Laura Izquierdo
Act. hace 25 min
Colectivo Mujeres bailan
4 min

¿Podré llegar a ser un hombre algún día, como lo fue Úrsula K. Le Guin en sus performances de los noventa, cuando, con su genuino sentido del humor, decía: “Nací antes de que inventaran a las mujeres, y he vivido las últimas décadas intentando ser un buen hombre y me he olvidado de seguir joven, así que envejecí. [...] No dejo de pensar que un hombre de verdad habría podido hacer algo. [...] Pero fracasé. No hice nada. Fracasé rotundamente en el intento de conservarme joven”?.Como Úrsula, yo también he envejecido; este año me traslado a la década de los cincuenta y quiero entregarme a una especie de urea mediocritas horaciana y a una ascesis que me aleje del mundanal ruido. Me encuentro, pues, en un vacío helado, sin saber qué dirección tomar, ajustando el tono de esta transición y haciendo esfuerzos para dar el paso hacia mi madura gallardía de la manera más digna posible.Después de mucho meditar y leer Úrsula, he llegado a una conclusión: es absurdo continuar intentando ser un buen hombre. Durante mucho tiempo he querido serlo para poder ejercer mis derechos heredados de salpicar la taza del baño con agua amarilla sin quebrarme por ello, dominar el espacio público y sentirme empoderada. La intensidad de mi juventud llega a su fin. Yo también he fracasado por todas partes: ni soy un hombre ni he podido conservarme joven; sin embargo, su mirada todavía me corroe por dentro. Reconozcámoslo: me pasa a mí y nos pasa a todas.A mis casi cincuenta todavía pongo mi energía sexual al servicio de cualquiera que se fije en un aspecto que yo misma no soy capaz de ver ni de valorar. Soy excesivamente complaciente, sumisamente agradable, percibo el deseo de los demás como prioritario y me autoexploto para sentirme productiva y útil como capital sexual en el mercado. Es imposible deshacerse de ello. A pesar de que ya no soy un hombre –aunque sea imposible no serlo– y de que ya no soy joven, me siguen atravesando las mismas preocupaciones del orden simbólico heterosexual: la fantasía de ser la elegida entre el resto de competidoras, el valor de mis capacidades puesto sobre todo en el veredicto de ellos. No soy, pues, ni hombre ni joven; pero es que tampoco existo como mujer. Disculpad si no me explico del todo bien, pero todavía estoy aprendiendo a transformar mi lenguaje fálico en uno más poético.Para no caer en el delirio, intentaré tomar las decisiones correctas. Quizás esta perspectiva me acerque más a mí misma. La inspiración para este giro estructural madurativo es la Doctora de la Iglesia Santa Teresa de Ávila, que en uno de sus éxtasis inefables y espontáneos sintió la presencia de Dios, y “en ningún caso podía dudar que era dentro de mí o yo toda envuelta en Él”.Muy igual que la mística, en una especie de huida o de éxtasis distópico sobrevenido en una de mis meditaciones, me viví –Margaret Atwood lo vio claro– como una ‘mujer con un hombre dentro observando a una mujer’. El arrebato había transformado la mirada masculina en un erotismo que deseaba mi cuerpo con la misma intensidad y cuidado con que se labra la tierra de una huerta y se recogen solo los frutos que pertenecen a quien los cultiva y para cuya toma hay permiso. Me vi con un hombre dentro observando a una mujer completa, libre y dueña de sí misma. Todos los hombres que alguna vez me usaron para satisfacer vacíos y explotaron mi cuerpo, como el amo que con su lógica extractivista agota los recursos del Sur, dejarían de existir en mis hábitos cognitivos cotidianos a raíz de la iluminación fenomenológica.Ya no más madre, ya no más secretaria, ya no más salvadora de egos perdidos. Ya no más pendiente de validación masculina. Había completado las primeras estancias de mi viaje descolonizador y la monja Teresa me convocaba a profundizar en la contemplación: suavizar la mirada de la estancia interior, comprenderla, transformarla. Las siguientes mansiones me apartaron aún más del mundo condicionante del pensamiento heterosexual. La quietud de la madurez me movía a trascender polaridades y exigencias, a quitarme la caspa ‘heteroetérica’, a amar y follar sin culpa; a salir, al fin, del mercado del deseo masculino. No querer gustar más, solo rendir cuentas a mi cuerpo y tomar decisiones más allá de lo que es razonable. Ligera como los brazos de una niña que sostiene y juega a la vez con el peso de palabras nuevas, y se permite este paréntesis poético.En pleno siglo XXI, aunque una de las ventajas de los años y de hacerse madura es que el deseo propio sea más libre y menos condicionado, aún no se han inventado las mujeres, pero nos da igual; o al menos esta visión encarnada contemplativa me sobrevino en mi particular arrebato con el beneplácito de la mística carmelita y el impulso de la escritora de Terramar. Tanto el pensamiento poético de Santa Teresa como los bellos escenarios distópicos de Úrsula son inspiradores en mi trabajo con otras mujeres. Todas ellas, jóvenes y maduras, continúan habitadas por las mismas presiones patriarcales en las que me incluyo. Relacionarme con otros cuerpos socializados femeninos y sostenernos en aquello que nos atraviesa en común es el único antídoto que he descubierto para llegar a ser más sexualmente libres. Esto y los años, está claro.

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