¿Dónde estás?
Cada día preguntamos a alguien dónde está. Es una pregunta bastante común cuando usamos el móvil para hablar con el hijo o para confirmar que el compañero con el que habíamos quedado llega tarde. Pero difícilmente nos paramos a pensar que esta pregunta era, hasta hace no mucho tiempo, muy estúpida. Hace cuarenta años y, salvo algún contexto especial, como un seminario de filosofía o un frenopático, nadie pedía a otra persona que le dijera dónde estaba. Cuando hablábamos con alguien era porque lo teníamos delante o al otro lado de la línea telefónica, cuya ubicación era bastante conocida. Todo esto ha perdido el sentido con los teléfonos móviles.
Este es un buen ejemplo de cómo un artefacto tecnológico no solo nos permite hacer cosas que antes no podíamos hacer, sino que también es una herramienta que nos cambia nuestra manera de pensar y entendernos, y de esto no siempre somos lo suficientemente conscientes.
El móvil es un aparato que nos facilita la comunicación con los demás, hablada o por escrito, pero lo hace prescindiendo del lugar. Hoy ya no tenemos que quedar con alguien en un lugar determinado, el bar de siempre o el vestíbulo de la estación de autobuses, para poder hablar. Tampoco necesitamos esperar que alguien llegue a un lugar donde hay un teléfono fijo, sino que lo que es relevante ahora es la disponibilidad. No se trata de encontrar un lugar para hablar, sino el momento. Esto hace que iniciemos muchas conversaciones con una pregunta que antes habría sonado también absurda: ¿puedes hablar?
Todo esto implica un cambio en la manera como nos comunicamos, pero también en la forma como se configura nuestra relación con los demás. Hoy todos damos por hecho que los demás llevan un móvil en el bolsillo y, por tanto, que hay una disponibilidad potencial, lo cual modifica incluso las reglas de cortesía. Antes, no responder al teléfono fijo solo podía indicar ausencia de esa persona en un lugar. Hoy, en cambio, este motivo se descarta y aparecen otros con una carga mucho más intencional: está ocupado, no quiere hablar ahora, no quiere hacerlo conmigo, no es el momento, etc. No hace falta decir que esto provoca una situación angustiosa en el interlocutor, que espera siempre una cierta inmediatez al recibir la respuesta del otro.
Nunca las personas habíamos estado tan conectadas las unas con las otras, pero esto genera, paradójicamente, una situación de angustia constante. La expectativa generada de tener que estar siempre disponible hace del olvido del móvil un acontecimiento traumático. No saber dónde está alguien genera la necesidad de saber dónde está cuando intuimos que no está en el lugar donde pensábamos, como por ejemplo el hijo que lo dejábamos a la salida del instituto. Pero, en general, esta angustia viene porque la corporalidad y su ubicación en un lugar forman parte de nuestra manera de ser, y tener que prescindir de esto en un mundo digital nos angustia. Las personas no somos simples emisores interconectados de información, como una red de ordenadores, sino seres de carne y hueso, cuerpos que toman forma también según el lugar donde están o la gente que los rodea. Por eso cuando hablamos con alguien instintivamente necesitamos saber dónde está o quién hay cerca.
Como decíamos al principio, la tecnología no solo nos cambia la manera de hacer las cosas, sino la manera de pensar y sentir. Gracias al móvil que la mayoría de las personas lleva encima, nunca ha sido tan fácil hablar con alguien, ni tan habitual desconocer dónde está la persona con la que estamos hablando. Podemos estar permanentemente conectados con otra gente y, aun así, sentirnos todos solos y perdidos.