“He visto cosas que los humanos no creeríais nunca en la vida”. Es la famosa frase del monólogo final del replicante de Blade Runner (1982), la gran película de ciencia ficción de Ridley Scott. En 1973, nueve años antes, un Llorenç Villalonga llegado del futuro describía un panorama igual de apocalíptico para la Mallorca del 2050 en Andrea Víctrix. En la década de los 60, durante el boom turístico, ya hubo autores que intuyeron un destino nada prometedor para la isla. Lo hicieron con libros que radiografiaron el trauma social que estaba generando la entonces conocida ‘gallina de los huevos de oro’. La investigadora Pilar Arnau habla de ello en Narrativa i turisme a Mallorca (1968-1980), publicado en 1999 por Edicions Documenta Balear. En 1967, a los 70 años, Villalonga ya había lamentado en Les Fures la crisis de la sociedad agrícola por culpa del ‘big-bang turístico’. Aquel año la santanyinera Antònia Vicens también profundizó en el mismo tema en su primera novela 39º a l’ombra (premio Sant Jordi). Escrita a los 25 años, la obra se basa en las vivencias de la autora como secretaria de un hotel en Cala d’Or. Se tratan, entre otras cuestiones, las miserias de la explotación laboral, tanto en la hostelería como en la construcción, el catolicismo opresivo del momento y el contraste cultural que provocó la llegada de turistas extranjeros y de trabajadores peninsulares.En 1968 el arianyer Guillem Frontera (1945-2024) publicó Els Carnissers (premio Ciutat de Palma) –la escribió durante un mes y medio, a tan solo 23 años, mientras hacía el servicio militar. Sus protagonistas son Miquel y Coloma, dos antiguos campesinos que, en solo diez años, se enriquecen gracias al negocio de souvenirs. Su triunfo se materializa con la compra de la posesión donde de jóvenes habían trabajado al servicio de don Fulgencio y doña Leonor. Miquelet, uno de los hijos del matrimonio de nuevos ricos, considera que los obreros “cada día están mejor. Todos tienen coche, televisión y nevera”. Al mismo tiempo, sin embargo, no se abstiene de criticar a su familia: “Mumpare y mumare solo han vivido su vida para hacer dinero, y han sacrificado a Magdalena convirtiéndola en una momia que todo el santo día hace el ridículo delante de cuatro extranjeros bobos, diciendo typical spanish, typical Majorca, very very, mucho very… ¡Very mierda! Y todo para hacer dinero”.En 1970, a los 24 años, la manacorina Maria Antònia Oliver (1946-2022) escribió Cròniques d’un mig estiu. Cuenta la experiencia de un niño que sale del mundo rural para ir a trabajar de botones en un hotel. Aquel mismo año el andritxol Gabriel Tomàs Alemany (1940-2026) también plasmaría su experiencia en la hostelería en la novela Corbs afamegats (premio Ciutat de Palma). La obra hace la siguiente denuncia de la situación de los inmigrantes peninsulares: “Muchos de ellos llegaron sin un duro en el bolsillo, con los rostros chupados de hambre y de miseria; los niños, flacos y sucios, vestían ropas remendadas y gruesas”. La misma denuncia contiene Camí de coix (premio Ciutat de Palma 1979), del cura obrero Jaume Santandreu, natural de Manacor.
Las distopías de Mallorca hechas realidad
En 1978, en plena lucha ecologista, el ilustrador Pere Joan fue pionero en dibujar la isla como un futuro parque temático de sol y playa. Cinco años antes, en la novela de ciencia ficción ‘Andrea Víctrix’, Llorenç Villalonga ya había augurado que Palma sería una colonia turística. Hoy la realidad impuesta por el turbocapitalismo es peor
PalmaCuando pides a la IA que elabore un dibujo sobre la Mallorca de dentro de 50 años, el resultado es una isla contaminada y llena de edificios, tal como Hong Kong. En 1978, cuando solo existía la inteligencia natural, este mismo escenario ya fue descrito por el dibujante palmesano Pere Joan Riera, más conocido como Pere Joan. “Yo –recuerda hoy a sus setenta– tenía 22 años y aún estudiaba en Barcelona. Un día vino a verme Basilio Baltasar. Era uno de los líderes de la formación anarcologista Terra i Llibertat que el verano anterior, en julio de 1977, había ocupado el islote andritxol de sa Dragonera para evitar su urbanización. Me pidió un cartel que reflejara la deriva que tomaría Mallorca si no se detenía la fiebre constructora iniciada con el boom turístico”.
