En 1983, a los 72 años, Deseado Mercadal publicó Yo estuve en Kenadza: nueve años de exilio. “Se ha escrito mucho –consignó– sobre los horrores de los campos de concentración alemanes, pero se ha explicado muy poco sobre los que funcionaron en lugares recónditos del norte de África, alejados de la civilización, donde las brutalidades cometidas superaron incluso a las de los primeros”. Las colonias francesas del norte de África (Argelia, Marruecos y Túnez) tendrían cerca de cuarenta campos de internamiento. Se crearon a principios de 1939, antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Sus condiciones se endurecieron en junio de 1940, momento en que Francia cayó en manos de los nazis. Entonces fueron a parar miles de refugiados, antifascistas y judíos de toda Europa.Mercadal fue enviado al campo de Kenadza, situado en el Sahara argelino, donde se dedicó a extraer carbón. Estuvo allí encerrado dos años (1941-1943) de los nueve que duró su exilio por tierras africanas (1939-1948). En Djelfa (Argelia) estaría encarcelado menos de seis meses el escritor valenciano Max Aub, que llegó deportado desde Francia. Los internos de los campos de Bouarfa (Marruecos) y Colomb-Béchar (Argelia) trabajarían en la construcción del Transsahariano, una línea férrea de 3.000 kilómetros que debía conectar Argelia con Malí.Aquel infierno se empezó a desmantelar a finales de 1942 con la invasión aliada del norte de África francés en la conocida operación Torch. En febrero de 1943, mientras en Francia todavía existía el régimen filonazi de Vichy, en su colonia argelina las nuevas autoridades formaron un consejo de guerra para juzgar a los responsables de los crímenes de Hadjerat. Fue el principal centro de torturas, con unos 200 prisioneros. Allí murieron a palos, de hambre y de enfermedad al menos una docena de hombres, cuatro de los cuales eran españoles, uno de ellos, un menorquín amigo de Mercadal, Francisco Poza. El maonés pudo asistir al juicio, ya que fue abierto a todos los antiguos presidiarios. En el banquillo de los acusados se sentaron 11 personas.Durante ocho días, en sesiones de mañana y tarde, decenas de supervivientes aportaron detalles de las atrocidades que se cometían en Hadjerat. Uno de ellos fue el español Agudo, de 20 años, que entró en Hadjerat con 75 kilos y salió con 45. Relató cómo a diario eran obligados a cargar entre dos presos bidones de 90 litros que llenaban de agua en una riera apartada y que llevaban como podían hasta una obra lejana. Era un trabajo agotador, hecho a pleno sol y con la energía que proporcionaba una alimentación paupérrima. El 3 de marzo de 1943 llegó la sentencia: un acusado fue absuelto; cuatro fueron condenados a pena de muerte; dos, a 20 años de trabajos forzados; otros, a 10 años; y otros dos, a perpetuidad. A falta de una investigación a fondo, se calcula que en los campos de concentración franceses del norte de África murieron un centenar de personas. Hoy todavía no tienen ningún monumento que los recuerde.
Deseado Mercadal, el músico mahonés de la memoria
El periodista Tomás Andújar reivindica en un libro al autor del 'Himno a Menorca', que, al acabar la Guerra Civil, estuvo encerrado en dos campos de concentración, en el sur de Francia y en los confines del Sáhara argelino. El menorquín dejó escritas dos obras para evitar que el horror que vivió su generación cayera en el olvido
PalmaEn las Baleares, la Guerra Civil está llena de pequeñas grandes historias que merecerían una buena película. Una es la odisea que protagonizó el músico de Maó Deseado Mercadal Bagur. El periodista alicantino Tomás Andújar, delegado de la agencia Efe en el Archipiélago, lo acaba de rescatar del olvido en el libro "Se acaba el agua. El exilio de Deseado Mercadal, editado por Dolmen. Lo ha hecho a partir del testimonio de Celeste, la nieta del menorquín, y de los dos libros que escribió años después de volver a su isla: Yo estuve en Kenadza: nueve años de exilio (1983) y La Guerra Civil en Menorca 1936-1939: relato histórico de un testigo (1994).
