03/07/2026
Dirección del semanario
2 min

Crecí con la playa delante. Antes de saber casi nada del mundo ya sabía cómo coger un gambaner de manos del abuelo, cómo la arena mojada se aferraba a los pies (también el barniz) y cómo los castillos que hacíamos con mi madre y mi hermano, con un cubo o solo con las manos, tenían los minutos contados antes de que el mar se los llevara. Más adelante llegaron los veranos largos de la adolescencia: horas y horas con los amigos sentados encima de la arena sin hacer nada más que charlar, reír y volver a saltar de aquella roca que veíamos desde nuestra casa. Mañanas, tardes y noches. La playa era nuestro lugar natural. No íbamos, vivíamos allí.

Quizás por eso cuesta asumir que ahora, cuando llega el tiempo de aprovecharla al máximo, no vamos, no podemos ir, no nos gusta ir.

Primero fue el Arenal, dejamos de ir. Después han venido el Trenc –no queremos que lo toquen, pero tampoco vamos, porque ya no es de ninguna manera lo mismo, de tanta gente y tantas barcas, una encima de la otra–, Formentor, el Caló del Moro, Cala s’Almunia, Cala Varques, Cala Deià... En Menorca, Cala en Turqueta, Macarella, Son Saura... Las Salinas y Cala Saona en Formentera, la práctica totalidad del alrededor de Ibiza. Ya son muchísimas más las playas y calas a las cuales hemos renunciado que no las que todavía consideramos como opción.

Qué contradicción más profunda, la de vivir rodeados del mar, en unas islas que el mundo envidia precisamente por sus costas, y quienes vivimos aquí nos hemos acostumbrado a mirarlas de lejos durante los meses de más calor. Y no porque no nos gusten, sino porque nos gustan demasiado y sabemos qué nos espera: atascos, aparcamientos saturados, arena ocupada de cabo a rabo, ruidos y embarcaciones fondeadas una tras otra.

Es cierto que la población de las Islas ha crecido mucho más de lo que se puede asumir. Pero la masificación de las playas es, sobre todo, turística. Los residentes a menudo trabajamos mientras las playas se llenan. Y es que hoy los turistas ya no descubren las calas al azar; las conocen todas antes de llegar. Las redes sociales han convertido cada foto en una invitación masiva.

Esto ha cambiado incluso nuestra manera de hablar de la costa. Si todavía conservamos una cala discreta, un trozo de roca, una entrada donde podemos extender la toalla sin sentir que formamos parte de una multitud, no la compartimos. Nos la guardamos como un secreto de familia. Como si fuera un tesoro, que sí que lo es.

Cuando una sociedad empieza a esconder sus refugios por miedo a perderlos, es que ya ha perdido muchos otros. Y no es solo una cuestión del tiempo de ocio. Es una manera de dejar de pertenecer al lugar donde has nacido. Aquellas playas no eran solo paisaje; eran memoria, identidad, una manera de crecer. El día que los habitantes de unas islas asumimos con normalidad que el verano es el tiempo de no ir al mar, hemos hecho una renuncia mucho más profunda y significativa que la de unas simples jornadas de playa.

stats