Pere Joan lo tuvo fácil para verter en un papel toda la literatura de ciencia ficción que tanto le gustaba leer entonces. “Dibujé una Mallorca convertida en un parque temático para los turistas, con tres aeropuertos (uno en el mar) y una enorme autopista que la cruzaba. También pinté el Puig Major como un búnker en alusión a la creciente presencia norteamericana en la base militar inaugurada en la cima de la sierra de Tramuntana en 1959, en plena Guerra Fría. Me quedé corto con mis previsiones. Ahora tenemos una isla mucho peor que la que imaginé hace 48 años”. En 1978, el año de la publicación del cartel, las Baleares recibieron 3 millones de turistas, una cifra irrisoria comparada con los 19 millones de 2025.
‘¿Qué quiere esta gente?’
La ilustración de Pere Joan estaba presidida por la pregunta ‘¿Qué quiere esta gente?’. Aludía al título de la famosa canción con la que en 1968 Maria del Mar Bonet denunció la muerte de Rafael Guijarro. Se trataba de un estudiante madrileño de 23 años, militante del FAR, que había muerto después de que la Policía, durante unos registros, lo arrojase por una ventana de su casa. En el cartel, la pregunta iba dirigida a hoteleros y especuladores. Durante la ocupación de la Dragonera, Terra i Llibertat ya los había señalado en un manifiesto que repartieron. “Somos parte –decía el folleto– de un pueblo sumiso y desunido a la fuerza que ve con impotencia la lenta pero implacable destrucción de una Tierra Libre y de su transformación en negocio para el capital estatal y extranjero. Sobre nuestra Mallorca, buena tierra para un bello futuro, se ha erigido un imperio económico que solo engorda al Estado y a las clases dominantes establecidas en la isla. La explotación y el robo se han realizado impunemente dentro de todos los aspectos de nuestra vida: social, urbanístico, ecológico, económico. De esta manera se ha consumado la agresión violenta contra nuestra tierra; nuestra libertad [...]. Es preferible y urgente poner un límite al crecimiento y desarrollo actual antes de ver una isla hecha un gigantesco estercolero”.
Terra i Llibertat exhibió con orgullo el cartel de Pere Joan, que era el primero en clave futurista que se hacía en las Baleares. “Se movió –dice– por circuitos reducidos. Hoy, sin embargo, con las redes sociales, habría tenido mucha más repercusión”. El dibujo traslucía indignación. “Yo recuerdo pasear con mis padres por las dunas de El Arenal, que después serían arrasadas por el famoso proceso de balearización. Ahora toda la isla se ha convertido en un área metropolitana. La ciudad también ha invadido el campo”.
En 2009, ni más ni menos que 39 años después de la famosa ilustración, Pere Joan recuperó su espíritu de denuncia con el libro Memoria selectiva. Postales dibujadas de Mallorca al límite (Disset Edició). Sus páginas reflejan una profunda decepción hacia una clase política que ha sido incapaz de gestionar el crecimiento desbocado de la industria turística, vista durante demasiado tiempo como una fuente de riqueza y hoy, de pobreza. “De joven, yo leía muchas novelas de ciencia ficción. Ahora no me interesan nada porque las distopías ya se han hecho realidad. Jamás me habría imaginado ver colas de gente esperando dos horas para hacerse una selfie en el Caló des Moro. Jamás me habría imaginado que los residentes acabaran expulsados de la isla por culpa de los elevados precios de la vivienda”. En 2023 el viñetista volvería a retratar su visión pesimista del mundo en Neocaos (Disset Edicions).
‘Andrea Víctrix’
En 1973, cinco años antes de que Pere Joan dibujara el futuro distópico de Mallorca, el escritor palmesano Llorenç Villalonga (1897-1980) ya le dedicó su novela Andrea Víctrix, premio Josep Pla. Inspirada en Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley, es una de las grandes obras fundacionales de la ciencia-ficción en catalán –la otra sería Mecanoscrit del segon origen, de Manuel de Pedrolo, publicada en 1974. Complementaba las dos anteriores exitosas novelas de Villalonga, de 76 años, sobre el pasado de la isla, en decadencia desde el siglo XIX: Mort de dama (1931) y Bearn (1961).