La vida de Mercadal comenzó con una anécdota muy curiosa. Su nombre, Deseado, refleja la alegría que en 1911 sintieron los padres con el nacimiento de una criatura muy anhelada, después de dos abortos y de dos muertes prematuras. Aquel niño sería el mayor de cuatro hermanos. “A los 9 años –asegura Andújar–, ya desplegó un talento especial para el violín. A los 13 años, gracias a una beca, partió a Barcelona para continuar la formación musical en la Escuela Municipal. Cuatro años después volvía a Menorca para convertirse en el primer violinista de la Orquesta del teatro Principal de Mahón”.
A lo largo de su carrera, Mercadal escribiría nueve obras líricas, cuatro en catalán y cinco en castellano. En 1936, a los 25 años, estrenó la primera, La canción del mar. En julio de aquel mismo año, cuando se produjo el levantamiento militar, el menorquín también vivía una intensa actividad política. Ejercía de secretario general de la Federación Obrera de Menorca. En septiembre se puso a dirigir el semanario del partido, Justicia Social. En sus páginas cubrió el desarrollo de una guerra que dejaría Menorca sola. La isla, de 43.000 habitantes, sería la única de las Baleares que se mantendría fiel a la República hasta febrero de 1939, un mes y medio antes del fin de la contienda.
El infierno de Francia
La rendición de Menorca fue un caso insólito dentro de la Guerra Civil, ya que fue pactada. La Inglaterra de Winston Churchill ofreció el barco Devonshire para la evacuación de menorquines. La madrugada del 9 de febrero embarcaron en estampida unos 450, que zarparon rumbo a Marsella (Francia). Pocas horas después, otros 77 escaparon hacia Argel en el motovelero Carmen Picó. Entre estos últimos se encontraba Mercadal, su esposa Celeste Gelabert y su único hijo, de 11 meses, que se llamaba igual que el padre. Confiaban en encontrar cobijo entre los miles de compatriotas, que a partir del siglo XIX, huyendo de la hambruna de la isla, partieron a la colonia francesa del norte de África. Tras 30 horas de travesía se llevaron una buena sorpresa. “El alcalde derechista Agustín Rozis –afirma el autor de Donde se acaba el agua– había declarado que no quería más ‘rojos españoles’ en su ciudad. Así, todos aquellos recién llegados fueron redirigidos en otro barco hacia Francia, a Portvendres, a menos de 40 kilómetros de Cataluña”.
Las ilusiones también se desvanecerían en el nuevo destino. Entonces Francia estaba en manos del centro-izquierda Édouard Daladier, que en 1938 había sustituido al socialista Léon Blum. Con la caída de Barcelona el 26 de enero de 1939, Daladier se vio desbordado ante los cerca de medio millón de republicanos españoles que cruzaron la frontera pirenaica. Para toda aquella marea humana se improvisaron campos de refugiados en las playas del sureste del país. Eran prisiones a cielo abierto rodeadas por vallas de alambre. Los gendarmes separaron al músico mahonés de su mujer y el hijo y lo condujeron al campo de Argelès, el más grande que hubo y donde se cree que murieron unas 15.000 personas.
Entre los internos de aquel ‘infierno’ ya se encontraban los menorquines llegados con el Devonshire, los cuales de inmediato pusieron a Mercadal en situación. “Supe –escribió– que el día anterior unos refugiados, para calmar el hambre, habían devorado un caballo de los spahis [senegaleses], los cuales, en represalia, habían repartido culatazos a diestro y siniestro. A resultas de ello algunos quedaron gravemente heridos. También supe que cada día morían numerosos exiliados que padecían alguna enfermedad crónica y no podían soportar, carentes de medicamentos y cuidados, ni las bajas temperaturas ni la humedad de las noches”.
Huida
La misma noche de llegar a Argelers, el músico mahonés planeó la huida. Escapó a través de un tramo de alambrada poco vigilado. Entonces se dirigió a pie hacia Cotlliure, el pueblo más cercano. “Tenía a mi favor –consignó–, para no ser reconocido como refugiado, el hecho de llevar un abrigo nuevo, confeccionado pocas semanas antes, cosa que me diferenciaba de la mayoría de los compatriotas, que vestían uniformes medio desgarrados o vestidos sucios y rotos”. En Portvendres, el menorquín se reencontró con la mujer y el hijo, que estaban en un almacén sin vigilancia con las de mujeres y menores de Carmen Picó. El 25 de febrero se impuso la realidad. Francia, junto con Gran Bretaña, reconocía la legitimidad del régimen de Franco. “Para evitar ingresar de nuevo a un campo de concentración –apunta Andújar–, Mercadal se propuso volver a Argel, donde tendría el apoyo de la colonia menorquina. Se embarcó en un barco como polizón”.
