El escultor Joan Cortés.
19/06/2026
Dirección del semanario
2 min

Me gusta Joan Cortés porque es un artista que no necesita hablar alto para hacerse escuchar. En un tiempo en que a menudo parece que el arte compite por captar la atención a cualquier precio, él continúa trabajando desde la discreción, desde una honestidad que no es una estrategia ni una pose, es una manera de ser. Quien lo conoce sabe que el hombre y el artista comparten atributos como la serenidad, la coherencia, la limpieza y la fidelidad a aquello que cree.

Su exposición La tentación de las formas, en la galería y taller 6A de Palma, es una buena demostración de esta manera de entender el hecho creativo. No hay artificios. No hay efectismos. Hay, en cambio, más de cuarenta años de trabajo condensada en unas obras que nos llegan con una naturalidad desarmante. Pero la aparente sencillez es engañosa. Detrás de cada volumen hay una reflexión sobre el espacio, la luz, la forma y la materia.

Joan Cortés es, antes que nada y sobre todo, escultor. El volumen es su lenguaje, la manera que ha encontrado para relacionarse con el mundo. Sus piezas nacen de la acumulación paciente de formas geométricas que acaban generando cuerpos orgánicos, estructuras que parecen haber crecido de manera espontánea, como si fueran organismos vivos. Hay algo primitivo y a la vez contemporáneo en esta manera suya de construir.

Lo que más me interesa del momento creativo que vive es que parece haberse liberado de cualquier necesidad de demostrar nada. Tampoco la ha tenido nunca. Sus blancos característicos continúan presentes, al igual que la capacidad de convertir materiales aparentemente humildes en objetos de gran nobleza. En la obra actual, sin embargo, aparecen también dorados y esmaltes preciosos. Y, sin embargo, no ocupan el centro del relato. Son complementos. El protagonista de la obra de Cortés sigue siendo el volumen, la forma, la idea.

También me gusta la manera cómo reivindica el proceso sin convertirlo en espectáculo. Vivimos rodeados de creadores que sienten la necesidad de mostrar constantemente la cocina de su trabajo. Cortés hace justo lo contrario. Su obra nos llega limpia, fresca y directa, como si entre la intuición inicial y el resultado final no hubiera habido ningún esfuerzo. Es muy difícil conseguir que un trabajo complejísimo parezca inevitable.

La exposición de Joan Cortés reserva un espacio destacado a los grabados, que dialogan con las esculturas de manera natural. Aunque su territorio es la escultura, las obras gráficas comparten la misma lógica constructiva. Círculos, acumulaciones, relieves, profundidades y volúmenes aparecen sobre el papel con tanta fuerza como sencillez. Quizás por eso me gusta tanto Joan Cortés. Porque continúa dejándose tentar por las formas después de toda una vida dedicada a perseguirlas. Porque conserva la curiosidad. Porque no se ha rendido a las modas ni a las prisas. Y porque aún es capaz de sorprendernos desde la sencillez, que es, probablemente, una de las formas más difíciles de conseguir.

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