Las mujeres que Jaime I usaba y dejaba

Descubrimos la vida privada no muy ejemplar del monarca más mitificado, cuando se cumplen 750 años de su muerte

Jaime I y Violante, representados como gigantes en Algemesí.
25/07/2026 - 16:33 h.
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PalmaNingún otro monarca ha sido tan mitificado, idealizado y glorificado como Jaime I el Conquistador –bueno, quizás el emérito, en sus buenos tiempos–: rey caballero, guerrero, valeroso, sensato, sabio, generoso, buen cristiano... Por supuesto que, de todo esto, la mitad de la mitad, y más en referencia a las mujeres, a las que usó y dejó cuando ya no servían a sus intereses. Recordamos la vida privada de Jaime I cuando se cumplen –el 27 de julio– 750 años de su muerte, en 1276.

La buena fama de Jaime I la cultivaron –cosa habitual en la época– los cronistas a sueldo. Y también lo hizo el mismo monarca en el Libro de los hechos, autobiografía que escribió –o dictó– y donde dio, de sí mismo, toda la buena imagen que quería proyectar, ocultando algunos hechos y falseando otros. Es sintomático que en este libro las mujeres brillen por su ausencia. Sí que recoge las primeras nupcias, con Leonor de Castilla, como episodio de su juventud. Pero no las segundas, con Violante de Hungría, la supuesta compañera de conquistas. Ni la muerte de ninguna de las dos.

Sí que hay dos mujeres por las cuales Jaime I sentía veneración. Una es la Virgen María, que supuestamente se le habría aparecido cuando solo tenía diez años. La otra es su madre, María de Montpellier, si bien, como puntualizan Antoni J. Quintana y Rosa M. Calafat, le produce “una cierta desconfianza”: no en vano, ella tuvo que urdir un estratagema para meterse en la cama con su esposo, el rey Pedro, que no la podía ni ver, y así engendrarlo a él. Le debía parecer peligrosamente inteligente para ser una mujer.

Las nupcias con Leonor fueron en 1221. De hecho, él era todavía tan joven que tardaron un cierto tiempo en poder consumar el matrimonio. Eran tiempos difíciles para el monarca adolescente, hasta el punto que el joven matrimonio cayó prisionero. Él quería que se escaparan con dos cuerdas por una ventana, pero ella se negó: una reina no se descolgaría como si aquello fuera Star Wars, ¡faltaría más!

Las brujas mallorquinas

Ya fuera por aquel episodio o porque Leonor nunca acabó de ser de su agrado, la cuestión es que, solo cuatro años más tarde, ya no hacían vida en común. Jaime pidió al papa Gregorio IX la anulación del matrimonio, alegando que eran parientes cercanos. Cosa que, obviamente, ya sabían perfectamente cuando se casaron. El ‘rey caballero’ no perdía el tiempo; poco después de las bodas ya apareció una primera amante: Elo Álvarez, una dama de la corte.

La anulación se produjo en 1229, el mismo año de la campaña de Mallorca. En las dieciséis narraciones mallorquinas que tienen como protagonista al rey Jaime, prácticamente no sale ninguna mujer. Solo la madre, fugazmente, en una de cuando él “iba a la escuela”. Y unas brujas, por supuesto malísimas, de cuya presencia alertan los nuevos pobladores cristianos, y a las cuales el monarca consigue derrotar con la ayuda sagrada de un par de capellanes y un escolar: “De aquellas brujas, no se volvió a ver el polvo ni se tuvo noticia de ellas”.

La repudiada Leonor se retiró a un convento, a su casa: Las Huelgas, en Burgos, donde dejó este mundo en 1244. Solo habían tenido un hijo, Alfonso, que era el heredero, pero murió antes que el padre. De repente, el rey se planteó un nuevo matrimonio: con Sancha, heredera de León. Esto habría supuesto que León y Aragón quedaran bajo dominio de un mismo soberano, y dejaran Castilla emparedada, tal como el jamón del sándwich. Pero el rey leonés murió y lo heredó un hijo, Fernando, y no Sancha.

