El coste invisible del modelo turístico de Pollença
La bahía acumula décadas de presión urbanística, turística y ambiental. Los episodios de contaminación son solo la cara más visible de un ecosistema que hace años que muestra señales de agotamiento
PollençaCuando se habla de la presión turística en Mallorca, la imagen suele ser la de una gran fachada hotelera. En Pollença, sin embargo, la realidad es otra. El municipio ha construido buena parte de su modelo sobre el alquiler vacacional. Hoy sigue siendo uno de los municipios con más viviendas de uso turístico de las Islas y cerca del 68% de las plazas turísticas corresponden a esta modalidad de alojamiento, una realidad muy diferente a la de otros destinos eminentemente hoteleros.
Este modelo ha transformado profundamente el municipio. Las fotografías del Puerto de Pollença de hace 50 años muestran una primera línea mucho más abierta, con menos edificación y una presión humana muy inferior. Hoy, el paisaje es otro. Pero el cambio más importante no es el que se ve. Es el que ha pasado bajo tierra y bajo el mar.
Más que un problema de vertidos
Cada verano vuelven los episodios de agua turbia, las denuncias por posibles vertidos y los debates sobre la calidad ambiental de la bahía. La tentación es buscar un único responsable. Ignasi Cifre, miembro de Arrels Marines, considera que este es precisamente el primer error. “La degradación es multifactorial”, resume. A su parecer, la calidad del agua no depende solo de un vertido puntual, sino de un conjunto de presiones que se han acumulado durante décadas.
No es una conclusión exclusiva de Arrels Marines. Los estudios elaborados durante los últimos años también apuntan que la bahía interior es un espacio especialmente vulnerable, porque es poco profunda y la renovación del agua es limitada. Esto hace que cualquier impacto tenga más efectos que en otros tramos del litoral. Las investigaciones dividen estas presiones en dos grandes bloques: las que provienen de tierra y las que llegan desde el mar.
En tierra, los estudios señalan décadas de crecimiento urbanístico, la construcción de urbanizaciones sobre infraestructuras que hoy han quedado antiguas y una red de alcantarillado que necesita renovarse. En el mar, la intensa actividad náutica, los fondeos permanentes, los vertidos procedentes de embarcaciones y la transformación del litoral completan una fotografía mucho más compleja que la de un simple vertido.
Cifre insiste en que el mismo modelo de desarrollo del municipio ayuda a entender la situación. A diferencia de los grandes núcleos hoteleros, una parte muy importante de los visitantes se aloja en chalets y viviendas dispersas, muchas situadas en suelo rústico. Esto implica piscinas, jardines, pozos particulares y, en algunos casos, sistemas de saneamiento individuales, que no siempre están conectados a la red pública.
“Cuando solo miramos la depuradora, dejamos de lado una parte del problema”, explica. Según apunta, todavía hay viviendas que funcionan con fosas sépticas o pozos negros, algunos de los cuales pueden presentar filtraciones. Esta es una de las hipótesis que los investigadores tienen sobre la mesa después de comprobar que las analíticas de la depuradora cumplen la normativa, mientras que, en determinados momentos, el torrente de Sant Jordi presenta una calidad inferior.
El consumo de agua es otra pieza del rompecabezas. Buena parte de las fincas dispersas obtienen el agua directamente de los acuíferos. Durante los meses de verano, cuando el municipio multiplica la población, también aumenta la demanda derivada de las piscinas, el riego de los jardines y la actividad turística.
Cifre alerta de que esta presión sostenida puede favorecer la entrada de agua marina en los acuíferos costeros. “Cuando un acuífero se saliniza, es muy difícil recuperarlo”, advierte.
Para Arrels Marines, algunos de los problemas más importantes de la bahía casi no aparecen en el debate público. Uno de los ejemplos son las playas artificiales. Hace décadas, la aportación de arena enterró praderas marinas y comunidades de algas que hacían una función esencial dentro del ecosistema. Sin esta vegetación, los sedimentos se remueven con más facilidad, aumenta la turbidez del agua y disminuye la luz disponible para muchas especies. Es un proceso lento que todavía hoy tiene consecuencias.
A estos efectos se añaden los espigones, los muelles, los cambios en la circulación natural del agua, los fondeos ilegales, el ruido submarino y los desbordamientos de la red de saneamiento durante episodios de lluvias intensas.
“No se puede decir cuál es el factor más perjudicial”, sostiene Cifre. “Los ecosistemas no funcionan como una suma de problemas independientes. Un impacto aparentemente pequeño puede desencadenar consecuencias mucho más grandes”. Es lo que los científicos llaman efectos en cascada.
Mirar más allá del agua
La bandera negra concedida este año por Ecologistas en Acción ha vuelto a situar la bahía en el centro del debate público. Pero, más allá del distintivo, el reto continúa siendo el mismo: adaptar unas infraestructuras pensadas para otro Pollença a un municipio que cada verano multiplica la población y la presión sobre el territorio.
Mirar las fotografías de hace medio siglo permite entender hasta qué punto ha cambiado el paisaje. Entender qué pasa bajo el agua y bajo tierra es mucho más difícil. Pero es precisamente allí que, según apunta Arrels Marines, se encuentran muchas de las claves para explicar por qué uno de los espacios naturales más valiosos de Mallorca hace años que da señales de alerta.