Solo Palma

Palmapocas cosas me molestan más, como palmesano, que oír decir Palma de Mallorca. O, peor aún, que cuando tú dices Palma te pregunten: ¿“De Mallorca?”. Y no te queda más remedio que responder que sí. No sea que lo confundan con Palma del Río, La Palma del Condado, La Palma o Las Palmas. Canarias son nuestra cruz cuando sales a la Península y te obligan a poner los ojos en blanco.

Recuerdo haber formalizado la matrícula en la Facultad y que la administrativa me dijera: “¡Uy, qué maravilla vivir con una temperatura agradable todo el año. Seguro que pasáis el día dentro del agua”. Señora, no soy canario.

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Los hay que –y esto es verídico– se han sorprendido de no ver “el recuadro del mar” desde el avión cuando viajaban a Canarias, como si los mapas reprodujeran una especie de frontera natural. Con estos equívocos ridículos convivimos. Y también con el hecho de tener que arrastrar en Palma un añadido artificial y administrativo que no cuesta mucho esfuerzo corregir.

El Ministerio de Transportes ha aceptado que Son Sant Joan deje de ser el aeropuerto de Palma de Mallorca y pase a llamarse aeropuerto de Palma-Mallorca. Algo hemos avanzado. Hubiera sido peor que lo hubieran bautizado con el nombre de Rafa Nadal.

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Ahora solo falta esperar que la derecha actúe con sensatez y no haga como el PP en 2012, cuando recuperó el ‘de Mallorca’ por una decisión mucho más política –y sumisa– que práctica.

El empeño en mantener este apellido delata un complejo colonial y una obsesión con la marca turística. Parece que Palma no pueda existir por derecho propio si no lleva una etiqueta que rebaja una ciudad fundada en el año 123 a.C. a la categoría de un folleto de operador turístico, como si temieran que el visitante alemán o el burócrata de Madrid se perdieran si no les explicamos el folklore. Palma no necesita un GPS en el nombre. La historia debería bastar para situarla.

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Exigir que la llamen simplemente ‘Palma’ no es ningún capricho nacionalista ni ningún delirio filológico. Es una cuestión de higiene democrática y de respeto propio. Quitarle el ‘de Mallorca’ es sacudirse la vieja mentalidad que entiende la capitalidad como una concesión y no como una realidad histórica. Hay que defender la dignidad de un mapa. La de las periferias. Aunque, puestos a hablar de confusiones, peor lo tienen en Canarias, con esos viajeros que aún buscan por la ventanilla del avión el recuadro que, en los mapas, las acerca a África.