PalmaResulta difícil escribir sobre un concierto que no lo fue como tal. El segundo ‘concierto’ del monográfico mahleriano se convirtió en una lectura sincopada, o algo parecido, de las memorias de Alma Mahler. Párrafos que no contextualizaban la música que llegaba a continuación ni aportaban nada interesante de ninguno de los dos compositores, salvo el momento que cuenta cuando Mahler prohibió a Alma volver a componer. Eso sí, sin matizar que después rectificó, ni tampoco por qué lo hizo, que se hubiera convertido en un Sálvame deluxe en mi menor. En cualquier caso, si el tempo es pilar fundamental de una composición, alguien no lo midió ni poco ni mucho. Además, la tabarra, leída a empujones y trompicones, no estaba en el programa de mano, como tampoco estaba el nombre de quien se erigió en protagonista de una velada que hubiera podido ser un buen concierto. Ya sorprendió que empezara con la lectura de un texto que no casaba con lo que vendría a continuación, a cargo del cuarteto de cuerda y piano formado por Fabiola Tedesco (violín), King Wojdalska (viola), Zuzanna Sosnowska (violonchelo) y Magí Garcías, al piano. Prometedora la primera intervención de la formación con la interpretación del único movimiento del Cuarteto con piano en la menor, de Gustav Mahler. Todo un ejemplo de la poderosa solidez con la que el grupo exhibió la imprescindible conjunción para poder disfrutar de tantos y tan sólidos elementos en perfecta armonía. Es la prueba de que Mahler es muy Mahler, a pesar de ser tan solo como una prueba, como un esbozo de cuando él iniciaba sus estudios en el conservatorio.Justo después llegó otra filípica, en un ejercicio de coherencia tan descontextualizada como el anterior, que daba paso a la mezzosoprano Begoña Gómez para interpretar dos Lieder de Alma y otros dos de Gustav: Die stille Stadt e Bei dir ist es traut, de la primera, y Wo die schönen Trompeten blasen y Es sungen drei Engel einen süßen Gesang del segundo. Impecableinterpretación, colorida, con volumen y consistencia, bien acompañada por Magí Garcías. Podríamos decir que fue un momento brillante, característico de la voz de la mezzo, si entre una y otra Lied, que tienen una duración de más o menos dos minutos, no hubieran incluido la correspondiente lata, de mucha más duración, eterna, que eliminaba y dinamitaba cualquier posibilidad de disfrutar como es debido las sutiles composiciones.El ‘concierto-lectura’ finalizó con la interpretación del Cuarteto con piano núm. 1 en sol menor, op. 25, de Johannes Brahms. Cuarenta minutos mágicos, sin palabras, un espejismo. El cuarteto volvió a mostrar sus excelencias, que no eran pocas, pero encabalgadas por una estructura que no se sostenía. No era esto.