Los derechos de los otros
Ya sabemos que, salvo contadísimas excepciones, España no ha entendido nunca su propia plurinacionalidad. Pero hay otra incomprensión más castiza de la que no hablamos tanto, y en todo caso solo lo hacemos desde las Islas Baleares y el País Valenciano: que Cataluña, y muy especialmente Barcelona, salvo excepciones también escasas, no ha entendido nuestra nacionalidad común. Esta carencia, mezcla de desinterés, ignorancia y autosuficiencia, se manifiesta en casi todos los ámbitos de la vida social, cultural y política, y es especialmente perceptible en el mundo del libro. Las editoriales baleares hacen un gran esfuerzo para publicar libros excelentes que sobrepasan con creces el interés que puedan tener en el territorio donde se han editado. Ya comprendo que un estudio sobre las profundas y nunca suficientemente exploradas diferencias entre la manera de hacer el punta-tacón en el baile de fandango entre Ferreries y Ciutadella, no deba estar sobre la mesa de novedades de las principales librerías de Barcelona. El problema es que en estas mesas sí que encontraremos la tontería de un autor –que no escritor– que nunca había publicado nada y que tan solo tiene el mérito de una fama mediática (y efímera) conseguida con cualquier cosa que no tiene nada que ver ni con la escritura ni con el pensamiento, mientras que faltarán libros imprescindibles para la salud cultural pública de todo el país, pero que han cometido el gravísimo error de haberse dejado publicar por un sello de cualquiera de las Islas en lugar de hacerlo por una marca de las buenas. De Barcelona, está claro. Buen baile tenemos. Hay casos realmente clamorosos. El libro Juicios políticos bajo la democracia militante española. Análisis de la justicia política: cuatro causas penales, del doctor en Sociología mallorquín Daniel Escribano, publicado por Documenta Balear, es una auténtica joya. De las cuatro causas que anuncia el subtítulo, solo una hace referencia a un represaliado mallorquín, el cantante Valtònyc. Otro capítulo explica el caso, en los años ochenta, del diputado vasco Miguel Castells Artetxe, condenado por un artículo de opinión. Los otros dos casos analizados son de Cataluña: la condena de un grupo de activistas de la acampada ‘Aturem el Parlament’, llevada a cabo en el parque de la Ciutadella en junio del 2011 contra las políticas económicas austeritarias –Daniel Escribano dixit– y, finalmente, el gran tema del libro, que ocupa dos terceras partes de su extensión total: la causa general contra el independentismo catalán, de otro modo llamado ‘juicio del procés’. El texto de Daniel Escribano es denso, extenso, exhaustivo. Pero es tan punzante lo que explica, tan gordo y está tan bien escrito, que se lee con la fascinación de las mejores crónicas periodísticas judiciales de la literatura anglosajona, tan dada a este género.Asistí a la presentación del libro de Daniel Escribano en l’Espai Mallorca de Barcelona, el 27 de septiembre del año pasado. ¿Público? Cuatro gatos y un buey, que decimos en Menorca. Una lástima. El autor estaba acompañado por el prologuista del libro, el abogado Benet Salellas, que conoce perfectamente el tema como miembro destacadísimo del equipo de defensa de Jordi Cuixart en el Tribunal Supremo ante el inefable juez Marchena. Después de la presentación visité algunas de las librerías más grandes de Barcelona. El libro había sido editado y distribuido hacía tan solo dos meses. Fue difícil encontrarlo. Si por suerte lo tenían, estaba hundido en un rincón de una estantería. ¿Cómo es posible que uno de los mejores libros que explican la epopeya del juicio político más importante del siglo XXI en Cataluña haya pasado tan desapercibido? ¿Cómo podemos aspirar a ser algún día un país normal si la capital metropolitana es incapaz de ejercer su rol de aglutinadora y promotora de la rica diversidad cultural que se cuece en toda la geografía nacional? ¿Cómo podemos salir del atolladero si, cuando comentas este desajuste crónico, casi estructural, alguien te responde con el nombre de un escritor isleño muy conocido en Barcelona, como si la excepción fuera la regla? Seguro que este despropósito perenne tiene explicaciones de carácter logístico, comercial, mediático, cosmético, químico, metafísico y cuántico. Todo tiene una explicación, sí. Pero es una anomalía tan colosal, tan perniciosa y hace tanto tiempo que dura, que debería ser una prioridad absoluta de los máximos responsables institucionales y de todo el ecosistema cultural catalán. Pero no. Es tan solo una molestia periférica. Una queja de los sonados de la aldea gala. Un grano en el culo... de otro. En el acto de presentación del libro, Benet Salellas sostuvo que, en contra de lo que a menudo se dice, hoy no hay una crisis de reivindicación de derechos, sino de reivindicación de los derechos de los demás. De protestas las hay muchas, decía, pero cada uno se queja de aquello que le afecta directamente. Estoy de acuerdo. El declive del valor de la solidaridad ha dado paso a la hiperventilación por mi agravio particular. Tengo que esto seguramente explica más cosas de las que estamos dispuestos a reconocer y admitir. Si es cierto, la ausencia de libros importantes editados en las Islas Baleares sería el problema menos importante, pero al fin y al cabo sería un ejemplo evidente. En Barcelona, somos los otros.