La cosa, una "obra de arte"

Queda claro que los progenitores de la criatura, Nao Albet y Marcel Borràs, han jugado el rol de la transgresión y lo anuncian ya desde el título

Los Estunmen
07/06/2026
2 min

PalmaLos Estunmen llegan a los Teatros del Canal después de pasar por El Lliure de Barcelona con todas las bendiciones y el visto bueno del Liceu y del Real, pero con las reticencias de cómo si un producto de estas características aún no tuviera suficientes garantías para ser representado en las casas principales. Quizás solo sean prejuicios, algo que no se entiende después de haber visto en la casa grande, en ambas y en muchas más, alguna creación operística que “deunidó”. Queda claro que los progenitores de la criatura, Nao Albet y Marcel Borràs, han jugado el rol -que también es un juego que encaja a la perfección con este bebé- de la transgresión y lo anuncian ya desde el título. Els estunmen no es otra cosa que la pronunciación de los stuntmen, los especialistas, los dobles de los protagonistas, los que están ahí y hacen como si lo fueran. Los capataces, Albet y Borràs, dicen que es una ópera y seguramente tienen razón y razones para clasificarla dentro de este género, donde la contemporaneidad siempre encuentra barreras casi infranqueables. La música la firma Fernando Velázquez, que en lugar de transgredir hace una precisa y adecuada aleación de no pocas épocas operísticas, aunque si la historia habla, entre muchas otras cosas, de héroes, ¿quién mejor que Wagner como gran fuente de inspiración. Por eso, y por muchas cosas más, estamos ante una guesamcunstverq, que es como se pronuncia la obra de arte total que predicaba el señor de Bayreuth.

Teatro, música, cantantes, actores, especialistas, maestros en directo, en Madrid los de la Joven Orquesta Nacional de España, dirigidos por el compositor, forman un intrincado y extraordinario alboroto musical, argumental y dramatúrgico, que convierte el espectáculo en un caleidoscopio donde podemos encontrar, porque están ahí, desde elementos de la tragedia, tanto clásica como contemporánea, hasta humor, de una fina elegancia que no desgarra el discurso ni un poco ni mucho. La “cosa” no da tregua, porque pasa de la tragedia a la comedia con una fluidez y agilidad mayúsculas, que hace que todo junto, perfectamente mezclado y muy bien agitado, comience su giro a partir de una primera violenta secuencia absolutamente cinematográfica, “hecha en Tarantino”, de quien no esconden las influencias, sino todo lo contrario, para después quedar compungido con lo que vendrá a continuación. No es todo, ya que a continuación viene lo que viene después de la continuación. Una reflexión sobre los dobles, tan imprescindibles, aunque nunca se vean, una precisa disección de la figura del héroe, un rompecabezas melodramático con la familia como eje -¿un poco Tennessee Williams, por ejemplo?-, un tablero donde aparece todo un muestrario de géneros -masculino, femenino, binario, no binario…- y hasta unas gotas de metateatro, que de alguna manera lo enlaza todo, hasta convertirlo en un espectáculo, de grandes dimensiones, entretenido, original, inteligente y profundo, de esos que no dejan nada indiferente, con un repiqueteo de especialistas final, que hizo que la Sala Roja retumbara con idéntica intensidad de todo lo que habíamos disfrutado a lo grande las dos horas anteriores.

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