El libro L’emigració andritxola a Cuba que ha escrito Rosa Calafat con otros cuatro investigadores recoge testimonios de emigrantes ya fallecidos. Su vida en aquella ‘tierra prometida’ no fue fácil. Así lo relataba Tomàs Salvà: “Yo no conocí ningún domingo. Solo hacíamos fiesta el día de Navidad. Por eso había pocos cubanos que hicieran trabajo con los mallorquines. [Los cubanos] iban poco de trabajo”. El racismo en la isla caribeña no pasó desapercibido entre los andritxolenses. Así lo consignó Jaume Pujol: “He aquí que hubo un paseo para blancos y uno para negros”. Él mismo, sin embargo, también denunció el racismo lingüístico hacia la comunidad mallorquina: “Los cubanos se reían de nosotros y nos hacían hablar el mallorquín delante de ellos. Nos decían ‘parecéis perros que ladran’”. Al llegar a la isla caribeña en 1900, Pujol no sabía hablar castellano, “nada de nada. Y, claro, no me entendían. Para pedir agua, ya decía: ‘Esto es un pozo y aquí hay agua’”. En su caso, había aprendido en Mallorca canciones en castellano sin saber mucho el significado, solo de memoria. Un día se animó a recitarlas en una fiesta. Al oírle cantar en esa lengua, los cubanos pensaron que hasta entonces les había tomado el pelo. Como venganza, le dieron una paliza. Pujol tuvo que estar ocho días acostado en la cama y un mes sin poder masticar nada. Al saber que su hermano tenía previsto emigrar también a Cuba, le hizo la siguiente advertencia en forma de ‘carta-glosada’: “Tú, hermano Sebastián, / si a La Habana quieres venir, / has de aprender a leer / y a hablar el castellano, / que si no te pasará / lo que a mí me sucedió”.A partir de 1920, informando de todos esos flujos migratorios, hubo el semanario Andraitx –cerrado en 1971, sería la tercera publicación de más duración en Mallorca. Fueron muy pocos los que cumplieron el sueño de ‘hacer La Habana’, es decir, de hacer fortuna. Los hubo que ni siquiera consiguieron recaudar dinero para el viaje de vuelta a Mallorca. Así lo confirma el siguiente intercambio de ‘cartas-glosadas’ entre una madre y un hijo: “[...] Acuérdate alguna vez –decía la madre– / cuando dentro la falda te guardaba / y sustento te daba / y no tenía para mí [...]”. Y la respuesta del hijo fue: “[...] que allí no hay entendimiento. / Y vos que decís que yo no tengo, / poned un barco expresamente / y me enviaréis hacia España”. La emigración acabaría cambiando de bando. “En los años setenta –apunta Calafat–, cuando yo era pequeña, vinieron a vivir a Andratx tres primas mías de Cuba que huían de la dictadura de Fidel Castro”. Desde hace años, cada verano el municipio andritxolense organiza una cantada de habaneras para recordar su estrecha relación con la otra orilla del Atlántico.
Los andritxolenses que 'hicieron La Habana'
Los de Andratx fueron el grupo de isleños más numeroso que, entre 1850 y 1950, empujados por la necesidad, emigraron a Cuba, donde se dedicaron principalmente a pescar esponjas. La mayoría iba y volvía a Mallorca para casarse y tener hijos. Durante su ausencia el municipio se convirtió en un auténtico matriarcado
PalmaEl cementerio de La Habana está lleno de tumbas con apellidos muy nuestros: Pujol, Roca, Moner, Ensenyat... Son el testimonio de los mallorquines que en el siglo XIX partieron a ‘hacer las Américas’. Según las crónicas, en 1889 fueron unos 10.000 (el 4% de la población). A Cuba fueron muchos de Andratx. Entre ellos estaban los abuelos paternos y maternos de Rosa Calafat Vila, profesora de Filología Catalana de la UIB. “En los años ochenta, durante mi juventud –dice–, escarbaba en la memoria oral del municipio y me llevé una buena sorpresa. Descubrí una gran cantidad de glosas relacionadas con la isla caribeña”.
