'Vete a casa'

El debate en torno al turismo, ahora ya transformado en reivindicación ciudadana movilizada en las calles, viene de muy atrás. Desde hace décadas sabemos o debatimos sobre el modelo económico basado en el turismo, muy a menudo sin haber acabado de entender las implicaciones de todo ello, cuál es la raíz profunda del problema o cuál es la viabilidad posible de las soluciones. Desde el ecologismo siempre se nos ha dicho que el turismo destruye el entorno, porque obviamente donde hay un hotel podría haber un pinar, y cabras salvajes en lugar de un matrimonio de holandeses. Toda la generación de mis abuelos, por ejemplo, vio cómo Mallorca se transformaba de un país de huertos y pueblos a un entorno de hoteles y bloques de apartamentos, y algunos supieron aprovechar el empuje de todo ello y se hicieron muy ricos, y empezaron a ver la antigua Mallorca como una pocilga, o de campesinos ofuscados que no sabían adaptarse a los tiempos encendidos de una fiebre de oro.

De todo esto se han escrito novelas, ya quizás demasiadas novelas, pero al fin y al cabo todo ha ido a más: más plazas hoteleras, más hoteles, menos naturaleza, más aviones y más trabajo relacionado con el turismo… y entre todos íbamos descubriendo cuáles eran los efectos perniciosos de todo ello, porque no hay riqueza que no venga con su parte de miseria. Es el precio que hemos pagado por vivir en el Paraíso, que no era nuestro sino del mejor postor, que ni siquiera ya es nuestro vecino más hábil, sino un entramado de dinero internacional sin visión de país ni de cultura propia. Debemos hacer una reflexión muy a fondo sobre el turismo y nosotros, pero el problema es que la reflexión sin poder no sirve de nada.

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No se sabe cómo ofrecer una alternativa; no se sabe cómo poder crear riqueza y ocupación en pleno siglo XXI sin tener que venderse el huerto de los abuelos para hacer un complejo de apartamentos rurales. Quien más quien menos tiene un trozo de tierra maldita por los deseos de los demás. Y el problema es cuando es tan deseada y vale tanto que se rompe la cadena entre padres e hijos, y los hijos ya no tienen ni dónde caerse muertos, con toda la literalidad de la expresión funeraria.

Y de aquí, ahora, los bramidos y la oposición, que mira al mismo tiempo de no importunar al turista, pero que sabe, al fin y al cabo, que es el enemigo, la oveja con piel de lobo, o el emblema sempiterno del capitalismo hedonista: crea riqueza pero también las desigualdades inevitables, y los vaivenes colaterales.

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La alternativa también es capitalismo: turismo de lujo, menos gente y más rica, más burgueses de cartera inflada y menos hijos borrachos de la clase trabajadora europea, que es, en definitiva, en lo que nos hemos convertido después del fin del viejo capitalismo industrial. Se debe poner una cifra anual máxima de visitantes, y aumentar la tasa turística, con la cual recuperar vivienda para los autóctonos. Son medidas factibles, de sentido común, alcanzables con mayorías parlamentarias, es decir, que no podemos esperar que se implementen. La cosa siempre es ir pasando, a finales de agosto hacer balance y entonces hacer cuatro discursos, cinco si es año de elecciones.