“Somos una 'marica' rural con cabras”
El expresidente de Ben Amics, Jan Gómez, compagina el activismo por los derechos LGTBIQ+ con un proyecto de ganadería circular en Montuïri
PalmaLa inmensa sombra de una morera protege a Jan Gómez de un sol de final de junio que sabe a agosto. Se levanta de la silla, se quita el sombrero de paja con una cinta verde y blanca –“el primero que encontré en el rastro”, dice–, se estira la camiseta que dice Carpe Diem y coge un palo que había sido de su padrino. A la izquierda de la morera, las cebollas del huerto tienen los tallos doblados, para que acaben de engordar, los tomatitos asoman entre las cañas y los girasoles ya inclinan el cuello, cargados de pipas. A la derecha, el corral. Una veintena de cabras salen de él espantadas y atraviesan el sembrado tan pronto como Jan abre el cerrojo. Escudriñan con el hocico el grano que ha quedado esparcido sobre la tierra seca después de la siega.
Jan solo tiene 30 años, pero hace media vida que está expuesto al foco público. Cuando tenía 16 se incorporó a Ben Amics, la principal entidad en defensa de los derechos LGTBIQ+ de las Islas. Justo había cumplido 18 cuando asumió la presidencia y hoy –después de dar voluntariamente un paso atrás– es el coordinador técnico. Las cabras rodean el cubo lleno de algarrobas que Jan golpea. ¿Cómo acaba alguien que lleva media vida intentando cambiar el mundo en una finca perdida del Pla de Mallorca?
“Siempre he querido vivir en el campo”, confiesa. Ya de pequeño, cuando pasaba los veranos con la abuela, en Granada, se escapaba a las cinco de la madrugada con el cabrero para acompañarlo. “Cuando llegábamos a la primera colina me decía: ‘Vuelve, que tu abuela se preocupará’”, recuerda, rodeado de animales. “De las cabras me gusta que están bien sonadas. Son malas por naturaleza. No quería criar ovejas. Son muy aburridas”, añade.
La oportunidad de vivir en el campo le llega después de la pandemia. Compró una casita modesta que había acabado en manos de un fondo buitre después de que un empresario extranjero dedicado al alquiler de coches quebrara. “Justicia divina”, ríe, todavía con las algarrobas en las manos. Encontró coches desguazados y tuvo que desbrozar la garriga para poder entrar. “No quería hipotecarme, pero al final me ha quedado una cuota que hoy equivaldría al precio de una habitación en Palma”.
Una quesería
Además, Jan alquila la finca de la morera para desarrollar un proyecto a largo plazo que aspira, primero, al autoabastecimiento y, más adelante, a abrir una quesería. Con su pareja y la ayuda del padrino, vende cabritos y cerdos de cerdo negro. Todavía no vive del campo, pero le gustaría. “Soy una persona muy rara, una marica rural con cabras. Cuesta encontrar”, dice antes de volver a reír. “Siempre me han gustado los mundos que chocan”.
Al principio se topó con las reservas de los campesinos, que a menudo miran a los urbanitas como gente que se imagina el campo con piscina y césped. “Sé que en el pueblo había apuestas para ver cuándo las 'mariquitas' de ciudad nos cansaríamos de esta vida”, revela.
Pero los mundos que chocan, en realidad, siempre han convivido dentro de Jan. Desde aquel niño que se escapaba con el cabrero hasta el joven que sobrevivió al acoso escolar por ser diferente y que hoy todavía lo combate desde el activismo. “Me gustaban los juegos que no eran el fútbol. Era un niño solitario y no encajaba en el modelo de masculinidad tradicional. Además, estaba gordito. No fue fácil”, recuerda.
En el instituto ya estaba implicado en causas sociales estudiantiles. Todo apuntaba que sería veterinario, pero una jefa de estudios le cambió la vida. Convencida de su potencial, un día le preguntó si realmente sería feliz encerrado dentro de una consulta o un laboratorio. Acabó estudiando Relaciones Laborales y, recién estrenada la presidencia de Ben Amics, una fotografía suya con un abanico de los colores del arcoíris durante la recepción que los reyes Felipe y Letizia ofrecían a la sociedad civil en el palacio de la Almudaina se convirtió en un símbolo. El gesto acaparó los titulares de una recepción que, hasta entonces, Juan Carlos I había reservado casi exclusivamente a políticos, militares y empresarios. “Ojalá aquel momento desapareciera de los anales de la historia”, dice riendo. “Todavía hay mucha gente que me recuerda por aquello. Era muy joven, republicano y, seguramente, mucho más radical que ahora. Comprendimos que era importante asistir. No por la Casa Real, sino, porque, por primera vez, la Jefatura del Estado reconocía públicamente nuestro colectivo. ¿El gesto tenía un valor histórico y simbólico? Sí. Pero yo no quería ser su representante”.
