misma ventana a la calle de Aníbal. Es la idea de que formo parte de algo más grande, más importante, que hace mucho tiempo que pasa. Supongo que es esta idea de pertenencia, de identidad, de tradición.
Siento paz cuando veo que ciertas cosas siempre han sido así, que se han negado a cambiar, que se mantienen auténticas. Me da la esperanza de que no, de que no todo está aún por inventar ni por llegar, de que aún tenemos el poder de preservar, de continuar siendo lo que somos, al menos, un ratito más. Me ayuda a luchar contra presagios amargos como los de este verso de Maria Jaume en ‘Sonen les campanes’, de Sant Domingo Forever: “Habrá un día que ninguno de nosotros vivirá en este pueblo. Un día, nosotros seremos otros y todo en orden”.
En definitiva, me hace creer que hay una alternativa al ritmo frenético de la globalización y a ser engullidos, y a convertirnos en una de esas imágenes que creaba la inteligencia artificial cuando aún era imperfecta: una amalgama de cosas indescifrable, un totum revolutum, un puré grotesco donde nadie se quiere identificar. Nuevo, artificial, sin alma: como un Sonny Angel o un Labubu. Efímero por su falta de valor, fácilmente reemplazable.
Y claro que me preocupa que nuestra tendencia a luchar contra esto siempre sea la nostalgia más rancia. Por eso hablaba de los símbolos. Quizás C. Tangana fue el primero de mi generación en saberlos usar. Él nos hizo ver el folklore popular desde otra óptica, como algo que nos pertenecía un poco, con un punto de reconocimiento y menos rechazo. El costumbrismo de sobremesa, el macarrismo, el kistch cañí. No diré con orgullo, pero sí con menos vergüenza. Encontró el código para acercárnoslo y, más que eso, para que quisiéramos hacerlo nuestro, sin reticencias. Algo que no ha conseguido tanto Rosalía. Ella, que nos habla de separar al artista de la obra, ha llegado a un punto en que no sabemos dónde acaba su creación artística y dónde empieza su fe.
Y esto es lo que nos da miedo: tragarnos el discurso con envoltorio de canción. C. Tangana nos permitía bailar un paso de Semana Santa a ritmo tecno sin sentir que estábamos reivindicando nada. Él, ¡carajo!, hasta nos hizo creer que éramos subversivos. En la obra de Rosalía, Dios viene demasiado incluido en el lote. Aquí es donde se encuentra con nuestra incomodidad. Una cosa es la muestra, el síntoma, el ritual, y otra la creencia, la liturgia, el confesionalismo. Yo prefiero ser más sorrentiniana en esto, y apostar por la performance, la decadencia y el sacrilegio: ser una monja sensual en The New Pope o Parthenope vestida solo con las joyas de la iglesia. Yo quiero coger solo aquello que nos habla de nosotros para, de alguna manera, sentir algo.