Observatorio

Gustar a todo el mundo. Mucho y bien

La Orquesta Sinfónica Illes Balears, dirigida por Pablo Mielgo, ofreció el séptimo concierto de la temporada en el Auditorium de Palma

Anna Fedorova interpretando a Tchaikovsky con la OSIB.
21/03/2026
2 min

PalmaConcierto de quienes hacen afición. Quizá por eso y porque había muchos niños, alumnos del Conservatorio, el Auditorium del paseo Marítim presentaba un aspecto que gozaba. El programa era jugoso, goloso de pies a cabeza. Empezó con elApertura núm. 3, de Leonora, la que Beethoven consideraba demasiado importante e imponente como para que perdiera relevancia como inicio de una ópera, la única que compuso, Fidelio, que primero debía decirse como la pieza que nos ocupa. Y así, imponente, con cal y corresponde, sonó el prólogo del séptimo concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica Illes Balears, dirigida por Pablo Mielgo. Una presentación mayestática, incluso diría que con un talante especial por parte del director I los sesenta músicos que le acompañaron en esta velada tan especial a la hora de interpretar tan precisa sinopsis musical de lo que sería la única composición operística del genio de Bonn. Quedaba claro que había ganas de agradar un poco más que siempre y lo dejaron claro desde los primeros compases.

Anna Fedorova fue la encargada de ofrecer uno de los conciertos para piano más bellos e interpretados de la historia, el Concierto núm. 1 en sí bemol menor, para piano y orquesta. Lo mismo que cuando Chaikovsky le tocó por primera vez ante el famoso pianista Nicholas Rubinstein para saber qué le parecía y si querría estrenarlo, éste le contestó que era un concierto que no valía nada, que era absolutamente imposible de tocar, los pasajes estaban rotos, inconexos y mal escritos; que ni siquiera podían mejorarse; que la obra en sí era mala, trivial, vulgar, de la que tan sólo dos páginas tenían algún valor. Por último lo estrenó Hans von Büllow. Algún otro, Lucien Rebatet, dice que cansa por su "pintoresquismo rapsódico". En cualquier caso, concierto de extraordinaria belleza, de muchas capas y texturas, que siempre da gusto escucharle y en manos de Anna Fedorova no fue una excepción, sino todo lo contrario. Un diluvio de matices que iban de la intensidad del primer movimiento a la delicadeza de un segundo y que empaparon al auditorio. Sobriedad y elegancia a partes iguales, para una interpretación que no daba tregua a tantos y sugerentes colores y texturas, además de una impecable avenencia y conjunción con la orquesta. Bis de rigor. Casi siempre Chopin, y Fedorova tampoco fue una excepción, ofreciendo el brillante y para la ocasión muy adecuado Vales del minuto.

No era todo. Quedaba la Sinfonía núm. 5 en do menor, op. 67. Seguramente la más conocida, que de alguna forma casaba a la perfección con el resto del programa. Quizás faltaron un par mallorquín de efectivos, que hizo que no sonara imperial, como tantas veces la hemos oído en diferentes grabaciones, pero aportaron la pasión e intensidad necesarias para redondear una noche para agradar a todo el mundo, muy bien.

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