Benditas de Muro, el recuerdo de un campesinado desaparecido

El vistoso desfile con animales en el municipio del Pla es uno de los actos más emblemáticos de la fiesta santantoniera en Mallorca. Antiguamente era la ocasión que tenían los campesinos para pedir protección al santo para sus imprescindibles bistias. Hoy, en una sociedad que vive de espaldas al campo, el protagonismo es más para las mascotas

Mn. Pedro Fiol y Tornila bendice la guarda de ovejas.
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PalmaSan Antonio es el patrón de los animales y, por extensión, del campesinado. Muro es el pueblo que más reivindica esta condición del santo barbudo el día de su onomástica (17 de enero). Lo hace con unas benditas bien vistosas y concurridas que son el colofón de la gran fiesta de invierno de la Part Forana celebrada con glosas, zambombas y hogueras. Ahora el Consell de Mallorca las ha declarado Bien de Interés Cultural Inmaterial (BIC). Su historia puede seguirse en el libro que acaba de publicar el investigador Damià Payeras Capó titulado San Antonio, devoción y fiesta populares en Muro. "Hay constancia documental –dice– de que en el municipio se celebran desde el siglo XVIII, aunque seguramente son más antiguas. Era el momento en que todos los campesinos engalanaban sus bistias y las llevaban a bendecir para asegurarse de que estarían protegidas por todo el año".

El padre de la vida eremita nació en el siglo III en Egipto. A los 18 años oyó la llamada de Dios y decidió retirarse al desierto, donde conseguiría vencer todo tipo de tentaciones pecaminosas del demonio. El cerdito con el que está representado indica su vinculación con el mundo animal. Según la leyenda, un día se encontró a uno malherido, que curó de repente. Desde entonces, el cochinillo, como muestra de agradecimiento, le acompañaría por todas partes hasta el día de su muerte, a 105 años, supuestamente el 17 de enero de 356. En el siglo XI los restos del monje egipcio fueron a parar a un municipio en el sureste de Francia. Desde este punto su devoción se esparció por medio Europa. En Baleares llegaría al siglo XIII con la conquista cristiana de Jaime I. Su fiesta se enmarca en un ciclo de raíces paganas que enlaza Navidad con Carnaval y que conmemora el renacimiento de la naturaleza después del solsticio de invierno con el fuego como elemento purificador.

La Unión Agrícola Murense

“En Muro –apunta Payeras–, desde un principio los responsables de las Beneïdes fueron la parroquia y la Obrería de San Antonio. A partir de los años 50 del siglo XX la organización corrió a cargo de La Unión Agrícola Murense, 'a sociedad de sus bistias', una entidad de carácter mutualista fundada en el 19. los participantes que desfilaban en ellos. En los años 80, con la restitución de la democracia, el Ayuntamiento sería el organizador y patrocinador único de la celebración".

Fotografía sacada de la cubierta de un programa de fiestas.

A finales de los 80 el investigador murero, de 72 años, entrevistó a gente mayor para conocer mejor la dimensión colectiva de las Beneïdes, que en sus inicios atraía también agricultores de Llubí –el municipio se independizó de Muro en 1836. “Las Beneïdes –dice– empezaban a primera hora de la tarde. mirto. Estaba encima de dos bancos de madera, rodeado por las autoridades.

"Quienes sacaban a bendecir a los animales –continúa Payeras– eran hombres, que se mudaban para la ocasión. A pesar de hacer lluvia o viento, siempre salían. Las mujeres tenían un papel secundario en la fiesta". Aquello era todo un espectáculo. "Cuando venía una bistia, el público se arrinconaba y después volvía a invadir la calle. Parecía una ola del mar. A pesar de la multitud congregada, nunca hubo ningún accidente con animales desbocados. La gente decía que era porque ya partían bendecidos. Al terminar el desfile, el público pasaba por delante del cura".

