27/07/2026 - 07:45 h.
Periodista
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“La tristeza duerme en tierra”, estos días. Como una perra ciega y vieja, exhausta de años y de calor, “la tristeza se descolgaba como el cielo por las estrellas”. No conocía a Joan Roca, yo. Vaya, que no había hablado nunca con él, ni era tan solo un saludado para mí, ni yo para él. Sin embargo, formó parte siempre de nuestras vidas. Ha puesto ritmo y compás, con su bajo discreto y amable, con aquella pelirrojez suya casi escandinava y la estampa vikinga. Sin él, Antònia Font no habrían sido lo que han sido. Y sin él, nosotros no seríamos quienes somos, tampoco.

Debon I, Oliver, Manresa, Debon II y Roca son como una alineación de fútbol que todos sabremos de memoria hasta el último de nuestros días. Habrá el duelo familiar y el de las amistades. Intensísimo, porque el pesar por la partida de una persona tan joven es siempre imponderable. Pero al lado está también el pésame, el ‘con-dolor’, de dimensión pública, el ‘con-dolor’ musical y cultural. Y sobre todo el generacional. Un escalofrío ha recorrido estos días las espinadas de los cincuentones de Mallorca, de los cuarentones, si queréis también. Es como si Joan Roca, con el bajo colgado al cuello, nos hubiera puesto delante del espejo de nuestra propia finitud, de la insostenible ligereza del ser que llevamos todos dentro.

Las letras de Antònia Font son la banda sonora de nuestras vidas, de toda una generación de mallorquines en particular y de catalanes en general que hemos construido nuestro imaginario colectivo a partir de lo que ellos cantaban, en una simbiosis mágica, porque las palabras de Joan Miquel Oliver no hacían nada más que reflejar lo que todos vivíamos, y pocas veces una expresión artística de la magnitud sideral y estelar de Antònia Font ha conseguido confluir de una manera tan natural con el pueblo de donde ha brotado. Antònia Font ha hecho lo que sabe hacer y lo que le gusta hacer, sin concesiones, con los pies en la tierra y los ojos en el cielo. Por eso, inevitablemente, sus letras están también impregnadas del impacto que ha tenido el turismo en Mallorca, y más para todos los de nuestra generación, hijos de unos padres que parecían venir directamente del siglo XIX y que aún nos han podido explicar historias de una isla que nosotros solo habíamos podido sospechar, y que los jóvenes de hoy ni tan solo podrían creer.

“Las montañas, los hoteles, una campana. Ya sé a qué huele el almendro”. Porque nos ha costado, a los cuarentones y cincuentones de Mallorca, comprender que donde ahora hay un hotel había antes el almendro florecido por enero, que fuimos una tierra semejante a un paraíso de belleza salvaje, de tierra pobre y de miseria mediterránea. Nosotros, que habíamos tenido padrinos que no se habían bañado nunca en el mar, nos volvíamos hacia el agua y hacia las olas, sin ser conscientes de que éramos un turista más, local, pero turista. Por eso cantábamos “que se enciendan los aspersores, que nos rieguen todos los codonyes, que no sé si se han de regar, porque yo soy más de mar”, y lo hacíamos acostados sobre la arena mientras “dentro las encinas y dentro los pinares, las extranjeras comen helado”. Nosotros lo miramos con candor, todo aquello porque “un turista es humanista, y no un pirata”. Ya veíamos, sin embargo, gato encerrado.

Poca gente, seguramente nadie debía pensar que aquella “virgen primavera” nos inundaría “todos los metros cúbicos que habíamos pagado con la hipoteca”. Y ahora, inundados por una primavera desflorada, los jóvenes de hoy ni pueden soñar que iniciarán un proyecto de casa y de hogar en la tierra que un tiempo fue suya y que ahora está en venta en más de mil tiendas de casas. Inmobiliarias, las llaman, como si la tierra no se moviera después de ser vendida a unas manos ricas y poderosas que ni nos aman ni nos querrán amar.

Lo dicen los Ánimos Parrec, que “el turismo nos salvó”. Y hay tanta ironía como verdad, en esta frase. Nos salvó quizás de tener que ser siempre nosotros mismos, de malvivir y de sufrir. De no tener que partir hacia La Habana o hacia Buenos Aires. De no tener que volver, hechos unos Quaquins desgarbados. ¿Cómo debía ser, vivir la Mallorca de los sesenta? ¿Cómo debía ser de bello un hotel blanco solitario dentro de un sistema de dunas infinito? ¿Cómo debía ser la Mallorca de siempre mezclada con aquella nueva Mallorca jamás vista? Nos enriquecimos. Y no lo supimos. Y ahora, en Mallorca, lo que es difícil, es vivir allí, trabajar allí, encontrar allí casa y poderla pagar, mientras en la cala de al lado se alquilan chalets a 1.000 euros el fin de semana.

Somos una sociedad enferma, si no somos capaces de rebelarnos contra esta industria que ha devenido un monstruo que nos come vivos, que nos hace desaparecer a golpe de aviones, de coches de alquiler, de turistas y souvenirs. Somos una sociedad enferma si no nos rebelamos contra la detención vergonzosa de dos chicas encadenadas por haber pintado en una fachada la verdad que todos tenemos dentro de la cabeza. Mallorca será un erial de cemento y carreteras que no van a ninguna parte, si no ponemos más medida que las palabras que oímos aquí, allá y por doquier. No permitamos que se haga verdad la distopía de una isla desierta llena de hoteles vacíos y chalets abandonados cada dos hectáreas. Volvamos a mirar la tierra, volvamos a aprender cuándo se riegan los membrillos.

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