“A seis años cruzaba Palma solo para ir a la escuela”

Bernat Sureda (1953) recuerda la infancia escolar en Palma en los años 60, entre disciplina, religión y una rutina impensable hoy

PalmaA los seis años, cruzaba Palma solo para ir a la escuela, en una ciudad donde los niños se movían con una libertad impensable hoy. Caminaba desde Pere Garau hasta la escuela de San Francisco. En los años sesenta, las familias concedían mucha más libertad a los hijos y esta autonomía prematura acababa forjando un fuerte sentido de independencia.

Los primeros recuerdos de escuela que tengo están ligados a las monjas. Debía tener tres o cuatro años cuando empecé con las franciscanas; en un espacio que hacía de todo: escuela, guardería y refugio. En aquella época la oferta pública para los niños pequeños era prácticamente inexistente, y muchas familias confiaban en las congregaciones para que cuidaran a los hijos mientras los padres trabajaban. Rezábamos mucho, pero también jugábamos y pasábamos las horas protegidos dentro de aquel mundo de patio, aula y capilla.

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A los cinco años pasé con las monjas agustinas de la calle de San Miguel. Para aprender a leer nos ponían en pequeños grupos: cada uno con su libro abierto delante, y leíamos uno detrás de otro, con la monja escuchando con atención. Para escribir el sistema era más individual. Teníamos cuadernos de caligrafía donde copiábamos muestras con paciencia infinita. También rezábamos mucho, y había espacio para cantar y hacer un poco de música. A veces incluso me quedaba a comer.

Niños 'libres'

Después pasé a San Francisco. Debía tener seis años y allí iba solo. Hoy puede parecer extraño, pero era otra ciudad. Salía de Pere Garau y cruzaba la Gerreria, pasaba por la Puerta de San Antonio y la plaza de las Columnas hasta llegar al colegio. La gente se fiaba, y los niños nos movíamos con una libertad que ahora sería impensable.

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En San Francisco solo estuve un año. Teníamos aquellos pupitres antiguos con tintero, y escribíamos con plumas de mango de madera. Solo íbamos niños. Había disciplina, mucha disciplina. Si llegabas tarde te reñían; a alguno lo ponían de rodillas y, de vez en cuando, caía algún golpe de regla sobre los dedos. Pero, si he de ser sincero, no lo recuerdo como una experiencia especialmente traumática. Era el sistema que había.

El gran cambio llegó cuando fui a Sant Josep Obrer. Aquella escuela nacía vinculada a una parroquia nueva y con una voluntad diferente, más abierta, con aspiraciones de renovar muchas cosas dentro de la Iglesia. El alma del proyecto fue Sebastià Arrom, que incluso se peleó con el obispo porque este quería que el centro se llamara Sant Josep Artesà y él defendía el nombre de Sant Josep Obrer.

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En manos del obispado

Con el tiempo se crearon cursos de Primaria y después una sección delegada de Secundaria privada que dependía del obispado y estaba vinculada al Institut Ramon Llull. El director era Rosselló Bordoy. Yo conocí a profesores extraordinarios: Antoni Bernassar, Gayà, Llodrà… Gente con una gran vocación y con una idea de educación muy avanzada para aquel momento.

Todavía llegué a ir al complejo actual de Son Gotleu, cuando aquello no era más que un campo sin nada. Niños y niñas íbamos separados, aunque ya en Bachillerato en algún momento incorporaron alguna niña. Hacíamos un bachillerato técnico que combinaba humanidades con ciencia y tecnología.

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En San José Obrero también había un grupo scout y muchas actividades: teatro, deportes, excursiones. Se respiraba un ambiente de apertura que iba más allá de las clases. Esto no quiere decir que no hubiera adoctrinamiento. Teníamos asignaturas como Formación del Espíritu Nacional. También había religión, confesiones y participación en ceremonias. Y, visto con ojos de hoy, faltaba mucha sensibilidad con los alumnos que tenían dificultades o que simplemente salían del patrón. El sistema era homogéneo: todos iguales. Si eras un alumno diferente, estabas perdido.

Todo se enseñaba en castellano; nadie se habría atrevido a hacerlo de otra manera. Pero, en privado, no había inconveniente en hablar en catalán. En el patio o fuera de clase era habitual. En Sant Josep Obrer incluso empezamos a tener algunas clases de catalán. Venían seminaristas y nos enseñaban cosas muy básicas. Era poca cosa, pero para nosotros ya era un pequeño signo de que los tiempos empezaban a cambiar.

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'Mis años de escuela' es una serie de ARA Balears que reconstruye cómo era la educación en Mallorca década a década a través de testimonios en primera persona.*Texto elaborado a partir del testimonio del entrevistado