Damià Pons era el profesor 'persiana', pero te hacía pensar
Miquel Bujosa (1973) fue a las monjas franciscanas de Bunyola, a la escuela nacional y al IES Joan Maria Thomàs
PalmaCuando empecé la escuela tenía tres años y era el más pequeño de la clase, porque somos de noviembre. Los primeros recuerdos son de las monjas franciscanas de Bunyola. Recuerdo sobre todo sor Antonia: una mujer pequeña, gordita, que no alzaba nunca la voz. No tengo ningún recuerdo de castigos ni de malas palabras. Iba a la escuela contento, sin miedo.
Después pasé a la escuela pública nacional, que conocíamos como 'la escuela de los pinos'. Allí hice toda la EGB. Era una escuela completamente tradicional, muy basada en memorizar. Repetir, estudiar y volver a repetir. Aun así, había maestros que intentaban hacer cosas diferentes. Recuerdo especialmente cuando hacíamos teatro: aquellos momentos rompían la rutina y nos hacían sentir que la escuela podía ser otra cosa.
Tambié recuerdo a doña Cecilia Martí, la tutora de sexto. Tenía una coral en la escuela y ponía una ilusión enorme. Hacíamos ensayos por las tardes. A mí, sinceramente, no me gustaba mucho, pero con los años he entendido el valor de aquel esfuerzo, aquella manera de hacer comunidad.
La escuela era un lugar bastante ordenado. El horario era de 9 a 12 h y de 15 a 17 h. Éramos unos treinta alumnos, niños y niñas juntos desde el principio. Había mucho respeto hacia los maestros. Un respeto que no se cuestionaba. Lo que decía el maestro iba a misa, y en casa, si había algún problema, los padres le daban la razón a él. Yo no vi nunca violencia física, pero sí un cierto tono autoritario, sobre todo a partir de sexto. Comentarios secos, órdenes dichas de mala manera. Nada que se pudiera discutir. También era una escuela sin recursos para la diversidad. Si un alumno tenía dificultades, simplemente suspendía. Nadie se planteaba qué había detrás aquel cero.
En el ámbito de la lengua, vivíamos en una especie de contradicción. En Els Pins, las clases eran en castellano, los libros también, pero nosotros, en el patio y entre nosotros, hablabamos en mallorquí. Era la lengua natural. En las monjas, en cambio, sí que se hablaba en catalán.
De la escuela al instituto
El gran cambio llegó con el instituto, en el Joan Maria Thomàs. Venía de un entorno pequeño, de una sola línea, donde todo el mundo se conocía, y de repente me encontré en un centro enorme, con cinco o seis grupos por curso. Allí ya no eras “en Miquel”, eras uno más. La relación con los profesores era mucho más fría. No sabían quién eras, ni de dónde venías. En la escuela te conocían desde pequeño, había una mirada más personal. En el instituto, esto se perdía. Aun así, yo no tuve problemas para adaptarme ni para hacer nuevas amistades.
También fue en el instituto donde empecé a tomar conciencia real de la lengua. Hasta entonces, el catalán estaba ahí, pero de manera difusa. A partir de sexto habíamos hecho aquella asignatura extraña de Lengua de las Baleares, con un libro y contenidos muy elementales. Pero todo ello era bastante superficial. En el instituto, en cambio, tuve profesores que marcaban. Uno de ellos fue Damià Pons, a quien nosotros llamábamos “el profesor persiana”, porque se enrollaba mucho. Con él, el catalán dejaba de ser algo secundario. Había exigencia, rigor. Te hacía pensar. Recuerdo también a Joana Maria Romaguera, en la misma línea. Con ellos dos, la lengua ganaba peso y sentido. Pero no todo el mundo lo vivía igual. Había compañeros —incluso catalanoparlantes— que mostraban rechazo. No entendían por qué lo tenían que estudiar. Era una resistencia extraña, como si el catalán fuera una obligación ajena.
Mirando atrás, mi experiencia educativa es una mezcla de orden, rutina y pequeños momentos que lo cambiaban todo. Maestros que pasaban sin dejar rastro y otros que te marcaban para siempre. Y, sobre todo, la sensación de que, a pesar de todo, había algo dentro de aquella escuela que me hizo querer quedarme. Porque, al final, si decidí ser maestro, es porque en algún momento vi que aquello podía ser mucho más que memorizar y callar.
'Els meus anys d’escola' es una serie del ARA Balears que reconstruye cómo era la educación en Mallorca década a década a través de testimonios en primera persona.*Texto elaborado a partir del testimonio del entrevistado