El precio del éxito no puede ser siempre más caro

Durante décadas, buena parte de los isleños asumieron que el turismo era mucho más que una actividad económica. Era el fundamento de la prosperidad, la garantía de que las Islas Baleares podían ofrecer oportunidades y un buen nivel de vida. Con muchos matices, porque los beneficios nunca se han repartido de manera equitativa, la mayoría aceptó que los costes del modelo se compensaban con el bienestar que generaba. Hace tiempo, sin embargo, que este equilibrio se ha roto. Pagamos el precio de lo que se ha considerado un éxito, pero este precio no se debe pagar eternamente, ni puede ser cada vez más caro.

Las movilizaciones contra la masificación turística no expresan un rechazo al turismo en sí mismo. Expresan la certeza de que lo que debía garantizar una vida mejor ha acabado haciéndola más difícil. Cuesta tanto encontrar vivienda que una parte muy importante de la población, si no dispone de una casa en propiedad o de apoyo familiar, no puede pensar en construir un proyecto de vida. Los servicios públicos sufren una presión constante. Los desplazamientos se alargan y los espacios compartidos se pierden.

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Hay también una pérdida menos cuantificable, pero igualmente real. Hemos dejado de ir a playas donde antes pasábamos horas porque sabemos que encontraremos atascos y una multitud. Hemos modificado hábitos, hemos renunciado a lugares que sentíamos nuestros y hemos empezado a organizar la vida evitando los momentos y los espacios de máxima saturación. No es solo una cuestión de incomodidad, es la sensación de que el territorio donde vivimos deja de responder a las necesidades de quien lo habita durante todo el año.

Ahora bien, las sociedades evolucionan y los territorios también. Pero una transformación solo es un progreso si mejora las condiciones de vida de la comunidad. Cuando el crecimiento acaba degradando el bienestar de los residentes, cuando el derecho a una vivienda digna se convierte en un privilegio y cuando vivir en las Islas exige cada vez más esfuerzos para mantener una vida normal, hay que preguntarse si el modelo sigue sirviendo al país o si es el país el que ha acabado al servicio del modelo.

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Esta es, quizás, la gran cuestión que plantean las protestas. No se trata de recuperar unas Baleares idealizadas que ya no existen, ni de negar la importancia económica del turismo. Se trata de recordar una evidencia: el éxito de un territorio no se puede medir solo por el número de visitantes ni por los récords de facturación. También se ha de medir por la posibilidad de que la gente pueda vivir allí con dignidad y mirando el futuro sin la sensación de que, año tras año, pierde un poco más del lugar que considera su hogar. Si el modelo económico que nos debía garantizar el bienestar acaba erosionando este bienestar, ya no se puede dudar si hay que ponerle límites y pautar un decrecimiento. Debemos asumir que las consecuencias de estos límites no son peores que no establecerlos.