Ahí fueron tres años. Después decidieron no volver. “En aquel momento, una marica les venía muy bien para las fotografías, pero la contrapartida debía ser defender públicamente la diversidad, también a escala internacional, en un mundo donde todavía hay países que la persiguen o la castigan con la pena de muerte”.
Rosa destaca entre el resto de cabras. Mientras las otras roen trozos de algarroba, ella insiste en buscar una caricia de Jan. “Es la más cariñosa. Hace de niñera”. Cuando no hay suficiente leche para los cabritos, Rosa los alimenta. “Este es un proyecto de bienestar animal, de saber de dónde viene lo que comes. Hay niños convencidos de que la leche sale directamente de un brick. Aquí ningún animal come pienso. Todo el entorno es natural”, explica.
El parto de la cabra
El campo exige una atención constante y, si sus manos están en Palma organizando el Orgullo o luchando porque el Ayuntamiento lo ha suspendido, otras se tienen que hacer cargo de los animales. Ha habido comidas de Navidad en las que tanto él como su pareja han dejado la silla vacía, porque una cabra se había puesto de parto. Mientras tanto, Jan aprende por ensayo y error y pide consejo a los campesinos de la zona, demasiado cansados para creer que sus conocimientos aún tengan futuro. No hay más escuela que los libros y los vídeos de YouTube.
La vertiente más social de Jan ha acabado conectando con su proyecto rural. Sus ojos, de un azul profundo, ya no proyectan la fiereza indómita de los 18 años. Se han sosegado. O quizás se han domesticado.
Cuando lo acosaron en la escuela, ya existía la Ley del matrimonio igualitario y de la adopción. Desde entonces, los derechos LGTBIQ+ han continuado avanzando, pero los ojos de Jan no hablan el idioma del optimismo. “Para mi generación fue más fácil que para la de ahora”, dice en referencia al “cambio ideológico” impulsado por la extrema derecha. “Nos hemos encontrado esvásticas dibujadas en pizarras de institutos. Era impensable en una sociedad que había salido de una dictadura y que conocía el valor de los derechos humanos. Ahora se extiende la idea de que los derechos humanos son algo woke, una ideología de izquierdas. Vivimos un momento de cambio. De retroceso”.
¿Cómo se revierte? “Si he de ser sincero, me he rendido. O quizás la palabra que debo decir es desesperanza. Y creo que esto explica que cada vez me haya volcado más en este proyecto rural”. Jan entró al activismo convencido de que podía cambiar el mundo. Con los años ha descubierto que “el mundo va allá donde quiere”. “Es muy duro para alguien que lleva tantos años luchando. Te enfrentas a estructuras enormes y llega un momento en que necesitas descansar. Han sido 14 años en primera línea”.
Incomodidad permanente
El activismo también ha cambiado, impulsado por “una sociedad más individualista”, en la que las redes sociales “han sustituido las estructuras colectivas”. “Somos una isla pequeña. De maricas, hay muchos. De comprometidos con sus derechos, pocos”.
mariques, hay muchos. De comprometidos con sus derechos, pocos”.
Después de guardar las cabras, vuelve a sentarse bajo la morera con el palo entre las piernas y las espardenyes embarradas. “Cada vez quedan menos espacios físicos de encuentro. La mayoría de las relaciones pasan por aplicaciones y redes sociales. Esto hace que desaparezca este sentimiento de comunidad. Antes, podías entrar en un bar, conocer gente, hacer amigos, enamorarte o, simplemente, conversar. Ahora, muchas relaciones empiezan y acaban frente a una pantalla. La comodidad domina nuestras vidas. Y el activismo es exactamente lo contrario: una incomodidad permanente. Es exponerte, discutir, intentar cambiar mentalidades. Va en dirección opuesta a una sociedad que solo busca Netflix, sofá y aire acondicionado”.
Según Jan, no hay relevo. Y las identidades –a pesar de la proliferación de conceptos– se entienden cada vez más desde el yo. “Crecí pensando que había consensos irreversibles. Ahora veo que se rompen con una facilidad enorme, a partir de discursos cada vez más simplistas y más agresivos”, dice mientras se seca el sudor de la frente.
Activismo rural
No le ha quedado más remedio que abrirse una cuenta de Instagram. “Si quieres movilizar, tienes que estar allí donde está la gente”. Lo aprovechará para hablar de activismo rural. Podrá explicar cómo trenza los ajos para tenerlos todo el año, cómo en invierno abre botes de salsa de tomate de variantes locales hecha en verano y cómo el suero de los futuros quesos alimentará a los cerdos. Todo forma parte de un mismo ciclo.
Quizás la desesperanza también se recicla, igual que los estiércoles de los animales nutren el huerto. “Un activista nunca se rinde del todo. Da un paso atrás, recupera fuerzas y espera el momento de volver. Pero cada vez tengo más claro que volver a la tierra, cultivar y criar animales es el lugar donde quiero estar. Volver a la tierra también es una forma de lucha”, dice rodeado de balas de paja. Bajo la sombra de la morera gigante.