El amor de la desmemoria
Hace tiempo que no puede alimentarse de las historias de los otros, su memoria es como un templo sagrado con los accesos cerrados
PalmaAnne Carson, en el libro Tipos de agua, habla de cuando iba a ver a su padre al hospital. Tenía demencia, una enfermedad que despoja de facultades la mente y el cuerpo. Carson recuerda el torrente verbal que emanaba de los labios del padre, un balbuceo que los neurólogos llaman ‘ensalada de palabras’, porque se disuelve en el aire, sin comprensión posible. Mi abuela hace rato que habla esta lengua extranjera. No me dice las cosas a mí, las lanza al mundo, por si alguien puede ampararlas. Sus palabras, como las flechas de una tribu lejana, me rozan, imposibles. Podría preguntarle, Tita, ¿qué me quieres decir? ¿Qué pensabas aquellas veces que solo me ofrecías silencio? ¿Has sido feliz, Tita? Querría recordarle la manera como la he amado siempre, sin exigencias, con una complicidad elegante. Como las manos que se agarran fuerte por debajo de una mesa.
Encima del comodín tiene el libro de Lorca que le regalé hace rato. Tengo la convicción de que nombrar a alguien es como un hechizo en el que se heredan algunas filias y algunos miedos. A mi abuela siempre le ha gustado mucho leer. Bearn, Rayuela, El Romancero Gitano, Cien años de soledad le despertaron pasiones que se contagiaban. Desde que tengo recuerdo, hemos hecho contrabando de libros y de secretos. Dejaba papelitos y servilletas escondidos en las páginas, apuntaba nombres y ocurrencias que me hacían reír. Yo le elegía las ediciones con la letra grande, para que la vista la acompañara muchos años. También el trajín de plantas, que llegaban a mi casa radiantes y volvían a su casa cuando necesitaban flotar. O la devoción por los gatos y la risa generosa, como un jardín florecido aunque no fuera primavera.
Hace unos años que tiene la mirada de niña, llena de confusión, quién sabe si, a veces, llena de rabia. Las noches de insomnio ya no se llenan de lecturas o de series. Hace rato que no puede alimentarse de las historias de los demás, su memoria es como un templo sagrado con los accesos cerrados. Aun así, Anne Carson defiende que la demencia va de la mano del juicio. La puerta de la mente no se cierra de golpe, quedan ranuras abiertas por donde traspasa la luz. Quizá sea por eso que me sonríe con tanta ternura, y acaricia la barba de mi padre como si supiera cierto que es su hijo. Quién sabe si esta lucidez, minúscula, pero persistente, hace que al mencionarle a Lorca me repita bajito, dos o tres veces, “a las penas, puñales”.
Al coger el libro del comodín, he abierto todas las páginas marcadas, como quien busca las huellas de un tesoro antiguo. Me detengo en la página 149, están señalados los versos “Ni tú ni yo estamos en disposición de encontrarnos”. Quizás sea cierto lo que dice Carson de la antropología, que es el saber del asombro mutuo. Y para asombrarse no hace falta la memoria, ni tan siquiera la identidad sólida que nos hace esclavos de la vanidad, o perseguidores de la razón. Para asombrarnos de los demás, solo nos hace falta el encuentro verdadero, como dos bestias salvajes que, bajo el cielo abierto, se husmean. Sin las barandillas de los prejuicios, sin los hilos rojos que tejen el inventario de expectativas y de exigencias, solo con la hambre del vínculo con el otro.
Quién sabe si esta es la diferencia entre el paraíso y el infierno. Diría que son dos ficciones antagónicas, porque en el paraíso no hacen falta ni la memoria ni la identidad para amarse y, en cambio, en el infierno, el culto del ‘yo’ vuelve el amor imposible. Me asombra oír la manera como nos amamos mi abuela y yo. Huérfanos de los años, nos conjugamos en presente.