
He oído a menudo a foraviles decir que se quieren mucho más que un rayo les destroce un tejado que a un vendaval prenda un árbol centenario que ha hecho parte de su vida. Lo que se ha construido, con mayor o menor dinero, con mayor o menor esfuerzo, se reconstruye. No ocurre lo mismo con lo que es naturaleza ni parte del medio ambiente. Por poner como ejemplo una imagen que hemos publicado esta semana, la playa de Portocristo ya no está. El crecimiento y asfaltado del centro histórico, la construcción del paseo y la del gran martillo, además de las consecuencias del calentamiento global, parecen ser los principales motivos de la desaparición. No será la única que desaparezca tragada por todo ello.
Los incendios que han quemado estas semanas son bastante lo mismo. Cierto o no –aún está por verificar–, se dice que detrás de los fuegos podría haber intereses para convertir campos quemados en parques solares. En ese punto, decir que somos corrosivos queda corto y demasiado obvio. Pero ahora que el mundo está en manos de los fondos de inversión, es preciso preguntarse hasta qué punto se incrementa y cómo se incrementará la acción corrosiva cuando quienes la ejecutan no tienen nombre, ni cara, ni ojos.
Con este panorama parece mentira que el medio ambiente no sea sagrado. Por el contrario, a los depredadores se lo ponemos en bandeja: el campo está descuidado y no se hace nada para que sea rentable (no explotado y menos para la urbanización); y proporcionalmente a la importancia que tiene la administración pública que gestiona la agricultura, el medio ambiente y el territorio son los peores dotados. Cuando el medio ambiente no es sagrado, todo lo que nos sostiene se convierte en mercancía.