¿Era tan magnánimo Alfonso el Magnánimo?

Se cumplen 575 años de la multa para la eternidad que el gobernador, con los plenos poderes del rey, impuso a los forasteros por rebelarse contra las injusticias que padecían

Retrato de Alfonso el Magnánimo por Juan de Juanes
04/04/2026
5 min

PalmaCasi todos los monarcas han tenido un apodo distintivo –como ‘el Emérito’, en nuestros tiempos– y Alfonso, soberano de la Corona de Aragón y, por tanto, de las Baleares, entre 1416 y 1458, ha pasado a la posteridad como ‘el Magnánimo’. ¿Lo era, de verdad? Ahora se cumplen 575 años de la multa para la eternidad que, con los plenos poderes del rey, impuso el gobernador de Mallorca a la Part Forana, el 9 de abril de 1451, por rebelarse contra las injusticias que padecían. Poca magnanimidad parece.

Alfonso llegó a monarca por rebote. Era un príncipe castellano, nacido en Medina del Campo en 1396, pero no heredero de la corona. Ahora bien, el rey Martín ‘el Humano’ de Aragón murió sin descendencia. Y resultaba que su pariente más cercano era su sobrino Fernando, el padre de Alfonso, hijo de su hermana Leonor. Con el apoyo decisivo de san Vicente Ferrer fue elegido nuevo soberano.

Fernando murió después de reinar solo cuatro años. Así que Alfonso, con solo veinte, se vio convertido en monarca de Aragón, Cataluña, Valencia, Sicilia, Cerdeña... Y, por supuesto, de las Baleares. Sus comienzos no fueron muy lucidos: en las Cortes catalanas de 1416, las primeras de su reinado, no se le ocurrió nada más que hablar en castellano, lo cual, obviamente, no fue del agrado de la concurrencia. Para las siguientes, las de 1419, ya había aprendido catalán –¡esa manía, de hablar en la lengua propia en los parlamentos!

Prácticamente desde el primer momento, Alfonso se embarcó en empresas guerreras. Y eso costaba un montón de dineros. Ya en 1422, el Gran y General Consejo de Mallorca tuvo que aprobar un impuesto extraordinario para defensa, por la bonita cantidad de 12.000 libras. Pero como eso no era suficiente, se tuvo que subir hasta las 25.000. Él estuvo en Mallorca dos veces, en ambas ocasiones con su armada correspondiente. Y, por supuesto, para proveerse de víveres. Amplió las competencias del Consulado de Mar, el tribunal de cuestiones mercantiles, bajo multa para quien no lo cumpliera: otra manera de ingresar dineros.

Los sobornos de los bandos

El objetivo esencial del Magnánimo era hacer caja, con la que sufragar las aventuras exteriores y defender sus intereses. La reina Juana II de Nápoles lo adoptó como heredero y él dedicó veinte años de esfuerzos y gastos a obtener aquella corona, como si no tuviera suficientes, de coronas. Con tan mala suerte que en una de aquellas gestas cayó prisionero. Por descontado, fueron sus súbditos los que desembolsaron el precio del rescate.

Los grupos de poder –los lobbies, que diríamos ahora– que controlaban las instituciones isleñas ejercían presión ante el rey para establecer o un sistema u otro de elección de los jurados, equivalentes a los regidores de Palma o consejeros de Mallorca, en función de sus intereses. En solo dos años, el procedimiento varió cuatro veces. Ciertamente, usaban argumentos bien convincentes: en 1437, el poderoso Pere Descatlar entregó 2.500 libras a Alfonso en favor del sistema que deseaba, así que el Gran y General Consell subió la cantidad hasta las 2.800 libras, en favor de lo contrario. El monarca se quedó con ambos sobor... –¡uy, perdón, donativos.

En 1425, el Magnánimo dictó un gobernador nuevo de Mallorca, que debía ser uno de los peores de la historia: Berenguer d’Oms, persona muy cercana a él. Era del Rosellón, y los privilegios de la isla establecían que no podía ejercer este cargo un originario de aquellas tierras. Así que Alfonso estableció, simplemente, que aquel privilegio quedaba abolido. Muchos años más tarde, cuando el monarca quiso que los menorquines le entregaran al dirigente foráneo Simó Ballester, que se había refugiado en la isla, estos alegaron que una disposición que había dictado él mismo le otorgaba salvoconducto. No hace falta decir que para el Magnánimo no fue ningún problema contradecirse y Ballester fue capturado y ejecutado.

Fue Alfonso quien propició la revuelta de los foráneos de 1450, al establecer una disposición por la cual se debían exhibir los títulos de posesión de las tierras: quien no los pudiera mostrar, sería castigado con una multa. Obviamente, se trataba de hacer caja: era bien dudoso que ninguno de aquellos campesinos, todos analfabetos, tuvieran en el cajón de casa un papelito que los identificara como propietarios.

La revuelta estalló y por supuesto que los dos bandos, foráneos y oligarquía ciudadana, trataron de atraerse el favor real. Los foráneos construyeron una galera y la enviaron al Magnánimo a Nápoles, para que la usara en sus guerras interminables: esta, contra los florentinos. Esto de regalar barcos a los monarcas, como podéis ver, no es un invento de nuestros tiempos.

Desde Nápoles, el gran temor del ‘Magnánimo’ era que los artesanos de la Ciudad, que también tenían motivos para quejarse, se unieran a los forasteros en su revuelta. Así que, como observa Guillem Morro, mientras otorgaba a los primeros prácticamente todo lo que pedían, con los segundos optó por la política de mano dura. De nada sirvió el detallito aquel de la galera. Los ciudadanos consiguieron el apoyo real, al ofrecerle una comisión del 33% de lo que tuvieran que pagar los forasteros, en concepto de indemnización por los destrozos de la revuelta.