Ahora la frustrada heredera leonesa ya no interesaba a Jaime I. El papa Gregorio le propuso dos posibles novias: la hija del duque de Austria y la del rey de Hungría. Y Jaime eligió la segunda, por una razón muy sencilla: era hija de un rey. Es decir, por la categoría. No sabía ni lo que nombraba.

Entre las primeras bodas y las segundas, parece que Jaime I dio palabra de casamiento a otra mujer: Teresa Gil de Vidaure. María del Carmen Roca afirma que el rey se lo habría jurado, ya que ella lo ponía como condición para ir a la cama con él, y llamó a un caballero como testigo. Cuando Teresa quiso hacerla efectiva, resultó que el caballero –oh, casualidad– había muerto. Si existía un contrato escrito, desapareció.

Violante se supone que sí que fue la compañera fiel, buena consejera, que confortaba al hombre en los momentos de desánimo y que le dio cinco hijas y cuatro hijos. Aparte de los legítimos, Jaime I tuvo un puñado de descendientes con sus amantes, a los cuales sistemáticamente adjudicaba los nombres de su padre, Pedro, y el suyo propio. De alguno de los hijos naturales se desconoce quién era la madre, todo un síntoma del valor dado a las mujeres.

Monasterio de Las Huelgas, en Burgos, donde se retiró Leonor de Castilla.

Lo cierto, pero, es que Jaime I usó a Violante según sus intereses: la hizo acudir a la campaña de Valencia con una hija de pocos meses y embarazada otra vez, como una especie de estímulo para los soldados: aquello era una garantía, para ellos, de que el rey guerrero no dejaría la lucha. Cuando aparece una esposa en el Llibre dels fets es porque en aquel momento está a su lado: todo un ejercicio de egocentrismo.

La bronca del papa al Conquistador

Por otra parte, el amor por la esposa, que probablemente sí que era verdadero, no fue ningún obstáculo para que el monarca tuviera relaciones con otras mujeres. Con dos, más concretamente: Blanca de Antillón y Berenguela Ferrandis. Tampoco se cortaba de reñir a la amada esposa: lo hizo cuando los nobles, muertos de miedo, no se atrevieron a comunicar al rey que los musulmanes le habían conquistado unos cuantos castillos, pero sí que se lo dijeron a ella. Jaime I se enfadó porque no se lo había dicho. Quedaba claro que el matrimonio no era, ni de lejos, el estado civil ideal del mítico monarca, que afirmaba que eran preferibles las tareas de gobierno, ni aunque estuviera en guerra, que las domésticas, que “amargan la comida y menoscaban el sueño”.

Aún estaba viva Violante cuando reapareció aquella famosa historia de la promesa de matrimonio hecha a Teresa Gil. El rey se lo habría revelado, al confesarse, al obispo de Girona, y este lo habría puesto en conocimiento de la Santa Sede. Aquello era un desastre sin paliativos: si ya estaba casado, el matrimonio con Violante era nulo y los hijos, ilegítimos. Aquel rey tan sensato y tan sabio se encendió de ira y ordenó que cortaran la lengua al obispo, por bocazas. Esto le costó la excomunión –una pena terrible para un soberano cristiano– y tuvo que hacer penitencia, hasta ser perdonado.

Violante murió en 1251, así que Jaime I ya no tenía que ocultar sus historias amorosas: tuvo otra, con Guillema de Cabrera. Fue también en aquella época en que Jaime I reanudó la relación con Teresa Gil. Tuvieron dos hijos, a los cuales, en el súmmum de la originalidad, les pusieron los nombres de Jaime y Pedro.

