No ver el eclipse es de pobres

La primera persona a la que oí hablar del eclipse fue mi amiga Laura, que tanto te avisa de que estás entrando en Urano retrógrado como te avanza, en enero de 2025, el lugar exacto donde irá a ver el eclipse. Conociéndola, seguramente hace meses que ya ha elegido hasta el libro que se llevará para matar las horas muertas en la Sierra y que ha analizado cuál es el modelo de esterilla más cómodo –y a la vez más económico– para tumbarse a esperar.

Daba por hecho que los ricos reservarían los mejores hoteles, los mejores restaurantes y que tendrían un lugar privilegiado desde donde mirar el cielo, pero está indignada con el dispositivo preventivo de la Administración. “No pensaba que me lo prohibirían todo”. Pero los políticos saben que la sombra de Mazón es alargada y más vale pasarse que quedarse corto. Así, las opciones para contemplar el eclipse se reducen. Y no es ningún secreto que nunca nos apetece más una cosa que cuando nos dicen que no la podemos hacer.

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El eclipse total es excepcional, pero no basta asomarse al balcón para contemplarlo. Una Mallorca atestada de turistas se dividirá entre los que lo ignorarán, los que lo verán desde donde no toca y acabarán decepcionados y los que, como Laura, se lo tomarán como si fueran concursantes de El juego del calamar. Tenemos que ver cómo se reparten los porcentajes.

La última vez que Mallorca vivió un fenómeno astronómico igual fue hace 121 años. La isla tenía entonces apenas 250.000 habitantes. Era eminentemente agrícola. Llegaron científicos de media Europa cargados de telescopios, cámaras e instrumentos de observación. Las autoridades se lo pusieron fácil: los eximieron de aranceles, pidieron a las fábricas que dejaran de echar humo para que no enturbiara el cielo y los invitaron a cenar después del espectáculo. La Mallorca de hoy tiene un millón de habitantes, más otro medio millón de turistas que se añadirán estos días, pero la discusión ya no es dónde colocar el telescopio, sino dónde dejar el coche. O cómo llegar a tiempo si todo está cortado en horario laboral. Los científicos de 1905 son los turistas de 2026.

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Laura ha pedido el día libre y saldrá de casa al amanecer, temerosa de cuántos como ella habrán tenido la misma idea. Yo me conformaré con que después me cuente la gesta, vivirla a través de su experiencia. Ella insiste: “No ver el eclipse es de pobres”. Desde el principio todo esto iba de una cuestión de clase.