Las palabras nos traen: ¿quieres ser ‘normal’?

La capacidad de ir más allá del significado literal de las palabras es una de las características más fascinantes del lenguaje humano

Las palabras nos traen: ¿quieres ser ‘normal’?
hace 28 min
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PalmaLos hablantes sabemos que las palabras raramente son inocentes. Somos plenamente conscientes de que las usamos cargadas de valores y connotaciones sociales que hemos aprendido a lo largo de nuestra experiencia como miembros de una comunidad lingüística. Para muchos de nosotros, la palabra ‘estaca’ ya no designa únicamente un palo clavado en el suelo y ha devenido, con la canción de Lluís Llach, un símbolo de la voluntad colectiva de superar la opresión. El significado social y emocional del vocablo ‘estaca’ va, por tanto, mucho más allá de su significado estrictamente literal.

Pero la comunicación humana aún es más compleja. En la conversación cotidiana intervienen constantemente las presuposiciones y las implicaturas. Las primeras son aquellas informaciones que los hablantes damos por sabidas o compartidas y que no consideramos necesario explicitar. Las segundas son las deducciones que los interlocutores extraen a partir del contexto, de la situación comunicativa y de los conocimientos compartidos. Cuando Pere pregunta a María: “¿Tienes reloj??”, ella no interpreta que Pere quiera saber si es propietaria de un reloj. Lo que entiende es que le pide qué hora es y, consecuentemente, le responderá que son las siete de la tarde. Si María se limitase a contestar que tiene uno, su respuesta sería gramaticalmente impecable, pero comunicativamente un auténtico desastre. La información ‘qué hora es’ no aparece en ningún lugar dentro del enunciado, pero María la infiere porque comparte con Pere unas determinadas convenciones conversacionales.

Significado literal

Esta capacidad de ir más allá del significado literal de las palabras es una de las características más fascinantes del lenguaje humano, que nos acompaña en todas partes: en las conversaciones de bar, en los libros y en los titulares de los periódicos. He aquí que, cuando oímos una palabra tan aparentemente inocente como 'normal', los hablantes sabemos que nos encontramos ante uno de los términos más enrevesados del vocabulario. ¿Y por qué? Pues porque es una de esas palabras que suelen ir cargadas de presuposiciones e implicaturas.

Imaginemos que leemos esto en un comunicado de prensa: ‘El catalán debería ser una lengua normal’. El enunciado parece sencillo, pero es extraordinariamente denso. En primer lugar, presupone que existe una manera de ser normal para una lengua. En segundo lugar, presupone también que el catalán todavía no ha alcanzado plenamente esta normalidad. Y, además, genera diversas implicaturas: que hay lenguas que sí se encuentran en esta situación, que el catalán sufre alguna anomalía y que habría que adoptar determinadas medidas para corregir este estado anómalo.

¿Qué es 'normal'? La respuesta parece fácil: aquello habitual, aquello frecuente, aquello que hace la mayoría. Pero esta definición esconde una trampa. Nadie es normal por sí solo. La normalidad solo existe dentro de un grupo. Y no cualquier grupo: el grupo que, en cada contexto, tiene la capacidad de establecer qué es habitual, qué es esperable y qué queda fuera de la norma. Y he aquí que las lenguas, como los humanos, viven dentro de normalidades diferentes.

Hace pocos días viajé a Lublin, una ciudad del este de Polonia que conserva un admirable regusto medieval y que, al mismo tiempo, transmite una intensa sensación de juventud y dinamismo. Durante la estancia allí experimenté algo aparentemente insignificante, pero extraordinariamente revelador: la materialización práctica del concepto de su normalidad, con un paisaje lingüístico solo en polaco. La lengua normal de relación era el polaco. La lengua de los rótulos era el polaco. La lengua de las conversaciones espontáneas era el polaco. Y el comportamiento ‘normal’ de sus hablantes consistía en dirigirse a los desconocidos en polaco. Me detuvieron dos veces por la calle para pedirme una dirección. En ambos casos lo hicieron en polaco. Y os aseguro que mi aspecto físico se aleja considerablemente del estereotipo de mujer polaca. Nací en Mallorca y soy de aquí. Sin embargo, aquellos hablantes no dudaron ni un instante en hablarme en su lengua. ¿Por qué? Porque presuponían algo que para ellos era absolutamente natural: que el polaco era la lengua normal de aquel espacio.

La misma experiencia se repitió en el aeropuerto de Varsovia. Mientras esperaba el embarque del vuelo hacia Palma en la puerta 29, un miembro del personal de tierra se acercó a los pasajeros para comunicarnos que había habido un cambio de puerta. No entendí ni una palabra de lo que decía. De hecho, inferí el contenido del mensaje al observar que la gente se levantaba y se dirigía hacia otra puerta de embarque.

Lengua natural

Lo que me llamó la atención –precisamente porque mi experiencia lingüística es otra– fue que nadie considerase necesario repetir el aviso en inglés. La posibilidad misma de traducir el mensaje ni siquiera parecía haber pasado por la cabeza de quien lo transmitía. Probablemente presuponía que todos los destinatarios lo entenderían en polaco. Actuaba desde una evidencia compartida: aquella era la lengua natural de comunicación en aquel espacio.

Por mi parte, observando aquella situación, llegué a una conclusión que me parece inevitable: la normalidad lingüística puede entenderse como una gran presunción colectiva, una realidad tan profundamente compartida que acaba deviniendo invisible para quienes la viven cada día.

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