Viva Roca

Cuando te adentras en una necrópolis talayótica, en Menorca, sientes que estás entrando en casa ajena, penetrando un mundo que no es el tuyo y, al mismo tiempo, que traspasas finalmente unas barreras autoimpuestas por el anhelo de una presunta protección: la frontera entre lo que está vivo y lo que no. La piedra, sin embargo, se forma, se performa y se transforma: late con unos movimientos casi imperceptibles que poco tienen que ver con la parálisis y el silencio de la muerte. La piedra suena y el sonido de la geología –como el de las estrellas– perdura más allá de los límites humanos…

Hace mucho tiempo que los antiguos pobladores de la isla andaban e investigaban hasta descubrir unos enclaves donde no solo nuestra voz se amplifica y se esparce, sino que las voces de los otros habitantes del ecosistema se descifran a medias –de tal manera que parecen entenderse. Pienso cuánto tiempo debían dedicar a recorrer su trozo de universo con las orejas abiertas, escuchando atentos hasta decidir el lugar exacto donde se pondrían a trabajar (a picar piedra), no tanto para construir un refugio, como más bien para abrir una puerta. Un pasaje no secreto, sino hecho común a través del canto colectivo, que enlace las diversas formas de existencia, los diferentes tiempos.

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Grillos, topos y ranas, chochas y mirlos, se congregan cerca de los barrancos donde cincelaron hipogeos y cuevas; halcones, pinzones y perdices, murciélagos y crustáceos chasqueantes, cohabitan los acantilados donde esculpieron ojos y grutas que el mar mece con bajos resonantes. Lo escuchamos, lo registramos, pero, cuando volvemos a escucharlo (cuando lo reproducimos en la grabación) se ha desvanecido otro sonido que no fuimos capaces de situar, de definir, de describir. Quizás ni siquiera era un sonido –era una sensación auditiva, o un efecto de la gran mezcla improvisada de frecuencias en el contexto de aquellas propiedades acústicas. Un rebote, un reflejo, un armónico.

Callamos dentro de una tumba o templo de la prehistoria –y, después del escalofrío, la revelación mineral de esta vibración que todo lo conecta. La música: el medio por el cual las criaturas sonoríferas (como el ser con cuerpo humano) transitamos la vida terrestre, y el único por el cual cruzaremos hacia una ultraexistencia misteriosa y afinada, donde los corazones todavía se entienden. Allá donde nos reencontraremos porque allí se practica la acción de prestar atención y la improvisación se conjuga en ritmos que son más-que-propios; allá donde cada voz es única precisamente porque entona con las otras. Allá donde juntos picamos piedra.

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Estoy reescribiendo este artículo a última hora, con Joan Roca en la memoria y en el presente. Me muevo desde una tristeza profunda y con un latido misterioso, hacia un nuevo estrato de conocimiento menos seguro y mutante incierto, aunque indudablemente bello –lleno de posibles. Ahora que el músico emprende otra vía, me envuelve una certeza pétrea: que las notas y acordes de sus instrumentos, y los sonidos de sus palabras, ya lo trenzan para siempre a la vida de la tierra (a la roca viva) y al recuerdo de quienes aún hemos de continuar habitándola un rato.