Las cosechadoras de aceituna del Plan que fueron estigmatizadas
Las solteras del centro de Mallorca que iban a trabajar a la sierra de Tramuntana fueron mal vistas con la etiqueta de 'gallufes' en contraposición a las provenientes de los pueblos de los alrededores, que gozaban de una situación más privilegiada. Un libro del musicólogo Francesc Vicens las rescata del olvido
PalmaEn 2021 el musicólogo palmesano Francesc Vicens Vidal descubrió una gran historia dentro de la familia de Maria de Salut de su mujer. "Recibí –recuerda– una llamada telefónica del cineasta Álex Dioscórides, que preparaba el documental Piedra y aceite, centrado en la cultura de los olivos de la sierra de Tramuntana. Me preguntó si conocía alguna cosechadora de aceituna para entrevistar, teniendo en cuenta que muchas cantaban mientras trabajaban. Yo le dije que no. Pero un día mi suegra me comentó que su madre, cuando era soltera, había sido alquilada en una posesión de Sóller. A esto le llamaban 'ir a montaña'".
Vicens se llevó una buena sorpresa al saber que aquellas jornaleras del Pla fueron estigmatizadas con la etiqueta de 'gallufes'. Así lo recoge el DCVB a partir de otras tres acepciones: alcachofa de cardo, ventosidad silenciosa y mujer de poco juicio. "Me molestó mucho que en el mismo 2021 el Consell de Mallorca no las tuviera en cuenta cuando entregó la medalla de Honor y Gratitud al colectivo de cosechadoras de aceituna todavía vivas. Sólo se homenajeó a las residentes de la Serra que tenían los olivares más cerca y unas mejores condiciones laborales. Además, en la finca pública". A partir del testimonio de su pariente, ya octogenaria, en el 2023 el investigador se puso a entrevistar a otras 'gallufes' no sólo de Maria de la Salut, sino también de Sineu, Llubí y Ariany. Ahora acaba de publicar su resultado en forma de un libro que denuncia décadas de silencio. Se titula Gallufas! Historia oral de las mujeres del campo: las últimas cosechadoras de aceituna del Pla de Mallorca (El Gallo Editor).
¿Explotación infantil?
Desde el siglo XVI, la producción de aceite fue una de las actividades económicas más importantes de la Serra. Estaba marcada por la división de sexos. Las mujeres se encargaban de cosechar las aceitunas caídas o bien por la maduración del fruto o bien por la fuerza del viento. Los hombres, en cambio, las prensaban en la almazara de las almazaras y también eran los que subían a los árboles para tomar aquellas aceitunas más verdes y grandes que se servirían como rotas, en conserva. La temporada empezaba en noviembre, después de Todos los Santos, cuando la mayoría de las otras cosechas en el campo ya habían terminado. En función del espleto, se podía alargar seis meses, hasta Pascua. Los olivares eran tan extensos que no bastaron las manos de las temporeras de los pueblos de los alrededores. Hubo que ir a buscar al Pla. Cada municipio se organizaba a través de una persona de confianza que ejercía las funciones de 'reclutadora'.
Las jóvenes 'reclutadas' tenían entre 11 y 20 años. "Partían 'a montaña' –afirma Vicens– con un camión habilitado por el dueño de la posesión, el cual, a cambio de aquel servicio, se comprometía a dar una retribución a los padres, generalmente en forma de medidas de aceite [una medida eran 16 litros]. Entonces el aceite era un bien muy preciado que no sólo servía para cocinar, sino también para cocinar. que cobraban con dinero". Hoy estas contrataciones serían consideradas explotación infantil. "Antes, sin embargo, formaban parte de la normalidad. Muchas cosechadoras provenían de familias numerosas, de siete u ocho hermanos, que, sobre todo durante la posguerra, estuvieron ahogadas por la miseria y el hambre. A veces, con ellas, los padres también enviaban a los hermanos pequeños de entre seis y ocho años para así tener una boca menos a alimentar".
