La Feixina y la lectura política
Cuando la asociación Arca pide que se deje de manipular políticamente el monumento de la Feixina, como ha hecho hace pocos días, cuesta saber si habla desde la ingenuidad o desde una forma muy concreta –y muy típica– de intervención política. Porque de la Feixina, solo hay una lectura posible y es la política. El monumento fue concebido políticamente, levantado políticamente e inaugurado políticamente. Por una dictadura.
La Feixina no es un edificio cualquiera del pasado. No es una arquitectura que, a pesar de haber nacido en un contexto fascista, pueda sobrevivir resignificada gracias a nuevos usos o nuevas lecturas. No es una iglesia ni una cuartel reconvertida en centro cultural ni una fábrica reciclada en espacio ciudadano. La Feixina es un monolito fascista. Y los monolitos, desde siempre, han sido símbolos de poder. Poder político.
En este caso, no hay margen para la interpretación. El monumento responde exactamente a la tipología impuesta por el franquismo como exaltación del régimen. Fue proyectado con estos parámetros e inaugurado por Franco con toda la liturgia propagandística propia de la época. Pretender que esto se puede despolitizar es absurdo.
ARCA insiste en un supuesto valor patrimonial que, curiosamente, la inmensa mayoría de expertos en patrimonio no comparten. También se aferra al nombre del arquitecto, como si eso bastase para elevar el monumento a una categoría artística incontestable. Pero el arquitecto casi no podía decidir nada: el franquismo imponía la forma, la simbología y el sentido de sus monumentos. La creatividad quedaba sometida a la función propagandística.
De hecho, la prueba más clara de que la Feixina continúa siendo un símbolo político es el uso que hace Vox. El partido de ultraderecha ha encontrado en él su escenario natural, el que utiliza para sus celebraciones. No es casualidad. Los símbolos políticos tienen esa capacidad de convocar a quienes todavía se reconocen en ellos. Y la Feixina, por mucho que algunos se empeñen en presentarla como una simple pieza patrimonial, representa aquello que quería representar cuando se erigió.
El gran error, probablemente, lo cometió un gobierno de izquierdas que creyó que podía despolitizar un símbolo político e integrarlo dentro de una lectura amable del patrimonio urbano. Pero hay símbolos que no se pueden desactivar porque no tienen ninguna otra función que la simbólica. Y aquí es donde resulta especialmente revelador oír a según quién reclamar que no se “politice” la cuestión. También pasa con la lengua catalana, con la memoria histórica o con tantos otros debates que afectan identidades y derechos colectivos. A menudo, quien exige despolitizar un tema es quien ya ha impuesto su mirada política y quiere presentarla como si fuera neutral.
La Feixina es política. Lo ha sido siempre. El debate real no es si hay una manipulación política o no, sino qué relación democrática queremos mantener con los símbolos de una dictadura. Y esta, inevitablemente, también es una decisión política.