Xisca Mir

Las fiestas también serán siempre nuestras

PalmaEs público y notorio: el equipo del alcalde Martínez gobierna en contra de los ciudadanos y ciudadanas. Considera Palma una ciudad-escenario, una máquina de producir dinero, un escaparate sin personalidad diseñado para atraer inversores (léase ‘especuladores-depredadores’) donde los nativos sobran. El éxito se mide en número de visitantes, en la cantidad de expats que nos hacen el honor de comprar o alquilar nuestra casa a precio de canario joven, en proyectos faraónicos que pongan el nombre de Palma en el mapa (como si no estuviera ya), en las multinacionales que abren franquicias o en obras gentrificadoras ‘para mejorar la vida de los vecinos’ y que solo provocan la sustitución demográfica. Palma como gran parque temático gris y sin personalidad, un producto de consumo apto para quien se lo pueda pagar.El gobierno actual de Cort ha dado un paso más y ha declarado la guerra a la participación ciudadana. No les basta que seamos expulsados de las casas, de los comercios, de los bares o incluso del espacio público, ahora también atacan aquello que más les asusta: una ciudad viva y querida. Una ciudad viva no la definen la cantidad de terrazas que ocupan una plaza ni el volumen de negocio que genera. La definen sus habitantes organizados, las iniciativas populares, la solidaridad de barrio y la capacidad para tejer red colectiva. Y esto no lo quieren de ninguna manera, porque una ciudadanía articulada, crítica y que se relacione es una ciudadanía que ama y defiende su ciudad y a quien la habita, que se organiza para defender el derecho a la vivienda, que denuncia la turistificación descontrolada, que exige espacios públicos dignos y que cuestiona las prioridades municipales. Una población atomizada, donde cada individuo se relaciona con la ciudad solo como consumidor, es mucho más fácil de gestionar y de ignorar. La situación de asfixia que padecen actualmente la mayoría de entidades o movimientos populares en nuestra ciudad, escudada en excusas burocráticas cada vez más absurdas e insultantes, no es el resultado de una simple ineficiencia, sino que forma parte de una estrategia para cansar, desanimar y desactivar el tejido asociativo de Palma y que se manifiesta en tres frentes claramente identificables. En primer lugar, encontramos los obstáculos administrativos. Organizar una fiesta popular, un acto en la vía pública o una cena de barrio se ha convertido en una odisea de trámites imposibles, exigencias técnicas inasumibles y solicitudes que quedan atrapadas en el silencio administrativo. Mientras tanto, las concesiones para grandes eventos privados (o privatizados) se resuelven con una agilidad sorprendente. ¡Qué suerte que no les vayan enviando de un departamento a otro o que nunca falle la coordinación entre áreas para resolver sus solicitudes!En segundo lugar, asistimos a una rigurosa aplicación de normativas restrictivas que opera con una doble moral. La misma administración que se muestra inflexible con los horarios de una fiesta autogestionada o con unos carteles colgados por una asociación de vecinos es la que mira hacia otro lado ante la saturación del espacio público por parte del sector privado. La calle, que debería ser el lugar de encuentro de la comunidad, se privatiza y se alquila al mejor postor, mientras que la vida vecinal se trata como una molestia.El tercer frente consiste en la apropiación de las fiestas populares. El Ayuntamiento boicotea y pone trabas sistemáticamente hasta que consigue que las personas promotoras quieran desistir. Entonces se posiciona como salvador y pasa a financiarlas y gestionarlas, transformando una iniciativa popular en otro evento de escaparate, enfocado al negocio privado y desvinculado del tejido asociativo. Cuando la fiesta deja de ser del vecindario para pasar a ser de una empresa de gestión de eventos, la ciudad pierde una parte esencial de su alma. Y todavía tenemos que dar las gracias al Ayuntamiento por robárnosla.Es la hora de reivindicar el derecho a la ciudad, a las fiestas populares y a la ocupación del espacio público. La red vecinal y la solidaridad colectiva son el único escudo que nos queda para evitar que Palma acabe siendo, definitivamente, un parque temático vacío, gris y triste.