Los efectos de las guerras

El 9 de abril de 1451, Berenguer de Oms, que había recibido plenos poderes del monarca –como si fuera “otro yo”, había dicho– pronunció la condena: los forasteros debían renunciar a cobrar cualquier deuda que se les tuviera que abonar, a beneficio de Alfonso, que así, una vez más, hacía caja; y deberían pagar, cada año y para la eternidad, la más que respetable cifra de dos mil libras. Es decir: que todavía ahora, si las cosas no hubieran cambiado, los habitantes de las villas mallorquinas estarían purgando los pecados de sus antepasados. Además, dos dirigentes de la revuelta, Miquel Renovard y Guillem Nadal, fueron ejecutados, después de ser sometidos a torturas –vaya, todo un ejemplo de magnanimidad.

Aquello no hizo sino encender aún más los ánimos. El Magnánimo envió a Mallorca un embajador, se entendía que para apaciguar los ánimos y para hacer de mediador entre ambos bandos. En realidad, para tener a los forasteros entretenidos, hasta que llegase la expedición de castigo. En efecto: se aplicaron penas de muerte y la Part Forana fue condenada a una multa colectiva de 150.000 libras, una cantidad verdaderamente desorbitada –más magnanimidad, imposible.

Alfonso consiguió en 1442 su sueño: el reino de Nápoles, y allí pasó sus últimos dieciséis años de reinado, sin asomar las narices por sus territorios originarios. Para la corte napolitana contrató al mallorquín Guillem Sagrera, el arquitecto de la Lonja de Palma, con el encargo de que le reformase el Castell Nou, donde usó piedra de Santanyí para la espectacular Sala dels Barons.

Las guerras de Alfonso perjudicaron el comercio mallorquín –¿os suena, eso de cargarse la economía por meterse en un conflicto desquiciado?–, pero no solo el comercio. Las costas de las Baleares se convirtieron en presumible objeto de los ataques de sus enemigos, lo cual significaba que los isleños vivían en estado de alarma constante. Ahora bien, hay que reconocer que eso no era verdaderamente una novedad: para unos o para otros, aquello era una pasada de pena continua.

Nápoles, pero, no se incorporó a la Corona de Aragón, sino que se lo quedó el Magnánimo, como una especie de dominio personal. Al morir, lo sucedió en este reino su hijo Fernando. No podía heredar la Corona de Aragón, porque era ilegítimo, pero sí la propiedad del padre.

Álvaro Santamaría, que es un defensor de Alfonso el Magnánimo, reconoce que en 42 años de reinado –que se dice pronto: más largo que la dictadura de Franco, que se hizo eterna–, no solucionó ni un solo de los problemas que sufría Mallorca. Solo le queda añadir que creó de nuevos. Por qué un individuo como este tiene una calle en Palma a su nombre, y de las más largas y destacadas, es uno de esos enigmas que a veces nos plantea la historia.

Alfonso y María, el ‘poli bueno’ y el ‘poli malo’

Como ha sido habitual prácticamente hasta nuestros días en las dinastías reales –así salían los niños: por eso últimamente se casan con plebeyos–, el Magnánimo contrajo matrimonio con una prima hermana: María de Castilla. A ella le confió el gobierno de sus territorios, mientras él se dedicaba a sus guerras o, los últimos años, a disfrutar de los placeres de Nápoles.Esto representó que había dos gobiernos: el de María y el de Alfonso, porque este no dejó pasar la ocasión de desautorizar a su mujer. Así que forasteros y ciudadanos, en el conflicto de mediados de siglo, tenían que gastar no en una, sino en dos embajadas: una hacia Barcelona y otra hacia Nápoles, a ver si conseguían atraerse la benevolencia de la una o de la otra. Como los niños, que si no consiguen algo de la madre prueban con el padre, o al revés.Como observa Álvaro Santamaría, el talante y la política de ambos se parecían como un huevo a una castaña. María de Castilla lo subordinaba todo a aquello que creía justo. Mientras que el Magnánimo estaba mucho más dispuesto a negociar. Como el ‘poli bueno’ y el ‘poli malo’: un clásico. La regente demostró repetidamente su sensatez, como cuando propugnó dos comisiones diferenciadas, una de ciudadanos y otra de forasteros, para establecer las cuotas de los impuestos; cuando ordenó que fueran excluidos de los cargos públicos aquellos que ejercieran el favoritismo, o que no pagaran sus contribuciones; o cuando prohibió que nadie fuera enrolado a la fuerza en la guerra marítima.Hay que añadir, también, que fue María quien envió a Mallorca dos embajadores catalanes que consiguieron una tregua en el conflicto foral, y que fue ella quien destituyó, de manera fulminante, al nefasto Berenguer d’Oms. Mientras que Alfonso, reconoce Santamaría, “utilizó en su propio beneficio –o en el de su erario– las disensiones internas de Mallorca”. Es decir: para hacer caja.María y Alfonso no tuvieron hijos: habría sido milagroso, distanciados, como estaban, por un millar de kilómetros. Murieron, separados, con solo dos meses de diferencia: él, en Nápoles, en junio de 1458, y ella, en Valencia, en septiembre siguiente.

Información elaborada a partir de textos de Ricard Urgell Hernández, Álvaro Santamaría Arández, Guillem Morro Veny, Pere Xamena Fiol, Miquel Ángel Casasnovas Camps, Jordi Maíz, Maria Barceló, Josep Maria Quadrado, Román Piña Homs y José Luis Martín.

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