Por supuesto, Jaime I también se cansó de ella, así que puso en marcha otro proceso de separación. Había encontrado a otra mujer que le gustaba más: Berenguela Alfonso, de la familia de los reyes de Castilla. Que Jaime y Teresa estaban casados o que aquella promesa de matrimonio era perfectamente válida lo demuestra el hecho de que el monarca se buscase una excusa: que ella se había contagiado de lepra. Por si esto no fuera suficiente, añadió que había tenido relaciones con una familiar suya, en el más puro estilo Groucho Marx: este es mi argumento, si no les gusta, tengo otros.

Lo que quizás no esperaba el monarca cristianísimo fue la bronca fenomenal que le lanzó el papa Clemente IV, que le reprochó su "desvergüenza" por hacer aquella petición de nulidad "tan abominable y monstruosa". Si el rey no podía cohabitar con Teresa por su enfermedad, ya sabía lo que tenía que hacer: quedarse casto. Y abstenerse de aquellas "relaciones ilícitas" con Berenguela.

Ahora bien, fue la misma Teresa la que, como Leonor antes, decidió quitarse de en medio y entrar en un convento, el de Gratia Dei, en la Saïdia (Valencia), muy igual que había hecho Leonor unos años antes. Murió hacia 1286. Sobrevivió Jaime, que traspasó, en la misma ciudad, el 27 de julio de 1276, ahora hace 750 años.

Los remordimientos por sus pecados surtieron efecto en el rey, que, ya a más de sesenta años, se embarcó en un –fracasado– proyecto de cruzada, para desesperación de sus hijos. Eso sí, como la obligación y la devoción no son incompatibles, llevó consigo a Berenguela, a quien el cronista Bernat Desclot se refiere como su esposa, si bien Desclot –todo hay que decirlo– no era muy de fiar.

Berenguela falleció en 1272, y Jaime I todavía tuvo una última amante: Sibila de Saga. Era la nuera de otra amante del pasado, Guillema de Cabrera. Se ve que aquello del parentesco, para las relaciones extramatrimoniales, no contaba como para las legítimas. Parece que tampoco haber sido lo que se dice precisamente un ejemplo, en cuanto al comportamiento con la mitad del género humano, es ningún obstáculo para convertirse en un héroe reverenciado aún hoy en día.

El condado que interesaba al rey mucho más que la condesa

En un Llibre dels fets con tan escasa presencia femenina, curiosamente sí que sale mucho una mujer: la condesa Aurembiaix de Urgel. Jaime I aún no había conseguido la anulación de su primer matrimonio cuando, en 1228, se le presentó aquella dama pidiéndole ayuda para recobrar su condado, que le había sido arrebatado por un familiar. La petición fue atendida y la recuperó con la ayuda del monarca.Ambos habían estado prometidos cuando aún eran unos niños –Urgel era un territorio que los reyes de Aragón querían incorporar a su corona–, si bien aquel compromiso no se había llegado a hacer realidad. Esta vez establecieron un pacto muy extraño, de concubinato: ella le cedía Urgel y él, a cambio, no la podría dejar, a no ser que fuera por una mujer de rango superior. Según Maria Carme Roca, si la condesa ocupa tantas páginas es porque aquella empresa –recuperar Urgel para su legítima titular–, permitía al monarca lucirse: rey joven y valeroso socorre doncella desvalida y derrota a sus enemigos. Miel. Después de todo, lo que interesaba a Jaime I no era la condesa, por muy bien plantada que fuera, que parece que sí lo era, sino su condado. Incluso, cuando Aurembiaix murió y su viudo, Pedro de Portugal, se quedó con Urgel, el rey lo canjeó, como quien cambia cromos, por un territorio periférico y recién conquistado: Mallorca.

Información elaborada a partir de textos de Maria Carme Roca, Eusèbia Rayó Ferrer, Stefano Maria Cingolani, Agnès y Robert Vinas, Antoni J. Quintana y Rosa M. Calafat y J. Ernest Martínez Ferrando.

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