Rafael Ruiz, el hombre que pintó los cines de Palma
La exposición 'Palma, ciudad de cines' recupera, entre otros documentos históricos, el trabajo del cartelista en el centro cultural de la Misericordia hasta el 11 de abril
PalmaLos cines de Palma no siempre se han promocionado con pósters impresos digitalmente ni con pantallas luminosas. Durante décadas, en las fachadas de muchas salas reinaban grandes carteles pintados a mano que anunciaban los estrenos de la semana. Detrás de buena parte de aquellas imágenes monumentales había un mismo nombre: Rafael Ruiz. Ahora, su trabajo vuelve a la memoria con la exposición Palma, ciudad de cines, que se puede ver en el centro cultural de la Misericordia. Entre otros documentos históricos, la muestra incluye material original del cartelista y el documental El sueño efímero, dirigido por Toni Bestard.
Ruiz, que nació en Palma el 2 de marzo de 1938, empezó en el oficio casi por casualidad. Un amigo de su padre, el también cartelista Gabriel Palmer, buscaba ayuda urgente para terminar un gran cartel. "Estoy apurado porque no encuentro a nadie", le dijo. El padre de Ruiz, que trabajaba en la clínica Mare Nostrum –la actual Rotger–, le respondió que conocía a la persona adecuada: su hijo, que siempre había tenido "buena mano" para el dibujo.
De este modo, en 1957 –a 19 años y justo después de terminar la mili– Ruiz se presentó en el desaparecido cine Borne –donde hoy hay una tienda de Zara– para acabar un fragmento del cartel de la película Napoléon, de Sacha Guitry. Tenía que pintar una capa enorme, de casi tres metros, y el característico bicornio del protagonista. Al día siguiente, Palmer vio el resultado y quedó impresionado. Ese momento marcaría el inicio de una trayectoria que acabaría vinculada durante casi cincuenta años a la imagen de los cines de Palma.
Sin cobrar
Ruiz aprendió el oficio sin cobrar en los primeros años. "Estuve dos años trabajando así", recuerda Rafael. No fue hasta que le dijo a su maestro que quería casarse que las condiciones se renegociaron y empezó a percibir un sueldo.
El trabajo de cartelista era artesanal en todos los sentidos. Antes de pintar, era necesario preparar las pinturas. Los pigmentos llegaban en polvo y debían mezclarse con cola vegetal para conseguir el color deseado. "Había más trabajo preparando la pintura que pintando el cartel", explica entre risas.
La clave de aquellas imágenes era la perspectiva. No debían ser perfectas de cerca, sino convincentes a distancia. Desde la calle, a varios metros, los rostros debían ser inmediatamente reconocibles. Estrellas como Ava Gardner, Humphrey Bogart y Marilyn Monroe debían parecerse mucho a las originales para que el público las identificara al primer vistazo.
La documentación oficial de la película no siempre llegaba a tiempo y Ruiz a menudo recurría a su archivo personal de fotografías. Si sabía que salía Marilyn, por ejemplo, empezaba a pintar su rostro con sus imágenes y luego adaptaba su composición al cartel definitivo.
El sistema de trabajo era casi itinerante. Ruiz iba de un cine a otro mientras las capas de pintura se secaban. Pintaba el fondo en un cine; después iba a otro a hacer las figuras o las letras. El proceso se hacía en sucesivas capas y solía implicar varias salas en un mismo día.
Su trabajo no se limitaba a los cines. También pintó durante años los carteles para el Auditorium de Palma, diseñó el mural en las paredes del mítico restaurante El Click del paseo de Mallorca; pintó para videoclubs, bingos y discotecas de Calvià como BCM. También hizo los carteles interiores de los multicines de Portopí e, incluso, la barrera de la tienda de la histórica Norma Cómics.
Pese a la presencia constante en las calles, Ruiz nunca dio una gran importancia a su trabajo. "Era un trabajo", dice. Pero las entrevistas y el reconocimiento público le hicieron ver con los años que ese trabajo también tenía un valor creativo. "Nunca me consideré artista, pero con el tiempo me he sentido reconocido como tal", admite.
Emmanuelle
Una anécdota muy destacada de su carrera se produjo en 1975, después de la muerte de Franco, cuando el cine erótico –el conocido como cine S– empezó a llegar a las pantallas españolas. Un empresario le encargó el cartel deEmmanuelle, con instrucciones claras: "Pechos y muslos fuera, que se vea bien". La película fue un fenómeno en Palma y aguantó en la cartelera tres o cuatro meses, mucho más que otros títulos clásicos. Pero el escándalo no tardó en llegar. El censor visitó el cine y dio un ultimátum: en 24 horas la protagonista debía aparecer "bien vestidita". Ruiz subió a una escalera y le pintó la ropa.
La mayor parte de los carteles que Ruiz pintaba estaban destinados a desaparecer. Muchos sólo se mostraban una semana antes de ser borrados para dejar sitio al siguiente estreno. Consciente de esa fragilidad, él mismo y un amigo suyo, fotógrafo profesional, fotografiaban a los que más les gustaban. Gracias a esas imágenes hoy se puede reconstruir su obra.
Con el tiempo, también llegaron cambios técnicos. La introducción de la pintura plástica simplificó mucho el trabajo: ya no era necesario preparar manualmente los pigmentos. "Solo destapabas el bote y podías empezar", recuerda.
El declive de los cines de sala única y la llegada de internet, el DVD y los nuevos sistemas de publicidad redujeron cada vez más el trabajo de los cartelistas. Ruiz se jubiló en el 2003, tras ver cómo muchas salas cerraban. Uno de sus últimos proyectos fue para el cine Metropolitan de Palma. Le encargaron una serie de carteles que representaban las distintas décadas del cine, pensados para estar expuestos uno o dos años. Finalmente, quedaron catorce. "Aún me extraña que la pintura aguantara tanto", dice.
Aquellas obras efímeras vuelven a ver la luz en la Misericordia –hasta el 11 de abril. Recuerdan, tal y como dice el cineasta Toni Bestard, que antes de Internet, los rumores, las filtraciones, los teasers y los trailers, esos grandes carteles hechos a mano "eran el único reclamo" para entrar a ver una película en el cine.