24/07/2026 - 19:52 h.
Dirección del semanario
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No recuerdo quién lo escribió ni dónde lo leí. Debió ser a principios de los años ochenta, cuando las Baleares vivían eufóricas el gran crecimiento turístico y urbanístico. Pero todavía hoy me resuena la frase con la que aquel articulista crítico acababa su texto: “Seremos tan pobres que solo tendremos dinero”.

En aquel momento, aquellas palabras parecían una provocación. Las Baleares exhibían la renta per cápita más alta de Europa y cualquier advertencia contra el crecimiento era calificado de derrotismo. ¿Quién podía discutir un modelo que fabricaba riqueza?

Con el tiempo hemos comprobado que aquella advertencia no era una exageración. De hecho, fue optimista. Porque hoy ya ni siquiera podemos presumir del dinero. La renta relativa ha caído, el poder adquisitivo de los residentes se ha hundido, la vivienda se ha convertido en un lujo, el agua empieza a ser un bien escaso, el territorio es más frágil que nunca y la calidad de vida empeora. La prosperidad se ha ido convirtiendo en una sensación permanente de expulsión. Y, sin embargo, la rueda continúa girando.

Ya casi nadie se atreve a negar la masificación. Incluso los que durante años la banalizaron, hoy admiten que hemos llegado demasiado lejos. Pero una cosa es reconocer el problema y otra, muy diferente, aceptar que hay que renunciar a continuar creciendo y que se debe decrecer. A menudo pienso que el verdadero problema no es solo el del modelo económico, es del modelo mental.

Hace años, durante una reunión de empresarios que proyectaban urbanizar una zona de la Marina de Llucmajor, ante las reticencias que despertaba el proyecto, uno de ellos soltó una frase que resume toda una manera de entender estas islas. Más o menos dijo que había gente que no quería que se hiciera nada, que no quería crecimiento. “No los entiendo, aquí siempre hemos vivido bien así. Continuaremos y viviremos bien. Y el último que cierre la puerta”. Y seguramente se quedó tan ancho y el resto le rieron la ocurrencia. De hecho, es una frase extraordinaria porque condensa toda una filosofía. No importa qué quedará después. No importa si el territorio se degrada, si la convivencia se deteriora o si los residentes dejan de poder vivir en su casa. El único objetivo es alargar un poco más el negocio. Después, que sea lo que tenga que ser.

Es exactamente la misma lógica que hay detrás de informaciones como la que ha avanzado el ARA Balears: que Emaya facilita que los hoteles de Palma paguen por el agua una tarifa hasta nueve veces inferior a la de un consumidor doméstico. No es una anécdota, es una declaración de prioridades. Cuando incluso un recurso escaso se organiza para alimentar la maquinaria turística antes que el interés general, es que el sistema está pensado para que la rueda no se detenga nunca.

Aquel viejo articulista advertía que acabaríamos siendo tan pobres que solo tendríamos dinero. Hoy el riesgo es aún mayor: continuar sacrificándolo todo por un dinero que, cada vez más, ni siquiera es nuestro.

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