18/06/2026
Escritor
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Dudo mucho que quede nadie sobre la faz de la tierra que todavía no esté al tanto: estos últimos días, la visita del papa León XIV a Madrid, Cataluña y las Canarias ha monopolizado buena parte de la dieta informativa de los medios, tanto estatales como nacionales. Cualquier tema ha sido bueno para ir haciendo hervir la olla: la proporción de catalán que usaría durante las homilías, la lengua de la bendición de la torre de Jesús, quién cantaba y actuaba en los espectáculos, quién se reuniría allí, quién no…De todo esto, sin embargo, ha habido un aspecto que me ha llamado especialmente la atención, y creo que poca gente, tal vez por vergüenza, propia o ajena, o más bien por interés (en este caso, totalmente propio) ha comentado mucho: la visita y el discurso de Prevost al Congreso de los Diputados.En primer lugar, es problemático que políticos de todos los colores, y especialmente los progresistas, que deberían defender la aconfesionalidad (si no la laicidad) del Estado, hayan intentado hacer pasar la visita de un líder religioso por la de un jefe de Estado. Que el máximo representante de una religión en la tierra visite un país no es ninguna nimiedad, y a buen seguro que tiene su interés, sobre todo para los creyentes de esta confesión. Pero ceder a este señor espacios, foco y micrófono que deberían pertenecer exclusivamente al pueblo y a sus representantes, como es el Congreso, nos debería hacer plantear si todo ello se ha hecho muy bien.¿A alguien se le ocurriría invitar a Donald Trump a defender la legalización de las armas bajo la atenta mirada de la presidenta Armengol? ¿Quién encontraría normal que líderes como Putin y Netanyahu fueran a arengar a los españoles a participar de sus guerras bajo los agujeros de bala de Tejero? ¿Aplaudirían los diputados de prácticamente todos los partidos políticos, después de oír una encarnizada apología de la pena de muerte contra realidades como la homosexualidad, la transexualidad o el “adulterio”?Esto, más o menos, es lo que han permitido el Gobierno de Pedro Sánchez y la cámara alta del Estado: dar voz en un lugar que debería ser sobre todo para los representantes de la ciudadanía a una persona que ha ido a defender tesis que atentan no solo contra leyes vigentes en nuestro Estado, como la del matrimonio igualitario, la de la interrupción voluntaria del embarazo o la de la eutanasia, sino algunos principios básicos también recogidos en la Constitución (¡ay, ay!).Me pregunto si esto habría pasado hace quince años, en pleno gobierno de Zapatero. Me pregunto si José María Aznar, o Felipe González, se habrían atrevido. Seguramente nunca lo sabremos y nos tendremos que quedar con esta imagen: un líder religioso aleccionando a los representantes del pueblo sobre temas que ya hemos resuelto, que tenemos claros, de los cuales no deberíamos haber pedido opinión a un señor que ni se casará ni se quedará nunca embarazado, por mencionar solo los temas que nos ocupan. Podemos estar tranquilos, pero: al acabar, todos los políticos supieron encontrar la manera de remarcar que el discurso les había favorecido a ellos. Se han vuelto más papistas que el Papa.

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