“El haz de junco tiene aquella fuerza que, si todo el haz atáis con una cuerda bien fuerte y todo lo queréis arrancar, os digo que diez hombres, por mucho que tiren, no lo arrancarán ni aun con muchos más; y si quitáis la cuerda, de junco en junco, lo romperá un mozo de ocho años, que ningún junco allí quedará.” Con esta metáfora, Ramon Muntaner nos hablaba, en el siglo XIV, de los lazos existentes entre catalanes, valencianos y baleares, y la necesidad de ir todos a una. Siete siglos después he tenido la oportunidad de participar en otra Mata de Jonc. En Vila-real –Plana Baixa– se han organizado unas jornadas, impulsadas por la Federació Llull (OCB, Òmnium y ACPV) que buscaban crear espacios de encuentro entre gente de los diferentes territorios de habla catalana. Durante un fin de semana, personas de procedencias diversas compartimos debates, talleres y conversaciones para soñar futuros posibles, que a menudo continuaban en los pasillos o en la mesa. No siempre estábamos de acuerdo –y mejor así–, pero sí que había una cosa clara: la necesidad de escucharnos más entre territorios. Este tipo de encuentros sirven precisamente para eso: intercambiar puntos de vista sin apriorismos y sin discursos prefabricados. Sin grandes escenografías ni proclamas solemnes. Solo gente hablando, discutiendo y, de vez en cuando, cambiando de opinión. Porque, ¿qué sabemos realmente nosotros de los problemas de los valencianos y principatins?En estos debates apareció inevitablemente una pregunta que hace décadas que sobrevuela el debate político y cultural: ¿qué son, realmente, los Países Catalanes? Una idea, la de esta nación clandestina, que algunos han convertido en una especie de tótem intocable, mientras otros la caricaturizan como si fuera una conspiración medieval.Y es aquí donde me parece especialmente interesante recordar las reflexiones del historiador Antoni Rico. Nacido en Alicante y residente en Girona, ha dedicado buena parte de su trabajo a estudiar el pensamiento de Joan Fuster y la construcción de las identidades nacionales. En su libro No todos los males vienen de Almansa (el Jonc, 2013) hace una reflexión incómoda: los Països Catalans no existen porque sí. No son una ley de la naturaleza ni un destino inevitable, y no se pueden ligar, solo, a partir de una lengua o una historia pasada. Son, en todo caso, un proyecto político que solo tiene sentido si es útil para la gente. Dicho de otra manera: los Països Catalans no se declaran, se construyen (o no se construyen). Y ya está. Rico habla de una nación de futuro. Es decir, un proyecto que sirva para mejorar la vida de las personas. Que ayude a cooperar en cultura sí, pero también en economía, universidades o comunicación. Si no es útil, no funcionará. Y si funciona, no será porque alguien lo haya proclamado solemnemente, sino porque la gente lo encontrará práctico.Estos debates también me evocan episodios del fallido Proceso catalán. En el año 2014 se presentó el manifiesto Compromís pels Països Catalans, también impulsado por un colectivo que se llamaba Mata de Jonc. El texto recibió el apoyo de cientos de intelectuales y tuvo el apoyo de fuerzas como Esquerra y la CUP. La idea era simple: si Catalunya llegaba a ser un estado independiente, no podía ignorar el resto de territorios de habla catalana. No era ninguna propuesta radical, sino una apuesta pragmática de futuro. Por ejemplo, se proponía que la hipotética constitución catalana permitiese que otros territorios se pudieran añadir o federar democráticamente. También se defendía que sus habitantes pudieran ser reconocidos como catalanes y tener derechos concretos: acceso a universidades, servicios o mecanismos de ciudadanía. Además, se planteaba crear un departamento para las relaciones con los Países Catalanes, fomentar acuerdos culturales y económicos, y proteger la lengua en todo el territorio. Estas ideas, hoy, pueden parecer lejanas o incluso extrañas. De hecho, muchas de aquellas propuestas continúan siendo válidas. Porque no hace tanto, muchos pensábamos que la libertad estaba cerca. Y no hay ningún motivo para ocultarlo o avergonzarse. ¿Por qué explico todo esto? Porque, como ya he dicho, los Países Catalanes no avanzarán solo con consignas o nostalgia. Tampoco desaparecerán porque alguien los ridiculice. Todo dependerá de algo mucho más concreto: que la cooperación sea útil y tenga resultados.El encuentro Mata de Jonc ha servido justamente para esto. Ha sido un espacio vivo, participativo y con voluntad de continuidad. Quiere consolidar una red comprometida con la lengua, la cultura y un futuro compartido. Si intelectuales, universidades, empresas, creadores e instituciones encuentran sentido en ello, el proyecto crecerá. Quizás poco a poco, sin grandes proclamas, pero con base real. Es menos épico, pero más realista. Y sobre todo, más útil. Por ello, enhorabuena a la Federació Llull por la iniciativa. Y que la Mata de Jonc tenga recorrido durante muchos años.