Jovellanos: de ministro a prisionero en Bellver

Se cumplen 225 años de la llegada del político y escritor a Mallorca, el 18 de abril de 1801, donde estuvo confinado siete años

El castillo de Bellver.
18/04/2026
6 min

PalmaAquellos eran tiempos duros y uno podía saltar de un ministerio a la

presión. Eso es lo que le pasó al asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), político, erudito, escritor y una de las personalidades más destacadas del Estado entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Ahora hace 225 años, el 18 de abril de 1801, Jovellanos llegaba a una Mallorca que entonces no era un destino

turístico, sino un territorio periférico donde enviar a la gente que se quería perder de vista y donde estuvo confinado siete años.

Entonces reinaba en España el abúlico Carlos IV, si bien el poder estaba en manos de su

preferido, Manuel de Godoy, de quien pregonaban las malas lenguas que lo unía con la reina María Luisa algo más que una buena amistad. Eran tiempos en que tenían un cierto éxito las ideas, muy osadas, de la Ilustración, de la cual Jovellanos era un representante bien destacado: reformas, mejoras económicas y sociales, educación y cultura y, hasta incluso –eso ya sonaba demasiado audaz–, participación del pueblo en la política.

Jovellanos en 1797.

Godoy también se sintió atraído por las ideas nuevas y en noviembre de 1797 nombró a Jovellanos secretario de Gracia y Justicia, el equivalente al actual ministro de Justicia: el Bolaños de ahora, vamos. No estuvo ni un año en el cargo, si bien continuó dentro de la estructura de la monarquía, como consejero de Estado.

¿Por qué cayó en desgracia? En teoría, porque en una traducción del Contrato social de Rousseau –una lectura subversiva para la época– se desplegaban hacia él elogios encendidos, cosa muy sospechosa. Lo cierto, sin embargo, es que la reina María Luisa no podía ver a Jovellanos, ni a los ilustrados más significados, ni en pintura: lo calificaba de “bergante” y “monstruo”, en una carta dirigida a Godoy. El nuevo titular de Justicia, José Antonio Caballero, fue el encargado de ejecutar el castigo.

El exministro fue detenido en su casa, en Gijón, donde tuvo que sufrir una humillación dolorosa, al ver sellada su querida biblioteca. Trasladado a León y de allí a Barcelona, fue embarcado después hacia Mallorca, donde llegó hace ahora 225 años, el 18 de abril de 1801. Lo confinaron, inicialmente, en la cartuja de Valldemossa, que todavía era un convento –no había sido confiscada y vendida– y más tarde al castillo de Bellver. Entonces ya se acercaba a los sesenta años.

El catalán y los baños de mar

Jovellanos era hiperactivo, como diríamos ahora, y en aquellos siete años largos hizo de todo: aprendió catalán, rescató y examinó documentación vieja, estudió y tradujo a Ramon Llull, redactó un trabajo sobre los monumentos de Palma y otro sobre educación, hizo observaciones sobre la flora, la fauna y la meteorología, formó una tertulia que fue un verdadero foco de las luces de la Ilustración en aquel territorio olvidado y periférico y no se detuvo de leer y de escribir. Esto, cuando se lo permitieron, que no fue siempre.

Durante la primera etapa del cautiverio, en la cartuja, fue relativamente afable, en convivencia con aquellos monjes, a los cuales cogió verdadero aprecio. Tenía cuidado del jardín y de la biblioteca, tomaba notas de botánica, daba paseos por los alrededores y entregaba algunos dineros a los campesinos pobres de Valldemossa. Una de las primeras cosas que hizo, apenas llegado, fue aprender catalán. Una iniciativa, en aquellos tiempos de centralismo feroz y de monopolio del castellano, verdaderamente insólita y meritoria. El suyo era un confinamiento ciertamente suave. Demasiado suave, a los ojos de sus enemigos. Fue trasladado el 5 de mayo de 1802 a una prisión más rigurosa: el castillo de Bellver.

Jovellanos.

En Bellver, siguiendo las instrucciones del ministro, lo sometieron a la tortura más grande que uno se pueda imaginar para alguien como el asturiano: prohibirle usar papel, tintero, pluma y lápiz, además de someterlo a estrecha vigilancia por parte de soldados suizos al servicio de la corona española. Encerrado en los viejos muros, le pareció ver –escribiría más tarde– “una luz amarillenta, pequeña, pero muy viva”, al lado de la cama. Eran luciérnagas. ¿O quizás era la esperanza?

Su salud se resintió: enfermedades intestinales y, sobre todo, problemas de visión. Su terror era quedarse ciego. Los médicos prescribieron que le convenía tomar baños de mar, que finalmente le fueron autorizados. Incluso alquiló una casita, donde a veces se quedaba a dormir. Sus elogios hacia la playa de Cala Major son dignos de figurar en un folleto de promoción turística: “Aguas limpias”, “comodidad”, “salubridad de sus alturas”, “reposo dulce”...

Retrato de Jovellanos.

Desde mediados de 1804 y durante el tiempo que aún permaneció en Mallorca, la situación de Jovellanos mejoró sensiblemente. Pudo ocupar hasta tres habitaciones del castillo y las hizo amueblar y decorar, de manera que resultaran más acogedoras. El capitán suizo Luis Kenel pintó las paredes con paisajes exóticos, sin olvidarse de dibujar un gato, para entretener a Picolín, el perro que se convirtió en el mejor amigo del prisionero ilustre.

‘Can Jovellanos’, en Bellver, se convirtió en un lugar de reunión y tertulia, epicentro de la pequeña Ilustración mallorquina, en la cual también participaban mujeres, como la esposa del gobernador. Algunos de aquellos encuentros eran de carácter un poco festivo y Jovellanos tocaba la guitarra –sí, también tocaba la guitarra– y entre la comida no faltaban, por supuesto, las ensaimadas.

