26/08/2026 - 07:46 h.
Poeta, traductora y música
4 min

Son las seis recién dadas y desde la galería de casa veo cómo se levantan, de las terrazas solárium, varios vecinos: han dormido a la intemperie y ahora arrastran jergones y cojines hacia dentro de los pisos, antes de irse a trabajar. En mi lavadero, un pequeño oasis sombrío, ya hace calor por el rebufar de los aires de otros vecinos que todavía duermen con el aire acondicionado. No chillan ni gaviotas ni vencejos, ni zumba nada más que las afamadas moscas-madre. Siento tan solo a los albañiles que –finalmente medio defendidos por un cambio de horario– se preparan para continuar picando baldosas en el bloque que se alza a la izquierda, donde el residente del primero ha sido el único que ha resistido la presión inmobiliaria: los vacían, los desentrañan, y con apenas mantendrán la fachada con persianas verdes. Quizás no se ha quedado como acto de resistencia, sino que no se puede permitir marchar: a las aves y otros mamíferos, el cuerpo les encomienda partir a latitudes más elevadas para sobrevivir y recuperar el placer de estar enganchados plumas con plumas, pelo con pelo.Como siempre, yo reflexiono en este artículo y en cómo puedo explicar el sufrimiento que, por el desdén de los gobiernos y empresas y el inmovilismo que respiran calle y medios de comunicación, me da la impresión de que nadie más está dispuesto a intentar aliviar. El sufrimiento que supone saberse el deseo manipulado. Por la mañana, fácilmente se simplifica todo: menos ruido, menos materialismo y menos virtualidad, menos turistear arriba y abajo; y, a cambio, susurros, leerlo y explicarlo, tocamientos, roce y el re-conocimiento que ha de reconectarnos con los cuerpos y espacios habitados. Pero la memoria ocupa neuronas, la imaginación crea energía, y el calor nos está encogiendo el cerebro que debería contenerlas, como pasa a los calamares abrasados.Mientras escribo con el cuerpo a cuarenta grados, voy rindiéndome a unos fogonazos y desajustes neuronales inexplicables, prematuros, que solo encuentran consuelo en los versos de Dolors Miquel: “Ahora soy aquí. / Soy un bosque de horas obscenas. / Soy un bosque de lianas impúdicas, / soy el desgarro masoquista de zarzas. / Atravieso los espacios oscuros del cerebro”. De un cerebro y un cuerpo que se revuelven, y tal vez estallarán siendo todavía unos grandes desconocidos, unos de los grandes misterios de la humanidad: ahora se demuestra que los analgésicos de estar por casa, el ibuprofeno y el paracetamol, no funcionan en el cerebro de una mujer como se espera (como se ha ido presuponiendo y promocionando) contra el dolor en el cuerpo de una mujer; que fueron diseñados para comunicarse con la cabeza y aliviar el cuerpo de los hombres; que nuestro mal y nuestro gozo van por otros caminos; que de nuestro cuerpo y nuestro fuego, los médicos no han investigado ni media célula, no entienden ni medio atisbo.El deseo se rebela y, en el Reino Unido, unos señores se llevan las manos a la cabeza al comprender que el famoso esqueleto de la edad de bronce (encontrado con una túnica ceremonial y herramientas para trabajar el oro) no era del chamán, sino de la chamana de Upton Lovell. “La pasión te hará fósil”, escribe Núria Martínez-Vernis. Me imagino un destino de piedra, al fin refrescada por la caricia del mar o la sacudida del torrente. Las editoras de Foc al cos, la antología de poesía erótica femenina catalana publicada este verano en Proa, se añaden a la lista siempre recortada y borrada de mujeres que estudian y trabajan, constantemente, para recuperar, señalar, redefinir cuestiones tan esenciales como las particularidades del deseo femenino y de la curación de nuestros cuerpos.Hay muchos humanos, masculinos y femeninos y queer, que se relacionan desde otros entendimientos del mundo y del cuerpo, con el mundo y con el cuerpo y con el fuego –y los ha habido siempre. Que saben las hierbas y fricciones curativas; que recuerdan cómo se enciende la hoguera y cómo se ha de hacer para que no se descontrole; que todo el año pasean la piel y pastorean el deseo por el bosque. Quiero pensar que, anoche, los vecinos, en la azotea, han podido volver a dormir aferrados, en el abrazo estrecho que templa; que, antes de cerrar los ojos y empezar sueños de estrella, se han entrelazado y refregado, y han dejado sudar las pieles con la pegajosidad de los vínculos; que han disfrutado del ahogo y el ardor con regusto a sal que ofrece el verano. Humanos adaptables que, imitando a los insectos, con el aumento de las temperaturas no paran de follar, y duplican o cuadruplican las puestas; humanos menos vulnerables a este futuro fatal que nos obliga a la letargia paralizante, consumista y controlada por el capital de los aparatos refrigeradores del aire privado.¡Ay! El calor percibido de debajo de la tierra y de los muros ya no lo generan ni lava de volcanes, ni el movimiento dentro de las colmenas. El ruido presentido bajo el suelo ya no es ruido de artrópodos, agua o gusanos. Estamos en la era del fuego y no distinguimos cuál es el natural (el sanador) y cuál hemos provocado nosotros y ha de arrasarnos. Muevo el abanico con intención, porque, como la poeta mediterránea Safo, “deseo y ardo”.

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