"Oíamos los llantos desconsolados de las muñecas que las monjas encerraban a oscuras"
Antònia Ensenyat (1959) acudió a las monjas agustinas de Andratx y después al Sagrado Corazón de Palma
PalmaLa primera vez que fui a la escuela fue en casa de las monjas agustinas de Andratx. Hasta entonces mi vida había sido otra cosa. Vivíamos en una posesión fuera de la villa, en Son Esteve, y mi mundo era el campo. Los animales eran mis compañeros: los gatos, los perros, el ruido del viento entre los árboles. No tenía hermanos y pasaba muchas horas con adultos o con algún primo que venía de por las fincas de los alrededores. Mi educación, antes de entrar en la escuela, era la naturaleza.
En el pueblo también había hijos de jornaleros y gente que había llegado de la península. Aquellos fueron los primeros niños que oí hablar en español. De hecho, el mensaje de la posesión, que prácticamente vivía en la finca, era cordobés y fue él quien empezó a enseñarme castellano.
Cuando finalmente me llevaron a la escuela de las agustinas, el contraste fue brutal. Me encontré encerrada en una habitación con filas de muñecas y monjas que hasta entonces sólo había visto de lejos. Yo sólo pensaba que quería salir de allí y no volver nunca más a ese mundo. Lo que más me impresionó fueron los castigos. Había una habitación con una cortinilla y, si alguien charlaba, la cerraban ahí dentro, a oscuras. Por una muñeca pequeña aquello era terrorífico. Se las oía llorar desconsoladas.
Emplear la muerte para asustar a muñecas pequeñas
Pero en la escuela todo giraba en torno al pecado. Nos explicaban que muchos pecados veniales podían acabar convirtiéndose en un pecado mortal. Yo me lo creía todo. Tanto que un verano dejé de dormir. Pensaba que había acumulado tantos pecados pequeños que al final acabaría muriéndome. Recuerdo que una tía mía me vio muy angustiada y me pidió qué me pasaba. Cuando se lo conté, me dijo con mucha calma que yo no tenía ningún pecado mortal. Esa conversación me tranquilizó mucho. Siempre se lo agradecí. De hecho, creo que aquel episodio hizo ver a la familia que ese ambiente me afectaba demasiado, y al poco me llevaron a Palma.
Fui a vivir con unas primas a la calle Joan Crespí, justo al lado del colegio del Sagrat Cor. Allí todo cambió. Era la primera vez que llevaba uniforme: de invierno, de verano e incluso de educación física, además del babero. En el mismo complejo había una modista que se dedicaba a hacerlos. Éramos muchas alumnas: tres líneas por curso, con más de treinta muñecas en cada clase. También había castigos, pero eran más bien psicológicos. Cuando ibas al baño tenías que llevarte una pieza de madera que llamaban la "tabla", porque las puertas no se podían cerrar. Ponías esa madera sobre la puerta para indicar que estaba ocupado.
Pero la forma de trabajar era extraordinaria. Yo venía de un mundo en el que ni siquiera sabía qué era un patio de escuela, ni qué era una clase de educación física con juegos y cuerdas. Allí lo descubrí todo. Trabajábamos por fichas, en grupos, y después nos poníamos en círculo para comentar qué habíamos hecho y qué dificultades habíamos tenido. Mirado con perspectiva, creo que ese centro era una especie de escuela piloto de lo que más tarde sería la ley educativa de 1970. Los padres incluso venían a ver cómo trabajábamos. Hacían jornadas de puertas abiertas para que pudieran observar nuestro sistema. Todos los sábados nos daban una tarjeta con la evaluación de la semana: comportamiento, orden, hábitos. Podía ser "bien", "muy bien", "suficiente" o "insuficiente". El color rojo era el peor.
Educación sexual incipiente
También hacíamos excursiones, visitábamos monasterios y, de vez en cuando, ejercicios espirituales: una semana fuera de la escuela dedicada a la religión. En primero de Bachillerato incluso nos hicieron una sesión de educación sexual. Vino una madre con muchos hijos a contárnoslo. Yo no aclaré mucho, sólo que las mujeres teníamos himen y que debía vigilarse porque se rompía con las primeras relaciones sexuales o, según decían, incluso haciendo equitación.
Esos años también conocí el peso social del acento. Un día, en el pueblo, una muñeca del Puerto de Andratx me dijo: "Mira otra que tiene acento pueblerino". Me dio tanta vergüenza que decidí no hablar. Pasé más de dos meses sin decir una palabra en clase. Fue para mí una tortura, porque yo necesitaba jugar y relacionarme.
Académicamente me iba bien. Sacaba muy buenas notas, excepto en matemáticas. Recuerdo especialmente una escena en clase de religión, cuando una alumna pidió qué ocurría con la teoría de la evolución porque si Dios nos había creado en su imagen…y veníamos de las moneas. La monja se enfadó mucho y la expulsó de clase. La alumna, mientras salía, dijo: "Sí, lo dijo Darwin". Se refería a Charles Darwin, un nombre que en las escuelas religiosas apenas se mencionaba. Al día siguiente, en el patio, estaba esa alumna con su padre, que se discutió con las monjas. Cuando entró en clase, ella simplemente dijo: "Darwin es mucho Darwin". También recuerdo perfectamente el día que asesinaron a Luís Carrero Blanco. Nos dijeron que llamarían a las familias y que podíamos volver a casa porque había luto nacional. Nosotros no sabíamos ni quién era.
Y, mientras, aunque la mayoría éramos muy mallorquinas, no hablábamos catalán dentro de la escuela. Hasta los diecinueve años no descubrí que una amiga mía también sabía. Ninguna de las dos lo sabía de la otra. Simplemente, teníamos interiorizado que aquella lengua, ahí dentro, no tocaba hablarla. Cuando alguien lo hacía, la monja salía al pasillo y decía: "Silencio, todas, he oído hablar en mallorquín". Y el castigo era para todas.
'Mis años de escuela' es una serie del ARA Baleares que reconstruye cómo era la educación en Mallorca, década a década, a través de testigos en primera persona. Esta semana nos adentramos en los años 60.
*Texto elaborado a partir del testimonio de la entrevistada