Parece que Jovellanos también recibió alguna visita muy curiosa. Una habría sido la de su amigo Posada –‘Posidonio’ en una carta dirigida a él–, que se habría colado en Bellver disfrazado de fraile: se ve que esta es una vestimenta eficaz; mirad, si no, el falso capellán del caso Bárcenas. Otra: la de un supuesto embajador de Túnez, ‘Sidi Abderrhaman’, deseoso de obtener uno de los canarios que el confinado criaba en Bellver.

Ecologista y defensor del patrimonio

En Mallorca, Jovellanos se convirtió en un verdadero pionero del ecologismo y de la defensa del patrimonio histórico. Dos conceptos que ahora tenemos bastante interiorizados –bueno, algunos quizás no–, pero ni mucho menos en aquel momento, cuando parecía que todo se debía sacrificar al progreso. Lamentaba la tala encarnizada del bosque de Bellver, parece que por iniciativa de un gobernador corrupto, que sacaba provecho: “Dios me ha querido reservar para ser testigo de esta desolación”.

Buena prueba de su interés por el patrimonio histórico de Mallorca fue el estudio dedicado a la Seu, la Llotja, los conventos de Sant Francesc y Sant Domingo –el segundo, desaparecido– y a Bellver mismo. Todos, edificios góticos: Jovellanos fue decisivo para ‘poner en valor’, como se dice ahora, aquel estilo que la Ilustración despreciaba. Él mismo se había referido en el pasado a esta técnica como “bárbara”. Pero cambió de opinión.

Aún más, el ilustrado Jovellanos se convirtió en precursor de lo que vendría a continuación: el Romanticismo, con su reivindicación del pasado y sobre todo de la edad media. En sus escritos fantaseaba con castillos encantados, con caballeros, gigantes y nigromantes. También se refirió a la bruja Joana de la cueva de Bellver. Más o menos, lo mismo hay que decir de su evolución ideológica: como observa Aranguren, el ilustrado, pero no demócrata, que llegó a Mallorca salió de ella habiendo alcanzado la condición de ciudadano.

Retrato de Carlos IV y María Luisa de Parma

Jovellanos aceptó el reto que lanzó la institución ilustrada Sociedad Mallorquina de Amigos del País: redactar una propuesta para lo que debía ser un centro de educación para la nobleza local. Está claro que su proyecto preveía la enseñanza no solo para los nobles, sino para todos, también las mujeres. Y que se impartiera en la lengua nativa, es decir, en catalán. Pasado el tiempo, aquellos apuntes suyos servirían de base para el futuro Instituto Balear de Palma, el actual Instituto Ramon Llull.

En marzo de 1808, con el motín de Aranjuez, cayó el odiado Godoy y con él cayó Carlos IV. Al nuevo rey, Fernando VII, le faltó tiempo para ordenar que fuera puesto en libertad. Para Jovellanos, sin embargo, aquello no era suficiente. La liberación era tan arbitraria como lo había sido el cautiverio. Él quería que fuera reconocida su inocencia. Pero tuvo que resignarse. Fernando VII ya apuntaba maneras del nefasto monarca que sería después.

Ahora sí que Jovellanos podía hacer lo que hace todo el mundo cuando viene a Mallorca: se quedó allí un mes más, volvió a Valldemossa para reencontrarse con sus queridos frailes e hizo unos buenos recorridos por la isla. No fue hasta el 19 de mayo que se embarcó hacia Barcelona.

Mientras tanto, las cosas fueron a peor: las tropas de Napoleón habían ocupado la Península y aquel mismo mes había estallado la guerra de la Independencia. Jovellanos rechazó el ministerio que le ofreció el nuevo monarca, José Bonaparte, y prefirió unirse a la resistencia, como miembro de la Junta central, una especie de gobierno provisional. Murió tres años más tarde, dejando el recuerdo de un hombre recto y, en Mallorca, el de una persona que amó la cultura isleña: un edificio del campus de la Universitat de les Illes Balears lleva actualmente su nombre.

Un complot para que Nelson liberara a Jovellanos

Hubo, como mínimo, un intento de liberar a Jovellanos de aquella estancia no deseada en el paraíso. Relata Sureda y Blanes cómo la condesa de Montijo, amiga fiel del ilustrado, participó en una conspiración para liberarlo. Con este objetivo, se solicitó la colaboración del mítico almirante británico Nelson, que entonces circulaba por el Mediterráneo con sus barcos, y con una relación común con Jovellanos: el mallorquín cardenal Despuig. El político e hispanista Lord Holland escribió a Nelson para transmitirle la propuesta.Ahora bien, aquello era 1805, y entonces el Reino Unido era enemigo de España, mientras que era aliado de la Francia napoleónica: solo unos meses más tarde, las armadas francesa y española serían derrotadas conjuntamente por el mismo Nelson, en la batalla de Trafalgar. El almirante respondió entonces que, si bien lamentaba la suerte de Jovellanos, a quien calificó de “hombre erudito y bueno”, aquella operación podría ser, incluso, contraproducente: lo podrían ejecutar, por traidor. Se ve que, antes de llevar a cabo una iniciativa arriesgada, pensaba en las consecuencias; no como otros bien poderosos, en nuestros días. Y no señalo a nadie.

Información elaborada a partir de textos de Josep Sureda i Blanes, Carlos Martínez Shaw, Gaspar Sabater, Francesca Tugores, Antoni J. Colom Cañellas i Bernat Sureda Garcia, José Luis López Aranguren, Miquel dels Sants Oliver i Miquel Ferrà i Martorell.

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