Salida de emergencia

2026, el año en que nos haremos asturianos

05/01/2026
Escriptor
3 min

Ya hace algunos veranos que los asturianos notan una mayor afluencia de turistas domésticos –turistas españoles– en su afortunada geografía de playas cantábricas y cordilleras verdes. Se trata, como es de suponer, de turistas climáticos, que huyen de los insoportables calores que el cambio climático ha insuflado en la costa mediterránea durante los meses de verano, y buscan lugares donde mejor estar. Me habló de ello el escritor Xuan Bello la última vez que lo vi, en el verano del 2024; él murió durante el verano de ese 2025 tan duro y ahora ya extinguido. Bello pasaba pena por los madrileños ("ya nos han enroscado un AVE de Madrid hasta Uviéu; estamos cocidos", reflexionaba enfadado, pero no resignado, porque Xuan Bello no era una persona que se resignara). Su recelo tenía cimientos, porque la idea lamentable de convertir Asturias en la nueva playa de Madrid, tomando el relevo del País Valenciano, efectivamente existe hace tiempo.

Pero había otro alud de externos con los que los asturianos no contaban, y ese alud es de mallorquines. Además, ni los mallorquines ni los madrileños se conforman con pasar unos días de vacaciones en la tierra y la playa asturiana: también compran casas. Sólo en 2024, 325 viviendas asturianas fueron adquiridas por mallorquines, sólo por detrás de los madrileños en el ranking de compradores foráneos. Es una cifra modesta, en comparación con las poblaciones mallorquinas en las que el 50% de vivienda es ya propiedad de extranjeros. Pero son fenómenos que evidentemente van juntos. Como suele decirse, se empieza por el comienzo.

Los mallorquines que compran casas, pisos y apartamentos en Asturias buscan un clima benigno, lluvioso en comparación con lo que estamos acostumbrados aquí, pero sin embargo más amable que la tierra chamuscada por el sol y arrasada por el turismo masivo en que se ha convertido Mallorca en verano. Pero sobre todo buscan otra cosa: viviendas a precios que todavía pueden permitirse. ¿Para hacer qué? Dos cosas: o bien usarlas como segunda residencia (y esto significa, en la gran mayoría de casos, viviendas cerradas todo el año, excepto los períodos de vacaciones), o bien especular con ellas (volverlas a vender por un precio superior al que se pagó, o dedicarlas a alquiler vacacional), con la consiguiente progresión en el mercado de la vivienda geométrica.

Es decir, los mallorquines corren el golpe. Van a otra tierra, a otro país, a seguir haciendo lo que ya han hecho en Mallorca (y ya no pueden hacer, porque lo han vendido todo a inversores extranjeros y fondo buitre). Mallorquines dedicados a hacer de pequeños buitres de los Picos de Europa y de los cuatrocientos kilómetros de la costa asturiana.

Es difícil imaginar un desenlace más lamentable, ya la vez más acertado, para una gente que toda su vida ha braveado de ir vivos. Los mallorquines no sólo han destruido y han perdido casi por completo el control sobre el propio territorio, no sólo tienen un gobierno que legisla para acabar de mojar lo que aún pueda sacarse de ello: es que, además, los mallorquines están dispuestos a exportar su codicia a otros lugares. Algunos de los compradores de viviendas en Asturias ha argumentado que "en Baleares se ha vuelto muy difícil vivir". Se ve que vivir en Baleares ha vuelto difícil como por mala suerte, quién sabe por qué. Ese cinismo, esa inconsecuencia, no son ciertamente lo que nos conviene. Pero sí lo que con toda seguridad nos espera este 2026, y me atrevería a profetizar que en el 2027 también.

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