El fin de una época

13/01/2026
3 min

A cuarenta y ocho horas de empezar el nuevo año, Trump bombardeó a Venezuela y secuestró al presidente, Nicolás Maduro. Al igual que Palestina marcó un punto de inflexión en las relaciones internacionales y que permitió el primer genocidio televisado en la historia con la pasividad de los gobernantes del mundo (que no de los pueblos del mundo, que siguen movilizados), Venezuela nos señala estos días el fin de una época.

El matonismo sin complejos se impone, y la 'comunidad internacional', incluida la UE, se limita a pedir 'prudencia', poniendo en evidencia de nuevo su racismo de raíces coloniales: ¿qué diríamos si eso que ha hecho Trump lo hubiera hecho en ningún país occidental? Es muy fácil simplificar el tema, pintar a Maduro como el malo y Trump como el bueno, el portador de la libertad, pero el mundo y la realidad son bastante más complejos que un guión de Hollywood cualquiera.

EEUU la erró grande al elegir un psicópata y pederasta multimillonario para dirigir su país. No hace ni un año que Trump tomó posesión y el mundo se está dando la vuelta. Hemos visto al presidente del país más poderoso del planeta amenazar a otros países latinoamericanos, empezando por Colombia, y Elon Musk avisando al presidente Petro de que "plata o plomo", como un mafioso. Al igual que hemos visto venezolanos emigrados y la líder de la oposición y premio Nobel de la Paz aplaudiendo el saqueo declarado de sus recursos a manos de EEUU… E incluso ultraderechistas españoles pidiendo la misma receta que se ha aplicado a Maduro para Pedro Sánchez, algo, por cierto, tipificado como delito.

En un mundo donde la globalización cultural apuntala la importancia de lo simbólico, tener el futuro de la mayoría en manos de personajes como Trump es una forma de naturalizar la violencia. Sobre todo cuando el poder político está totalmente alineado, como en el caso también de EEUU (y en buena parte, occidente) con un poder tecnológico capaz de modular la opinión pública. Ahora resulta que en Venezuela no había democracia, pero allí los medios de comunicación no sufren más restricciones que las que hemos visto últimamente en nuestro entorno tan civilizado: en nuestro país, desde 2022 no se pueden consultar medios de comunicación rusos; en varios países de la UE como Alemania se censuran y reprimen expresiones y manifestaciones propalestinas; la prestigiosa BBC estos días enviaba instrucciones sobre qué lenguaje utilizar para informar sobre Venezuela, obviando palabras como 'secuestro'…

En fin, que la democracia es mejorable en Venezuela, por supuesto. Y en Europa también. Y no digamos en EEUU, con una forma de gobierno cada vez más parecida a una tiranía oligárquica, donde los ricos financian a los dos grandes partidos del sistema y luego reclaman el retorno de los favores, como las corporaciones energéticas con el petróleo de Venezuela. Lo que no es justificable, en ningún caso, es que un país bombardee a otro porque no le gusta lo que allí pasa.

La UE se encuentra secuestrada de sus malas decisiones: ha alimentado el enfrentamiento con Rusia de la mano de la OTAN al tiempo que ha incrementado la dependencia de EEUU indefendibles hoy en día de acuerdo con los mismos 'valores europeos' (o sí?)… Y que para más inri amenazan de enva. Y no vemos ni a Von der Leyen ni a Kaja Kallas defendiendo la integridad europea en este caso, ni Euronews instándonos a preparar la mochila de supervivencia.

Lo que refuerza la tesis del fin de una época es el trasfondo de todo: el declive de los yanquis en el nuevo mapa mundial. Los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) amenazan la hegemonía del dólar como moneda corriente en las transacciones internacionales, y Venezuela, pese a estar vetada, exportaba en divisa china. EEUU no puede permitirse la desdolarización de las operaciones económicas internacionales, porque es, junto con su industria armamentística y su necropolítica, la base de su poder, y lo que permite al país no entrar en quiebra.

¿Volvemos al imperialismo de finales del siglo XIX y principios del XX, con grandes potencias repartiéndose el mundo? Quizás sí, pero por ahora la violencia proviene sobre todo de uno de los bandos, y desgraciadamente es "nuestro", mientras no nos rebelamos. Con Palestina, ya hicimos tarde.

Ya he recordado otras veces la advertencia de Ramon Llull de que no puede haber paz sin justicia, y la justicia es mucho más que palabras. La deriva violenta del capitalismo de estos días es un recordatorio de que la democracia es prescindible para quien obtiene beneficios a expensas de la desigualdad social, la destrucción del planeta y la alienación mental. Lo que no tengo tan claro, llegados a este punto, es que la justicia pueda procurarse agachando la cabeza o poniendo la otra mejilla. ¿Y las Islas, con la dependencia estructural que tenemos del exterior, estamos preparadas para esta nueva época? ¿Alguien se está poniendo?

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