Ahora, cuarenta años después, aquel proyecto se ha ampliado con la publicación de La emigración de Andratx a Cuba (Nali Edicions), que Calafat ha coescrito con los investigadores Gabriel Covas, Maria José Bordoy, Magdalena Esteva y Rafel Oliver. “Hace tres años hicimos un llamamiento a la gente del pueblo para que nos hiciera llegar sus fotos familiares para confeccionar el libro. La respuesta ha sido impresionante. En Andratx no hay casi nadie que no tenga algún pariente que fuera a ‘hacer La Habana’, que era la expresión que se solía utilizar”. Aquella emigración duró un siglo, de 1850 a 1950. “Aquí, en el puerto, había una fábrica de jabón que exportaba a diferentes países, entre ellos Cuba. Es probable que, comerciando por allí, los de Andratx se dieran cuenta de que el Caribe era un buen lugar para hacer dinero. En Mallorca la situación económica era muy delicada. Se iban con una mano delante y otra detrás”.
La prisión de La Habana
A partir de la primera década del siglo XX fue cuando se incrementó la presencia de andritxolenses en la isla antillana, que en 1898 había dejado de ser colonia española. En 1896 había sido un mallorquí, el palmesano Valeriano Weyler, quien, en su condición de capitán general, ideó allí el primer campo de concentración de la era moderna, que se denominó ‘de reconcentración’. Miles de familias campesinas cubanas fueron encerradas en ciudades fortificadas para evitar que dieran apoyo a los guerrilleros que luchaban por la independencia –se calcula que, a raíz de aquella medida, unos 170.000 civiles (el 10% de la población insular) murieron víctimas de la hambruna y de enfermedades diversas. En 1900 todo el municipio de Andratx tenía cerca de 6.500 habitantes y, según el censo, había alrededor de 1.100 que se encontraban en el extranjero. De esta cifra, unos 800 estaban en Cuba y el resto se repartía entre Francia, Argentina, Uruguay y Puerto Rico.
Los andritxolenses solían partir a los 14 años, que era la edad mínima para poder trabajar en el lugar de destino, donde se aseguraban tener algún contacto. Antes, tenían que pedir una solicitud al Registro de Penados del juzgado de Andratx. Este organismo se encargaba de emitirles un documento que certificase que no tenían ningún antecedente penal. Igualmente expedía las autorizaciones paternas o maritales para hijos y mujeres. Los barcos zarpaban del puerto de Palma con dirección a Barcelona, desde donde después se dirigían hacia el Atlántico. Al principio, los viajes duraban tres meses, después, solo un mes.
Al llegar a Cuba, todos los emigrantes eran llevados a una especie de campamento-prisión llamado Triscòrnia, a las afueras del puerto de La Habana. Las condiciones del recinto eran del todo deplorables. Los internos se quedaban allí hasta que alguien los reclamaba como mano de obra. En caso contrario, eran retornados a los países de origen. Muchos andritxoles pudieron salir de aquel infierno gracias a la tarea humanitaria de un paisano suyo, Gabriel Pujol Mir, en Tiona, que les dio trabajo en su hotel-restaurante La Marina Balear. Después de haber estado por Cataluña, Pujol llegó a Cuba en 1906 a los 26 años. Fue de los pocos que se estableció allí como empresario –murió en Andratx en 1965, a los 84 años.
Esponjeros
En Cuba, los andritxoles que venían de la payesía pudieron continuar trabajando en el campo acarreando carbón, leña, caña o plátanos en La Habana y en Cienfuegos. En cambio, los que eran pescadores encontraron la oportunidad de reciclarse en Batabanó, un pueblo a unos 55 kilómetros de La Habana. Su puerto, Surgidero, era uno de los mayores centros de exportación de esponjas. Durante un mes, tanto daba si era sábado o domingo, invierno o verano, los esponjeros trabajaban de dieciséis a dieciocho horas diarias sin tocar puerto. Fondeaban el barco mar adentro y, a continuación, en grupos de dos, partían con pequeñas embarcaciones a extraer la esponja con un palo en forma de horquilla de unos cinco metros de largo –miraban el fondo marino a través de un cubo con un cristal. En 1917 nueve andritxoles perdieron la vida fruto de un devastador ciclón.
En aquella ‘tierra prometida’ del Caribe también hubo gente de Andratx que no dejaron de explotar su vena de cocineros –Andratx sería conocido como la ‘villa de los chefs’. Destacaron Macià Ensenyat Nero, Gaspar Alemany Castell, Antelm Pujol Pujol, Gabriel Ballester Pujol Pastoret, Antoni Miquel Alemany y Guillem Pujol Moner. En 1885 ya se creó en La Habana la Sociedad Balear de Beneficiencia, que en 1901 se reconvertiría en Centro Balear. También existiría la Quinta Balear, que ofrecía asistencia médica, una biblioteca y todo tipo de actividades de ocio.
