17/06/2026
Escritor
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Dicen los números del CIS que el tanto por ciento de personas que van a misa en el conjunto de España no llega ni al veinte por ciento del total de la población. En Cataluña, el porcentaje cae a menos de la mitad. El número de creyentes es más elevado, ya lo sabemos, de los que efectivamente después practican. Si estamos hablando del catolicismo romano, esto debe obligar a hacer algo, no debe bastar la simple manifestación retórica de la fe. Casi la mitad de la población se define como atea, agnóstica o indiferente. Y quizás lo más destacable sería saber si al bien común le interesa más que seamos cristianos o no, o si colectivamente nos irían mejor las cosas si hubiera un acuerdo, de raíz cristiana, entre todos nosotros. La visita del papa León XIV a nuestro país sirve para hacernos muchas preguntas, sobre todo al ver de nuevo el fervor que despierta un Santo Padre, muy por encima de lo que puede motivar una estrella del pop o cualquier otro personaje civil. Toda esta pasión tiene un punto de estridencia y de comedia, incluso de fealdad y de pose, y nos obliga a preguntarnos por qué, siendo aparentemente tan devotos y buenas personas, vivimos en una sociedad tan desigual, innecesariamente violenta, egoísta, intolerante y despreciativa ante las diferencias. Y que nos recuerda que la Iglesia ha sido un nido de criminales y de pederastas, amparados por la curia, todavía, una autoridad que busca más proteger que colaborar con la justicia y ponerse del lado de las víctimas. No deja de ser absolutamente abominable. Porque una cosa debe ser la fe y la moralidad, y otra las obras, y otra todavía debe ser simpatizar con una mafia de la pederastia (y del coleccionismo de arte y de la especulación inmobiliaria). Intenté escuchar el discurso del papa a los políticos, pero lo primero que pensé es que no debería haberse producido, o no en la sede de la soberanía popular. Un líder religioso no debe hacer discursos políticos en un recinto parlamentario, porque no estamos en un régimen islámico sino en una democracia liberal que ha separado el Estado de la Iglesia. Evidentemente, allí hizo política, o manifestó sus ideas en defensa de la ‘vida humana’, entendido esto como crítica al aborto y a la eutanasia. Pero aun así ni el papa mismo debe creer lo que predica; ya le pesa que ni aquí ni en ningún sitio volverán a prohibir el aborto, y en todas partes se implanta el derecho a morir dignamente, porque nuestra vida es nuestra, y no de Dios o del vicario. Todo ello da un tuf bastante lastimoso de decadencia intelectual y política, o de fe que no es auténtica, sino más bien una fe en la misma fe, o una creencia en cuando las creencias funcionaban. El Sentido es la añoranza del sentido.  Incluso el papa sabe que Dios ha muerto y que en el fondo vive de la nostalgia. Quien ha sabido entender todo esto de una manera admirable es Paolo Sorrentino con sus series sobre papas: todo se sostiene sobre el esteticismo y la voluntad de creer que la creencia todavía tiene una fuerza que ya no puede beber de ningún sitio, porque todos sabemos que solo tiene una entidad de comedia o de hipocresía culpable. 

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