Las jornaleras del Pla se alojaban en unas edificaciones humildes, cercanas a las casas de la posesión. Los dueños no se hacían cargo de su manutención. A eso le llamaban 'ir de seco'. "Cada una –reseña el estudioso– tenía que llevar sus víveres de su casa. A su disposición tenían fogones, agua, aceite y otros productos básicos". Todas las mujeres entrevistadas recuerdan a los cajones de madera con ropa y comida que les preparaban las madres. “En aquel tiempo no había maletas. Los cajones con alimentos contenían sopas, legumbres y pastas para cocer, especialmente fideos y arroz, y también la harina para amasar el pan. Había que comer hidratos en abundancia para aguantar toda la jornada. chocolate, la leche condensada y los arenques tostados eran el almuerzo en medio del sementer.
Violencia sexual
Las fincas más grandes llegaron a tener un centenar de cosechadoras. El 'corte' era el nombre que recibía el grupo que había en cada bancal. Podía estar formado por una docena de chicas. Su trabajo consistía en reunir con las manos la aceituna del suelo y meterla en un cesto. Una al lado de la otra, acotadas, iban avanzando online por dentro de los sementeros, mientras cantaban con la esperanza de que el tiempo les pasara más bien. Las jornadas iban de sol a sol, seis días por semana. Dado que el grueso de la temporada era el invierno, solían trabajar en condiciones meteorológicas muy adversas. "Si llovía o nevaba –dice Vicens–, se cubrían la cabeza con un sombrero de palmas. Y si hacía frío, se metían piedras calientes en los bolsillos y se las ponían en las manos para no helarse. Otros, para protegerse las uñas, llevaban dedales de hierro o de lata. Entonces no había."
Niños y cosechadoras reuniendo bellotas bajo la mirada atenta del mayoral.Arxiu Gran Enciclopèdia de Mallorca
Las temporeras seguían las indicaciones de un mayoral o del dueño. "A veces –apunta el investigador–, algunos llevaban una verga para pegar un toque en las piernas de las que consideraba que no habían tenido suficiente mención en la cosecha. A pesar de ello, todas las mujeres coinciden en que fueron tratadas de manera diligente y correcta. No son conscientes de las desigualdades que sufrieron respecto al ''. El musicólogo se ha encontrado con un tema tabú en sus testimonios orales: "Siendo yo un hombre, no han querido hablar conmigo de las agresiones sexuales y de embarazos no consentidos que debió sufrir el colectivo. Tratándose de una relación de poder, esto también debió de ser habitual en la época".
Oasis de libertad
Muy pronto, 'en montaña', aquellas jóvenes se dieron cuenta de los privilegios que tenían las locales. "Estas –señala Vicens– no estaban estigmatizadas. Se desplazaban a diario a las fincas. Podían hacer una hora de camino a pie y, al terminar la jornada, volvían a casa para atender las obligaciones familiares. Si nevaba o llovía perdían el jornal. Tenían, sin embargo, la posibilidad de trabajar los domingos y los días de fiesta. Además, a finales de la fe. lavar sacos, enjuagar, pelucar las aceitunas que habían quedado sin replegar...". Bien distinto era el trato que recibían las foráneas con el insulto de 'gallufes', sobre todo en Sóller y Valldemossa. En Bunyola les llamaban 'mujeres del porche'. "Durante toda la temporada se quedaban a vivir en la posesión. Trabajaban a precio cerrado, convenido. Los domingos tenían que hacer colada y otras tareas domésticas".
Pese a esa 'discriminación', las 'gallufes' tenían una ventaja. "Al principio había algunas que se añoraron. Muchas, sin embargo, agradecían pasar una temporada en una especie de oasis de libertad, que se convertía en un ritual de paso a la vida adulta. Estaban con las amigas, lejos del control de padres, maestros y curas. Cada día, al terminar la jornada, organizaban bailes con instrumentos musicales. sororidad. Aunque las condiciones laborales fueron duras, la mayoría tiene un gran recuerdo". Durante la estancia, los padres solían visitarlas una vez. Excepcionalmente, ante un evento familiar, el dueño podía dar permiso a las cosechadoras para ausentarse un par de días. Si se daba el caso de que la temporada se alargaba, también les dejaba pasar las fiestas de Navidad con las suyas.