El protagonista de Andrea Víctrix es un hombre en la sesentena que, confiando en los avances de la medicina, se somete a una cura de congelación. Se despierta 85 años más tarde en una Mallorca del año 2050 entregada totalmente al turismo. Su casa ha sido derribada para albergar un rascacielos con casino destinado a camareros, un gremio que sarcásticamente Villalonga convierte en la nueva clase dominante de la sociedad mallorquina. Palma ha cambiado incluso de nombre para pasar a llamarse Turclub, la abreviatura de Club Turista del Mediterráneo. Sus habitantes son seres andróginos encargados de hacer felices a unos visitantes que son recibidos con carteles luminosos que dicen 'El Progreso no se puede parar'. Quienes cuestionan el régimen turístico son encerrados en clínicas psiquiátricas de reeducación, donde se les orienta hacia el consumo y la búsqueda constante del placer.
En 2026, 53 años después de su publicación, el paisaje distópico descrito por Villalonga está más vigente que nunca. Lo asegura Sílvia Ventayol Bosch, autora del libro El malson de Llorenç Villalonga. Estudi d’Andrea Víctrix (2015). “Toda Mallorca ya es Turclub, un gigantesco parque temático en el que parece que los turistas tengan más derechos que los residentes. En el aeropuerto abundan carteles llamativos que les dan la bienvenida y muchas inmobiliarias de lujo ocupan antiguos comercios tradicionales. Además, estos días hemos visto cómo dos jóvenes activistas que se atrevían a cuestionar el modelo turístico han sido conducidas ante el juez esposadas”.
‘El infierno de la isla’
En 2002 el escritor Pere Rosselló explotaría, en clave humorística, la distopía iniciada con Andrea Víctrix. En la breve novela L’infern de l’illa hace que un difunto Santiago Rusiñol vuelva en avión a su querida ‘isla de la calma’. Al aterrizar en Palma se encuentra con un aeropuerto laberíntico, con la forma de una inmensa ensaimada, del cual no puede salir. Acompañándolo está el mismo Llorenç Villalonga. La obra ha sido estudiada por Mercè Picornell, la profesora del departamento catalán de la UIB, autora del libro, en castellano, Paraísos insoportables. “La sala más aterradora de este aeropuerto-ensaimada –apunta– conduce a una inmensa ciudad de hoteles, apartamentos, campos de golf, discotecas, etc., completamente vacíos y amenazados por una tormenta que no permite que acudan turistas. Es el infierno de los hoteleros que han destrozado la isla, condenados a vivir en su universo despoblado de visitantes”.
De 2001 es otra distopía, Territorio amortizado 114, de Antoni Roca y Maria I. Deyà. Retrata una Mallorca que, a causa de su monocultivo turístico, cotiza en bolsa con el nombre de ‘Mallorquische, sociedad territorial anónima’. Con todo, la subida del nivel del mar provocada por el cambio climático hace que la isla deje de tener ningún tipo de atractivo para los turistas. Se convierte así en un territorio amortizado, es decir, irrecuperable e incapaz de generar riqueza. En 2014 la imagen de una isla saturada, que en 1978 inmortalizó Pere Joan en su famoso cartel, sería recreada de nuevo por Xisco Fuster y Toni Planissi en el cómic Un infierno en Mallorca (La decadencia del Imperio Mallorquín), la secuela de Los últimos días del Imperio Mallorquín (Edicions del Despropòsit).
En 2018 Joan Miquel Oliver, miembro del grupo Antònia Font, publicó Alexandra Schneider und ihr Casiotone. Es una disparatada novela de ciencia ficción que presenta una Mallorca de mediados del siglo XXI anexionada a Alemania porque “los mallorquines de aquella época ya no pintaban nada en Mallorca”. Más apocalíptica es la última de las distopías imaginadas, Contra el mundo (2023), del campaneter Pere Antoni Pons. Habla de la desaparición de la sierra de Tramuntana a raíz de un extraño cataclismo. Inmediatamente una corporación con capital alemán y español planifica la reconstrucción de la isla bajo el topónimo de ‘Mallorca nova’, con el que se pretende continuar atrayendo turistas. “Mallorca –lamenta uno de sus protagonistas ecologistas– no era el paraíso, no, pero lo podría haber sido, y es de este paraíso posible que los mallorquines hemos sido proscritos”.