Maura, sí... o Maura, ¿no?
Repasamos las luces y sombras del político mallorquín que fue cinco veces presidente del gobierno español, coincidiendo con la exposición que le dedica el Museo de Mallorca
Palma"Uno de nuestros grandes referentes y mejores embajadores, considerado el mayor político de nuestra historia contemporánea y uno de los grandes estadistas de España", afirmó estos días la presidenta del Gobierno, Marga Prohens, con motivo de la apertura de la exposición sobre el político isleño Antoni Maura, que podrá visitarse hasta el 10 de mayo en el Museu de Mallorca. La muestra se titula Maura, sí, en contraposición al lema 'Maura, no' con el que se le enfrentó prácticamente todo el espectro ideológico de su tiempo. Maura, ¿sí? O Maura, ¿no?, nos pedimos aquí mientras repasamos las luces y las sombras de quien, ciertamente, ha sido la figura más destacada de las Islas en la política del Estado.
Antoni Maura (1853-1925) no fue, probablemente, ni el modelo de virtudes que ahora se pretende, ni el 'Herodes' o 'Torquemada' que afirman los anarquistas. O, mejor dicho, lo fue todo a la vez. Hay que situarlo en su contexto: una política ligada a esto que ahora llamamos lobbies y estructurada en grupos clientelistas, que eran antes 'mauristas' o 'weyleristas' –del general y político mallorquín Valeriano Weyler– que liberales o conservadores. Como observa su biógrafo Pere Fullana, la desconfianza hacia las reivindicaciones obreras le venían de haberlas sufrido en carne propia por unas huelgas que perjudicaron a la empresa familiar.
Maura fue objeto de críticas feroces que le cayeron de todos los lados. Quizás ningún otro político del Estado haya sido tan vilipendiado por todos, salvo Pedro Sánchez en nuestros días. Contribuía su personalidad: era consciente de sus capacidades y eso le hacía "jactancioso sin poder remediarlo", en palabras de su rival político Romanones.
Tampoco se entiende Maura sin el entorno familiar, su "execrable parentela", en palabras de un personaje de Valle-Inclán. Algunos de sus hermanos y sobrinos fueron también personas destacadas de la época. Pero resulta complicado averiguar en qué medida esto no se debía al vínculo de sangre con el prócer. Gabriel, el hermano mayor, fue continuador del negocio familiar y extraordinario narrador. Pero, al mismo tiempo, era quien coordinaba su entramado político en Palma: él decía que parecía una agencia de negocios, de tantas solicitudes como debía transmitirle. Miguel, cura, hacía de correo de la diócesis con su hermano en Madrid. Al primo Joan Maura quiso hacerle obispo de Mallorca, pero él no quiso.
El fusilamiento de Ferrer y Guardia
Maura ejerció el cuñadismo, pero no cómo lo entendemos ahora –un hermano político que lo sabe todo–, sino como instrumento en la vida pública. Entró en política de la mano de su cuñado Germán Gamazo, líder del sector 'gamacista' de los liberales, y con él en la cartera de Hacienda fue por primera vez ministro, de Ultramar, en 1893. Un cuñado de Maura, Pasqual Ribot, llegó a diputado en Madrid, gobernador civil de Valencia y Cádiz. Y se ve que la tradición continuó, porque Gabriel, hijo del político, se casó con la hija del armador Ramón Herrera, destacado partidario de Maura en Cuba.
Antoni Maura fue cinco veces presidente del gobierno estatal. Pero su período estelar fue el 'gobierno largo', de 1907 a 1909. Ahora nos parecería extraño que se le llamara 'largo' a un gobierno de dos años, pero entonces solían durar sólo unos meses. Maura anunció la "revolución desde arriba": un conjunto de 264 iniciativas para modernizar el Estado y para evitar que la revolución se hiciera desde abajo, por las fuerzas izquierdistas.
Fue en ese periodo que nació la seguridad social en España –no, no fue Franco–, con la creación del Instituto Nacional de Previsión. El gobierno Maura estableció también el descanso obligatorio los domingos, con lo que se le acusó de antitaurino, para que no se pudieran hacer las corridas de toros ese día, que era lo habitual. Otras iniciativas no eran tan progresistas: el proyecto de ley de terrorismo preveía la expulsión de los anarquistas y el cierre de sus centros y periódicos.
El proyecto modernizador de Maura quedó en nada al cometer aquel gobierno el error colosal de movilizar a los reservistas, es decir, aquellos que ya habían cumplido el servicio, para ir a Marruecos, y estallar, como protesta, la Semana Trágica de Barcelona, una revuelta con quema de iglesias y cono. Javier Tusell, pese a su admiración por Maura, reconoce que la represión fue "ciega y brutal". El fusilamiento del pedagogo anarquista Francesc Ferrer i Guardia, tras un proceso jurídicamente más que dudoso, originó una ola de protestas por toda Europa, a las que se acusaba a España de haber resucitado la Inquisición. Así se generó el "Maura, no": una consigna unánime de casi todo el espectro político y se produjo su caída.
Maura fue un cúmulo de contradicciones. Al frente de ese 'gobierno largo' quiso desmontar el caciquismo, el control del voto a cargo de siniestros personajes que controlaban una comarca. Pero, en cambio, se aprovechaba de "la bien engordada maquinaria caciquil", en palabras de Miquel Àngel Casasnovas, para salir diputado en el Congreso elección tras elección. Cuando fue ministro de Gobernación –ahora Interior– y, por tanto, encargado de preparar las elecciones, salieron elegidos –oh, sorpresa– cuatro mauristas de los cinco diputados por Mallorca.