Las cosechadoras en la actualidadMiquel Morey
Todas las 'galufas' fueron 'a montaña' hasta que se casaron, generalmente a la veintena. Entonces, con el recuerdo todavía vivo de aquella experiencia emancipadora, tuvieron que dedicarse a la crianza de los hijos –solían compaginar el peso de la casa con las tareas en el campo. Muchas habían mantenido en la Serra el noviazgo con sus enamorados del Pla. "De vez en cuando, ellos las iban a ver en bicicleta o en moto. Su presencia causó más de una bronca con otros chicos de la zona que iban detrás de alguna 'gallufa'. Algunas broncas acabaron a pedradas. Hubo chicas que se enamoraron estando en la misma posesión. Sóller aún quedan muchos matrimonios mixtos entre sollerics y mariandes". Con el nuevo cambio de paradigma económico que supuso el boom turístico de finales de los años 50, gran parte de las fincas de la Serra empezaron a prescindir de las cosechadoras. "Curiosamente –concluye Vicens– las postales turísticas explotaron una imagen idílica de la mujer campesina, que nada tenía que ver con su vida real, del todo sacrificada. Hoy muchas tienen problemas de salud, como reuma, asma y dolor de espalda".
Hoy las chicas parten a estudiar en Palma o en la Península o se van a hacer un Erasmus en el extranjero. Las cosechadoras de aceituna, en cambio, eran enviadas 'a montaña' para ayudar a la economía familiar. Subían muñecas y bajaban mujeres. Las que ha entrevistado a Francesc Vicens para su libro son el último testimonio vivo de la Mallorca campesina de antemano. Son mujeres que estuvieron sometidas a las circunstancias que impuso la posguerra y la dictadura. "Vivieron -asegura el investigador- la dureza del trabajo del campo cuando todavía no existían los derechos laborales y la explotación infantil estaba normalizada. Cobraban menos que los hombres por hacer los mismos jornales y, en la mayoría de los casos, no percibieron la pensión retributiva de la jubilación". En el libro, una de ellas, Catalina de sa Porrassa , de María de la Salud, resume muy bien su situación de sumisión: "Entonces todo el mundo te mojaba [explotaba]... y cuando te casabas te mojaba el hombre, pero al menos no tenías que partir de tu casa".
Las voces recogidas por Vicens tienen otro gran valor documental. "Vivieron los grandes cambios sociales y económicos de la modernidad. De un sistema basado en la subsistencia pasaron a otro condicionado por el impacto del turismo, que modificó radicalmente las relaciones laborales y sociales". Con el 'boom' turístico la última generación de temporeras cambió la dureza del campo por los hoteles, donde pudieron trabajar a cobro, con un horario fijo y ganar más. "Actualmente –apunta el estudioso– la mayoría observan con pesar como gran parte de las tierras agrícolas de la sierra de Tramuntana que un día conocieron ya forman parte del gran escenario turístico isleño. Antiguamente eran las tierras que mantenían las casas y hoy son las casas, reconvertidas en agroturismos, salones de té o museo de desprenderse de las tierras".
Vicens asegura que asistimos a la profanación de la Serra al servicio del capitalismo. En el actual proceso de despersonalización del territorio, reivindica su alma en clave de género. "De jóvenes, las recolectoras se dejaron literalmente las uñas para conservar un paisaje que en 2011 fue declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco". La musicóloga Antònia Maria Sureda Colombram, autora del prólogo del libro, insiste en la misma idea: "Estas mujeres no eran sólo mano de obra barata, eran el engranaje oculto de un modelo agrícola que mantenía las grandes posesiones y el paisaje de la Serra a cambio de su esfuerzo, que ha sido ignorado. de la Mallorca invisible". Los documentales Pedra i Oli (2021), de Álex Dioscórides, y Espejo de Tierra (2022), de Cristina Monge, recogen más testigos de las antiguas jornaleras de la Serra.