Fuego en el cuerpo –y en esta era

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27/08/2026 - 15:28 h
Poeta, traductora y música

Son las seis recién dadas y desde la galería de casa veo cómo se levantan, en las terrazas solárium, unos vecinos: han dormido a la intemperie y arrastran colchones y almohadas hacia dentro de los pisos, antes de irse a trabajar. En mi lavadero, diseñado como un oasis sombrío, ahora ya hace calor por el rebufido de los aires de otros vecindarios que todavía duermen con el aire acondicionado. No chillan gaviotas ni arrullan palomas, ni zumba nada más que las hambrientas madres moscas. Solo oigo a los albañiles que –al fin amparados en un cambio de horario– se mentalizan a continuar picando las baldosas del bloque que tiembles a la izquierda, donde el habitante del primer piso ha sido el único resistente a la presión inmobiliaria. Los han vaciado, destripado, y apenas mantendrán la fachada de persianas verdes.

Como siempre, reflexiono en este artículo, en si el del primero ha quedado como acto de resistencia, o porque no puede permitirse irse; en si los consorciados del vivac deben haber hecho un amor ancestral; y en cómo se explica y cura el sufrimiento que provoca el deseo manipulado. En la cabeza, se simplifica todo: menos ruido, materialismo, virtualidad y 'turistear' arriba y abajo; a cambio, susurros, tocamientos, roce y el reconocimiento de que ha de reconectarnos con los cuerpos y espacios habitados. Pero la imaginación crea energía, la memoria ocupa neuronas y el calor nos está encogiendo el cerebro que debería contenerlas, como pasa a los calamares abrasados. Y voy rindiéndome a unos calores y desajustes neuronales inexplicables, prematuros, que encuentran consuelo en unos versos de Dolors Miquel: “Ahora estoy aquí. / Soy un bosque de horas obscenas. / Soy un bosque de lianas impúdicas, / soy el desgarro masoquista de zarzas. / Atravieso los espacios oscuros del cerebro”. De un cerebro y una foresta que se revuelven, y tal vez se incendiarán siendo todavía unos grandes desconocidos, unos de los grandes misterios de la humanidad.

De nuestros males y nuestro gozo, la medicina moderna no tiene ni idea, porque los médicos (que eran hombres y basta), de las particularidades de nuestro cuerpo y nuestro fuego no han investigado más que las cuestiones de apariencia, las que rendían económicamente. Un deseo natural, pero medio incomprendido, se me rebela mientras, en el Reino Unido, unos señores se exasperan al comprender que el famoso esqueleto de la Edad de Bronce (encontrado con una túnica ceremonial y herramientas para trabajar el oro) no era del chamán sino de la chamana de Upton Lovell. “La pasión te hará fósil”, escribe Núria Martínez-Vernis. Me imagino destinos comunes de piedra, al fin refrescadas por la caricia del mar o la sacudida del torrente. A la lista siempre recortada y borrada de mujeres que estudian y trabajan, constantemente, para recuperar, señalar, redefinir cuestiones tan esenciales como las particularidades del deseo femenino y de la curación de nuestros cuerpos, se añaden las editoras de Foc al cos (Proa, 2026), la antología de poesía erótica femenina catalana desde la Edad Media hasta hoy, que incluye los versos que cito; y las menorquinas de la revista Lucas, que en su quinto número han reunido fotografía y palabra para acabar de calentarnos.

Me detengo a observar las copinyes retratadas por Aina Pla y me conforta la certeza de que de humanos que se relacionan desde otros entendimientos del mundo y del cuerpo, con el mundo y con el cuerpo y con el fuego ha habido siempre. De quienes todo el año pasean la piel y pastorean el deseo por el bosque; de los que saben de hierbas y fricciones curativas, o de los que despiertan la hoguera sin que se les descontrole –porque desbrozan y templen como un quehacer de cada día. Quiero pensar que, después de un incendio, hay por doquier materia orgánica que reaviva el verde y el verbo; que, anoche, los vecinos durmieron aferrados, en la azotea, en el abrazo estrecho que templa y que, antes de cerrar los ojos y empezar sueños de estrella, se entrelazaron, se frotaron y sudaron con la pegajosidad de los vínculos; que los hay que aún disfrutan del ahogo con regusto a sal, en lugar de fornicar como cadáveres dentro de un congelador artificial.

El calor de la tierra, el mar y los edificios deben generarlo terremotos, lava de volcán, el deseo canicular y el movimiento dentro de las colmenas. El ruido bajo el suelo debe ser estruendo de artrópodos, agua o gusanos. Estamos en la era del fuego y no distinguimos cuál es el natural (el sanador) y cuál hemos provocado y debe arrasarnos. Podría imitar las aves y otros mamíferos, a los cuales el cuerpo encomienda partir al norte para recuperar el placer de enganchar plumas con plumas, pelo con pelo. Pero elijo imitar a los insectos que con el aumento letal de la temperatura no paran de follar, y no a los que entran en las casas asustados. Elijo ser un humano menos vulnerable al futuro fatal de la letargia paralizante, consumista y controlada por el capital de los aparatos refrigeradores de aire privatizado. Elijo mover el abanico con brío y dejo que se prenda fuego a mi cuerpo –y en esta era.

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