Nuestro amor de mamífera es así, mamá: silencioso y primitivo

Una mirada íntima a la relación entre una hija única y su madre, marcada por la distancia emocional, los cuidados y los gestos mínimos que sostienen un vínculo que no se acaba nunca

El Proyecto Florida explora esta relación madre-hija imperfecta.
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PalmaLa hija única cumple años: uno, en concreto. Y, con solo unos días de diferencia, mi madre también. Cumple 55. Me gusta haber caído en esta casualidad, porque me recuerda más que nunca que sin madre única no habría habido hija única. Empecé a escribir más hacia adentro y menos hacia afuera cuando descubrí que el mundo se podía explicar a partir de las historias que guardamos dentro de nosotras mismas. Y la historia con mi madre es una de ellas. La primera, diría yo. Y quizás, un día, también será la última. Porque es una historia que no se acaba nunca.

“Creo que la relación con mi madre será el tema que marcará mi treintena”, dijo un día mi amiga Marina. Y yo creo que será el tema que marcará mi vida, y ojalá mi escritura. Tan cliché y almodovariano como suena. La relación con mi madre es el tema que enredo cada vez que acometo un texto. No sé cuántas notas habré abierto en el móvil intentando descifrar alguna de las complejidades que conforma nuestra manera de interactuar.

!!!– qué pone cuando le pregunto si quiere que cene juntas.

Vale!!!– que pone cuando le pregunto si quiere que comamos juntas.

Fotograma de 'The Florida Project', de Sean Baker.

La manera en que nos relacionamos mi madre y yo está entre las cosas que más me intrigan en la vida. Nuestro lenguaje es el de los cuidados, el de la culpa preventiva, el de los sentimientos atómicos. Nunca lo ha sido el de las palabras, ni los abrazos, ni los besos, ni las caricias. Es un darnoslo todo la una por la otra sin tapujos. Nos amamos con discreción y contundencia, porque esta es la única manera que conocemos de hacerlo. Creo que he explorado casi todas las maneras de decirle te quiero, y todo por no ser capaz de hacerlo de palabra. Nuestro amor es así, de mamífero: silencioso y primitivo.

Tanto ella como yo hemos heredado de su familia una costumbre: darnos uno o dos besos con todo el mundo –según el nivel de parentesco– para saludarnos y despedirnos. Un ritual a ratos extremo y pasado de modade La Oreja de Van Gogh, juntos al coche, bikinis puestos, de camino a la playa. Tenía tanta razón Amaia –Amaia Romero, la otra Amaia–: “

Fotograma de 'The Florida Project', de Sean Baker.

Esos años no volverán nunca más. / Date cuenta mamá.Lo que te conté mientras te hacías la dormida, de La Oreja de Van Gogh, juntas en el coche, bikinis puestos, de camino a la playa. Tenía tanta razón Amaia –Amaia Romero, la otra Amaia–: “Si nos encontráramos con veinticuatro años. / Nos confesaríamos en la cola del baño. / Me harías una peca, te pondría pintalabios. /M-A-P-S”.

Pero como bien dice ella, “Esos años no volverán nunca más. / Date cuenta mamá.”, y yo las querré igual, a las dos, en silencio y contundencia, a lo que somos y a lo que fuimos. A mi madre, como a la chica que me deslumbraba con su piercing en la nuca y el tatuaje de la luna en el hombro; como a la amiga que quería tener: con coche y casa propia, y un pelo rizado con reflejos dorados. Y a mí, como a su niña, su cachorro. Nos querré así siempre, como cuando aún no imaginaba que un día volveríamos mayores.

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