Ganaremos la batalla

3 min
25/09/2026 - 19:45 h
Ensayista
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Desde hace algún tiempo parece que nuestra sociedad se está militarizando. Una manifestación obvia de esto es el ambiente prebélico en el que vivimos, con la posibilidad de que países como Rusia cometan algún acto hostil que nos obligue a hacer uso de la fuerza. Hasta qué punto esta posibilidad es real o es una excusa para aumentar el gasto público en defensa, no es fácil de aclarar. Pero cuando hablo de militarización no me refiero a esto, o no solo a esto.

Hay, también, una militarización del vocabulario y del discurso político. Hace poco más de un lustro, con el estallido de la pandemia de la covid-19, el lenguaje militar se hizo habitual. El virus apareció como un enemigo ajeno al cual combatir y los responsables políticos no se cansaban de decir que ganaríamos esta batalla y que eran momentos de esfuerzos y sacrificios. Una situación similar se vive hoy con el desarrollo de la inteligencia artificial y los discursos más o menos apocalípticos que la acompañan sobre la posibilidad de que se pierda el control y que pueda extinguir a la humanidad. En el caso de la IA, esta narrativa esconde la idea de que su desarrollo es inevitable y que nos debemos preparar para aquello que pueda venir, pero deja de lado lo que es obvio: que la IA es una tecnología humana y que, si se desarrolla, no es por una fuerza de la naturaleza o por la imparable locomotora del progreso, sino porque hay humanos, con nombre y apellidos, que deciden hacerlo.

Un ejemplo más peligroso de uso del lenguaje militar lo hemos tenido este verano con la crisis migratoria de Ceuta y la idea de que se trataba de una invasión. Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que invadir un país implica la intención de ocupar el territorio para someterlo, para anexionarlo a la soberanía propia y para saquear sus recursos. Es cierto que hay países y grupos políticos que instrumentalizan los flujos migratorios para su beneficio, pero hay que tener muy mala leche para pensar que la intención de los migrantes de Ceuta era la de conquistar la península ibérica o para implementar en ella la forma de vida del Magreb. Aun así, una parte importante de las fuerzas políticas y de los medios han comprado este discurso, afín a las tesis racistas sobre el peligro de la sustitución cultural y la islamización de Europa. El lenguaje nunca es inocuo.

Muy relacionado con esto es el mensaje de que nos encontramos en un estado de emergencia constante. No me refiero al cansancio de algunas personas ante la sucesión casi ininterrumpida de alertas por calor, por lluvias o por cualquier otra calamidad, sino al hecho de definir como emergencia cualquier situación que requiere la actuación política. Aquello que antes era un problema o una crisis, hoy es elevado a la situación de emergencia, sea hídrica, climática o residencial. Un cambio que no es solo retórico.

La apelación a la emergencia busca justificar la adopción de medidas rápidas, esquivando cualquier debate riguroso y plural, pero esta prisa, muchas veces, no tiene otro efecto que esconder los errores y los fracasos anteriores. Desgraciadamente, esto no es solo un ejemplo de mala política. Lo peor es que, en una comunidad en emergencia permanente, la opinión pública acaba valorando más un gobierno de golpes de efecto y medidas populistas que uno que haga política seria y a largo plazo. Esta sí que es una amenaza real a nuestra manera de vivir, y no proviene de otros lugares ni sale de ningún laboratorio perdido en una isla desierta.

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