Iba a una escuela para los hijos de los forasteros, donde el catalán no existía

Raül Abril (1979) recuerda sus años de escuela en Inca, marcados por la segregación social y un sistema educativo castellanizado en los años 80

PalmaSoy de 1979, hijo de inmigrantes peninsulares, y crecí en Inca, pero no en el centro: vivíamos en las zonas donde se habían instalado los forasteros que habían llegado en los años 60 para trabajar en la industria. Mis padres formaban parte de ellos. Aquel origen, que no parecía importante cuando eras pequeño, acababa determinando a qué escuela ibas. Empecé en parvulario a principios de los 80, todavía con una estructura educativa muy marcada por el franquismo, y fui al Sant Vicenç de Paül, en el barrio de Crist Rei. Era una escuela prácticamente hecha para los hijos de inmigrantes. Éramos todos castellanohablantes y, dentro del aula, el catalán no existía. De hecho, lo necesitábamos, pero no nos lo enseñaban.

Todo se hacía en castellano, incluso en un contexto en que muchas maestras –monjas, hermanas de la caridad– se movían con más comodidad en catalán que en castellano. Entre ellas hablaban catalán, pero en clase hacían un esfuerzo por mantener el castellano, a menudo con expresiones híbridas que hoy todavía recuerdo con cierta ironía: “Ve con cuidado, no pises la alfombra”.

Esta contradicción hacía evidente una cosa: para los alumnos como nosotros, aprender catalán era casi imposible. Pasábamos horas y horas dentro de una escuela castellanizada y, además, no nos mezclábamos con otros niños. En Inca, la segregación era clara. Había centros donde iban los mallorquines –San Francisco o Santo Tomás– y después las escuelas públicas y San Vicente, que era donde acabábamos los forasteros. No era una norma escrita, pero funcionaba así.

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Los primeros años de EGB los hacían monjas. Con el tiempo llegaron las 'señoritas', pero el cambio era más estético que pedagógico. La enseñanza continuaba basada en la memoria y la lección magistral, sin espacio para la innovación. En clase éramos 44 alumnos, niños y niñas, en una de las primeras promociones mixtas. Las monjas no lo llevaban muy bien: cada vez que había un conflicto, repetían que se habían equivocado dejando entrar niños.

Segregación social

Sin embargo, la convivencia entre nosotros no era el problema. Los roles existían –los niños jugaban a una cosa y las niñas, a otra–, pero la separación real venía más por origen social que por género. Lo que sí era muy presente era la disciplina. Todavía había castigo físico. Recuerdo monjas especialmente severas que no dudaban en aplicarlo. Un día, una tiró una goma de borrar a un alumno que hacía ruido y acabó pegando a una compañera. Eran escenas que formaban parte de la normalidad.

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También lo era la humillación sutil. Yo soy zurdo, y eso era motivo de corrección constante. Comentarios despectivos, horas de caligrafía para forzarme a escribir de una determinada manera. No siempre entendía qué querían decir, pero sí cómo me hacían sentir. A pesar de todo, no todo eran malos recuerdos. Había maestros que trataban bien a los alumnos y pequeñas novedades que parecían importantes, como la introducción del inglés. Pero el sistema tenía límites claros. Incluso la educación sexual quedaba diluida o directamente se evitaba. Y una cosa que resulta graciosa es que hacíamos las clases de música prácticamente en silencio. Imagínate lo que hacíamos ahí.

El catalán, mientras tanto, aparecía solo de manera residual, como si fuera una asignatura más y no la lengua del lugar. Lo hacíamos unas horas concretas, casi como si fuera una lengua extranjera, mientras todo el resto continuaba en castellano. Esto marcaba una distancia clara con la realidad social que nos rodeaba.

De la escuela católica al instituto laico

El gran punto de inflexión llegó con el cambio de sistema educativo. A mi generación nos pusieron delante una decisión: continuar en el Pau Casesnoves y hacer ESO o ir al IES Berenguer d’Anoia y seguir el recorrido de BUP y COU. Aquella elección no era neutra. Generó una nueva segregación: los alumnos con más dificultades tendían a ir al Pau, mientras que los que aspirábamos a la universidad acabábamos en el Berenguer. Llegué allí en 1993, y el contraste fue inmediato. Venía de una escuela religiosa y segregada y me encontraba con un instituto laico, con otra mentalidad. El primer gesto fue simbólico: no elegí religión. Pero el cambio más profundo era la lengua. En el Berenguer todo se hacía en catalán.

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Para mí, lo que en aquel momento sabía de catalán no venía de la escuela, sino de fuera, sobre todo de la televisión —de mirar Bola de Drac en TV3. Como yo, muchos hijos de inmigrantes necesitamos meses para adaptarnos a un sistema educativo que funcionaba íntegramente en catalán. Era, en cierta manera, el primer contacto real con la lengua dentro de un espacio formal.

*Texto elaborado a partir del testimonio del entrevistado

Con el tiempo, he entendido que crecí entre dos modelos educativos. Uno cerrado, jerárquico y castellanizado, y otro que intentaba abrirse, incorporar el catalán y poner las bases de una escuela más moderna. El paso de uno a otro no fue solo académico: fue también una manera diferente de entender la lengua, el aprendizaje y el lugar que ocupabas dentro del sistema.

'Els meus anys d’escola' es una serie de ARA Balears que reconstruye cómo era la educación en Mallorca, década a década, a través de testimonios en primera persona. En esta entrega, nos adentramos en los años 80.*Texto elaborado a partir del testimonio del entrevistado

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