Maura contra Joan March
Tres cuartos del mismo ocurrió con su relación con los movimientos regionalistas o autonomistas. Las Bases de Manresa, una propuesta para una autonomía catalana, de 1892, las temía por las posibles consecuencias desfavorables para el sistema. Pero cuando llegó a la presidencia en 1907, abrió tímidamente la puerta a las mancomunidades, que no eran entidades autonómicas, pero sí descentralizadoras. Ahora bien: cuando los liberales quisieron ponerlas en marcha, se opuso. Al volver al gobierno en 1918, en cambio, Maura hizo ministro al catalanista Francisco Cambó.
En 1921, Antoni Maura lograba la presidencia por última vez y otro pico tuvo a Cambó como ministro de Hacienda. Había comparecido un nuevo dueño en Mallorca: Joan March. El financiero había creado un complejo petroquímico en Portopí, que suponía una competencia para lo que tenía Manuel Salas Sureda en El Molinar. Y Salas era quien pagaba las campañas electorales de Maura. No sólo eso: era presidente de Salinera Española, de la que era vicepresidente Francesc Maura, hermano del político, casado con la hermana de Salas y con casa –¡justamente!– en Portopí.
El gobierno de Maura ordenó cerrar el complejo de March, alegando incumplimiento de la normativa sanitaria, y aquí se produjo otro baile de clientelismos. Joan March contó con el apoyo de los concejales de Palma Guillem Forteza, que era el arquitecto del complejo; Joaquín Pascual, micer de March; y Just Solà, encargado de una de sus fincas. Mientras que el alcalde, Bartomeu Fons, era otro cuñado de Sales.
Una de las últimas polémicas de la trayectoria de Maura fue la construcción del colosal monumento al Sagrado Corazón en el Cerro dels Àngels, en Getafe (Madrid), que él mismo inauguró en 1919, y que fue muy criticado por la izquierda, aunque se había sufra. Hay que añadir que el arquitecto era Carlos Maura Nadal. En efecto: un sobrino suyo.
¿Era Maura de extrema derecha? El falangista Rafael Sánchez Mazas –sí, el mismo que Javier Cercas convirtió en personaje de Soldados de Salamina–pretendía que había sido un precursor del fascismo. Desde la ultraderecha actual se le ha reivindicado como mínimo menos que un fundador. Pero esto no tiene ningún sentido. Los integristas, la extrema derecha de la época, le criticaron con dureza, por intentar evitar que los votos de los católicos se decantaran hacia aquella opción.
En definitiva: una fría y otra caliente. Maura, sí: el político de valía, con propósitos regeneradores y con capacidad de diálogo. Maura, no: el político que utilizaba una red clientelar, que envió a la muerte a un jefe de turco sin garantías legales y con una separación quizá no siempre estricta entre intereses públicos y privados. El lector puede quedarse con la versión que más le guste.u
De estudiante, en Madrid, el joven Maura fue objeto de las mofas de sus compañeros por su fuerte acento y las 'mallorquinadas' que soltaba al expresarse en castellano. El resultado fue una conversión radical al nacionalismo español y la defensa y práctica del castellano, hasta el punto de llegar a director de la Real Academia Española. También instauró, al ser presidente del gobierno estatal, la fiesta del 12 de octubre, el Día de la raza.
Desde ese cargo en la RAE propició una nueva edición del diccionario, que pasó a llamarse 'de la lengua española' y no 'de la lengua castellana', como se había titulado desde 1780. Por cierto: el grabado de ese volumen lo había hecho su hermano Bartomeu. También defendió que sólo el castellano fue la lengua empleada en la enseñanza en todo el Estado, lo que generó la protesta de un grupo de intelectuales mallorquines, entre ellos Joan Estelrich, Salvador Galmés y Miquel Ferrà.
Por aquella conversión, digna de un san Pablo, a Maura le llovieron las críticas: "Hijo soberbio", lo calificaba La Almudaina, "que se olvida de su pequeña patria a la que se lo debe todo" y que "olvida o hace como que ha olvidado su propia lengua materna, esa lengua mallorquina tan querida". Ciertamente, se pasó por completo al castellano: en su correspondencia apenas aparece ninguna expresión autóctona.
Un amplio sector de la sociedad mallorquina consideraba que Maura se había amadrileñado. Por supuesto, residía en la capital del Estado: vivió en la calle de Génova, donde ahora es la sede de los conservadores españoles –el mundo es muy pequeño, o quizás Madrid no sea tan grande. Y que no se preocupaba de los isleños y sus problemas. "Solo se acuerda, de Mallorca, cuando para obtener la investidura de diputado viene a mendigar los votos de los mallorquines", afirmaba La Unión Republicana. La acusación no era exacta, porque Maura sí tramitó a Madrid un buen puñado de asuntos mallorquines, entre ellos el derribo de las murallas de Palma.
También desde el otro lado le llovieron las críticas. Cuando presentó en 1893 un proyecto de autonomía para Cuba, siendo ministro de Ultramar, se dispararon "las alarmas patrióticas", como se señaló en el trámite parlamentario, y se afirmó que ponía en peligro la unidad de España. Es más: cuando finalmente estalló la guerra –que él había intentado evitar– le echaron la culpa de haber fomentado el independentismo: "Madres, si llorad la pérdida de sus hijos (...) debe atribuirlo exclusivamente a D. Antonio Maura", afirmaba El Día.
Información elaborada a partir de textos de Pedro Fullana Puigserver, Javier Tusell, Miguel Ángel Casasnovas, María Jesús González, Susana Sueiro Seoane, Antonio Janer Torrens, Isabel Peñarrubia y Marqués, José Manuel Cuenca, Juan Soldado, Primitivo Lahoz y Joaquín García Murcia y María Antonia.