Deslumbrados por la libertad
Los andritxoles quedaron fascinados por el exotismo que representaba Cuba. Así lo manifestaba en una entrevista en 2000 Salvador Ensenyat Balaguer (1910-2008): “Era frecuente que cuando nos daban las jornadas de descanso, los pescadores aprovecharan para divertirse un poco, y la principal diversión de aquella época en Batabanó eran las mujeres cubanas. Los andritxoles se gastaban mucho dinero, en cambio, el precio de las cosas era muy barato, con poco dinero te lo podías pasar muy bien. Podías ir al Cabaret o a otras salas de fiesta. Muchos de estos andritxoles deslumbrados por la libertad que allí se daba, decidieron quedarse”.
“Cuatro años después de su partida –asegura Calafat– los hombres volvían a Andratx para hacer el servicio militar y para casarse. Las madres escogían el prometido de la hija, según el dinero que este hubiera conseguido. Si el joven emigrante no obtenía el mínimo económico establecido, el compromiso se rompía. La expresión ‘carabassa de l’Havana’ hacía referencia a las infidelidades entre prometidos por motivos económicos. Si la mujer quedaba embarazada, el hombre podía marcharse a Cuba de nuevo. Era lo que se conocía como ‘eixida’”. Aquellas ‘eixidas’ se repetían hasta que el matrimonio tenía dos descendientes, preferiblemente de sexo masculino. Como máximo, los andritxoles hacían tres. La estancia máxima en Cuba podía ser unos 30 años. “Los había que volvían ya mayores, otros ya no volvían, se quedaban allí viviendo con una cubana y formando otra familia. Algunos, una minoría, rompieron la tradición y se casaron con una cubana y la trajeron a vivir a Andratx”.
‘El pueblo de las mujeres’
Las mujeres mantenían el contacto con los maridos con la ‘carta-glosada’, un género epistolar propio de un tiempo en que imperaba el analfabetismo. Era un mensaje que desde Cuba el marido ‘cantaba’ a un compañero que volvía a Andratx y que este se aprendía de memoria para recitarlo después a la mujer. Actuaba así como un cartero con carta invisible de letras pronunciadas. Las misivas escritas se reservaban para los ‘paperets en punta’, que era el nombre que recibían las cartas acompañadas de dinero. Ante la ausencia de la población masculina, Andratx sería conocido como ‘el pueblo de las mujeres’. La frase típica entre las andritxoles era: ‘Hombres para allá y dinero para aquí’. “El matriarcado –asegura Calafat– no era solo una palabra, sino un hecho. Ellas eran las que distribuían el dinero que les enviaban sus hombres o hijos. Ellas organizaban la estructura del pueblo, solo veían al marido un par de meses a lo largo de su juventud”.
El flujo de andritxoles hacia Cuba comenzó a bajar en 1930. Ante las dificultades económicas que sufría la isla antillana, se aprobó una ley para frenar un tipo de emigración calificada de indeseable por “extraer del país una cantidad de dinero que debía quedar en manos propias”. En 1933 otra ley impuso que el 50% de los trabajadores de las empresas debían tener la nacionalidad cubana. A todo esto se añadió la fuerte competencia de otros mercados productores de esponja. Las oportunidades laborales en el ‘Dorado’ caribeño se desvanecieron completamente en 1959 con la revuelta liderada por Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista.
A partir de los años 50, de vuelta en Mallorca, los andritxoles abrazarían con alegría la incipiente industria turística. Así lo rubrica la siguiente glosa anónima: “A La Habana no iré / Con el turismo que tenemos, / Al menos ahora vivimos / Mejor que en tiempos pasados. / Yo no echo de menos el quinqué, / Con la luz nos divertimos”. En 1994 se produjo el hermanamiento entre Andratx y Batabanó. Hoy tres calles en el pueblo recuerdan su pasado de emigrante: Cuba, La Habana y Batabanó. Igualmente hay algunas imponentes casas levantadas con la fortuna de los conocidos indianos. “Sin embargo –recuerda la investigadora de la UIB–, no fueron tantos”.