En la capital argelina, se congregarían también cerca de 10.000 españoles que desde principios de febrero de 1939, ante la inminente victoria franquista, iniciaron un éxodo marítimo hacia las costas africanas. Con toda clase de embarcaciones, zarparon de muelles del levante peninsular, sobre todo de Alicante. Pronto Mercadal consiguió un permiso de residencia gracias a las gestiones de un empresario panadero republicano, no sin sufrir casos de racismo con su precario francés. En primavera, la mujer y el hijo ya pudieron viajar a Argel. El menorquín encontraría trabajos en orquestas, tocando el violín y el piano. En aquel tiempo las noches en la colonia francesa eran un canto a la joie de vivre.
El 1 de septiembre, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, se acabó la diversión. Los franceses argelinos fueron movilizados. “A los miles de refugiados extranjeros –afirma el periodista–, se les presionaba para que se alistasen en la legión, con la amenaza de ser recluidos en campos de trabajo si no lo hacían. Mercadal se resistiría con éxito durante mucho tiempo. Sobreviviría con trabajos diversos mientras que su mujer e hijo volvieron a Mahón”. En junio de 1940 Francia caía en manos de los nazis. El nuevo régimen colaborador de Vichy, liderado por el mariscal Pétain, ordenó que los republicanos españoles y refugiados de otros países residentes en la colonia africana fueran trasladados como prisioneros a campos de trabajo del mismo territorio –también serían deportados judíos de Europa. En junio de 1941 el menorquín fue enviado a Kenadza, al norte del desierto del Sáhara, cerca de la frontera con Marruecos. Era un centro de extracción de carbón, el cual servía para mantener viva la maquinaria industrial de la guerra lejana.
Salvado por la música
Tras un tiempo de picar piedra con valentía y de ver morir compañeros, el responsable del campamento, conocedor del talento musical de Mercadal, lo solicitó para que montase una pequeña orquesta con cuatro instrumentistas prisioneros más. El quinteto debía amenizar las veladas de la cantina del recinto. En noviembre de 1942 la alegría de los prisioneros se desbordó con la conocida operación Torch, la invasión aliada del norte de África francés. En febrero de 1943, Mercadal ya salía de Kenadza. El calvario había durado dos años. Enseguida recuperó su antiguo trabajo en una fábrica de licores de Argel. También volvió a tocar en cafés y salones de baile, que se habían reactivado con la presencia de jóvenes soldados británicos y norteamericanos.
El músico mahonés reforzó sus esperanzas con el fin de la Segunda Guerra Mundial, en mayo de 1945. Aunque los aliados no se atrevieron a sacar a Franco del poder, en 1948 ya pudo volver a España. Se instaló, sin embargo, en Barcelona, donde formó parte de diferentes orquestas. Sabía que su particular ‘Ítaca’ todavía era un lugar hostil para él. En diciembre de 1955 se aseguró de que no le pasaría nada por estrenar en el teatro Principal de Mahón la zarzuela El tresor d’Albranca, una clara alegoría a su exilio iniciado 16 años atrás. La pieza incluía un Himne a la llibertat y acababa con el Himne a Menorca, todo un canto de añoranza a la isla. “Hubo gente del público –afirma Andújar– que profirió gritos a favor de la libertad, lo que hizo enfadar a las autoridades franquistas presentes. Con la tensión creada, un conocido aconsejó a Mercadal que no alargase mucho la estancia en Menorca”.
En 1965 el disidente franquista ya tendría garantizado un retorno libre de represalias. Entonces ocupó los cargos de director de la Escola Municipal de Música de Maó y del Orfeó Maonès. También tuvo la oportunidad de recuperar su vena de periodista para el diario Menorca. “Con los libros que escribió de su exilio y de la Guerra Civil en Menorca –concluye el autor de On s’acaba l’aigua–, Mercadal quiso recordar a las futuras generaciones que la libertad y la democracia son dones frágiles que hay que proteger siempre. Son dones que, por desgracia, hoy vuelven a estar en peligro”.