Observatorio

Nombres, apellidos y 'memento mori'

La interpretación tuvo premio: Zimmermann regresó con dos bises, uno de ellos no menos literario que la composición, 'El rey de los elfos de Schubert', inspirado en un triste y fantástico poema de Goethe

Quinto concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica Islas Baleares
17/01/2026
2 min

El quinto concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica Islas Baleares llegó lleno de nombres y apellidos no muy habituales, desde los compositores hasta el solista y el director. En cuanto a estos dos últimos, no hace falta decir que tener a Frank Peter Zimmermann como solista es un auténtico lujo y, por supuesto, un privilegio. Zimmermann, además, venía con un estreno en España bajo el brazo, el Concierto para violín y orquesta, del compositor suizo Frank Martin. Una pieza basada en La tormenta, de Shakespeare, con el personaje de Ariel como alusión musical permanente, con una estructura, al menos, peculiar.Allegro tranquilo-Andante molto moderato-Presto— y toda una serie de referencias que van desde el dodecafonismo hasta el jazz, que se van entrelazando hasta conformar un homogéneo caleidoscopio que aplasta de forma espectacular en el movimiento final. Una pieza exigente, con la que tanto la orquesta como el solista, exhibieron tanto energía como un ensamblaje mayúsculo. La interpretación tuvo premio: Zimmermann regresó con dos bises, uno de ellos no menos literario que la composición, El rey de los elfos de Schubert, inspirado en un triste y fantástico poema de Goethe. Este ejercicio de complicidad entre los protagonistas tenía también nombre propio, Pietari Inkinen, prestigioso director de orquesta finlandés, quien en su currículum ostenta, entre otros, la conducción de la tetralogía wagneriana en Bayreuth en 2023, y que hizo brotar de la orquesta todas las capacidades. Tanto es así, que los músicos le despidieron con un caluroso y categórico aplauso.

No fue ésta la primera pieza de la velada. El prolegomen, quizás innecesario porque el programa ya venía bien apretado, correspondió a Maurice Ravel, con las cinco piezas de Ma mere Oye. Una delicadeza orquestal fruto de una sencilla composición para piano, de la que quien más quien menos sabe su origen, que sirvió para terminar un escandallo de las distintas formas de entender la música entre coetáneos del siglo XX.

En esta ocasión, y tampoco es habitual, la última pieza del programa era la que suscitaba mayor expectación. No era por menos. El Concierto para orquesta Sz 116, de Béla Bartók, es una composición de unas características excepcionales, hasta el punto de que no sería nada desacertado ni exagerado calificarla de monumental. Bartók, sabiendo que su vida tenía una fecha de caducidad muy cercana, decidió hacer un repaso de su existencia, memento mori musical, también poco habitual, a raíz de la estructura palindrómica o los cinco movimientos. Destaca, sin duda alguna, el segundo, un cumplimiento casi en la totalidad de instrumentos de la formación. Giuoco delle coppie, le llaman, y así se llama el movimiento. Un alambicado juego donde los instrumentos van tocando por parejas, hecho que, de nuevo, propicia argumentos y excelencias de los distintos protagonistas. Los maestros de la Sinfónica, como es natural, no desaprovecharon la ocasión.

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