Las bistias (sobre todo mulos, asnos y bueyes) se convertían en los principales protagonistas del esperado día. "Eran -dice el investigador- imprescindibles para las tareas agrícolas, como hoy lo son los tractores y los coches. Sin ellos, los campesinos no podían hacer nada. Su muerte era toda una desgracia, ya que habían supuesto una inversión importante. cabestrillo, y no con carros. En 1946 se bendijeron unas 400 bistias". También había agua bendita para el resto de animales: ovejas, vacas, bueyes, cabras, cerdos, pavos, gansos... "Muchos de estos animales estaban en las casas del pueblo. Entonces cada casa tenía un corral con una paisa y una soll donde engordaban los cerdos por el día de las matanzas".

Ca s'Artiller

Hoy en Muro una de estas antiguas casas se ha convertido en un museo del campesinado con una buena muestra de herramientas de nombres ya olvidados (falcella, criba, rampaina, gavilanes...). Es Ca s'Artiller. Lo inauguró en el 2014 el activista cultural Jordi Cloquell Noceras, de 79 años. "El espacio –dice– pretende ser un homenaje a un mundo ya desaparecido. Mis padres fueron la última generación de campesinos del pueblo. Se dedicaban a conrar, un verbo genérico que incluía muchas de las actividades del campo como labrar, cosechar, batir y segar". Cloquell es el segundo de cuatro hermanos. "A los cuatro nos animaron a estudiar. No querían un trabajo tan pesado para nosotros. Yo, a 19 años, ya entré en Correos y después en un banco".

De sus años de juventud a foravila, el murero conserva una vena glosadora extraordinaria. En 2022 publicó Muro, patrimonio sonoro. "Mis padres siempre cantaban mientras cultivaban. Cuando yo era muy pequeño y aún no sabía hacer nada, a la hora de batir, mi madre me hacía estar en medio de la era y me decía: 'Tienes que cantar porque así la bistia va más alegre'. Entonces casi todos los trabajos del campo tenían su canción de can, tenían su propia canción." sacudiendo almendras o haciendo otra tarea".

Cloquell reconoce que, pese a ser duro, el trabajo en el campo permitía a su familia ser autosuficiente y no depender de nadie. "Mis padres eran dueños de sí mismos. Aquella no era una sociedad tan consumista como ahora y podían vivir de lo que sembraban. Los domingos les acompañaba en carro a vender en el mercado de Santa Maria. En el pueblo, además, en caso de un imprevisto había cualquier oficio (herrero, carpintero...) y las calles estaban llenas de tiendas caseras". El murero también recuerda muy bien a las Benditas de su infancia. "Eran muy auténticas. Era el día en que los agricultores mostraban con orgullo sus bistias, que alimentaban bien para que estuvieran a pleno rendimiento. Las amaban más incluso que los hijos porque eran más necesarios para el trabajo. Por eso, en aquella época no había maltrato animal. La figura del manescal era muy importante. Ahora le llaman viene."

Benditas desvirtuadas

Hoy el desfile de animales de Les Beneïdes va desde la plaza del Convent hasta la explanada del Ayuntamiento. Todas las televisiones y fotógrafos están pendientes de captar la imagen del pastor mandando una numerosa guarda de ovejas, que remite al antiguo pasado agrícola de Muro. Los caballos, el otro elemento singular de la fiesta, antes no estaban tan presentes, ya que predominaban más las bistias estériles (mulo y mulas, fruto del cruce entre un asno y una yegua, o un caballo y una burra), que eran más resistentes. Un protagonista nuevo de las últimas décadas son los animales de compañía, las conocidas mascotas. "Me parece –lamenta Cloquell– ridículo que la gente las lleve a bendecir vestidas con un abrigo y dentro de cochecitos. Hoy llevamos a los niños en las guarderías y los viejos en las residencias, mientras compramos un perro o un gato para no estar solos y les compramos comida. Antes estos animales comían lo que sobraba".

Este nuevo cambio de tendencia se inició en los años 60 con el boom turístico, que tuvo un gran impacto en el campo. "Muchos mureros –recuerda el activista cultural– se fueron a trabajar a un hotel. Aquello era un caramelo irresistible también para la gente que hasta entonces emigraba a Alemania por no tener que ser esclavo de la tierra. El mismo camino habían seguido a principios del siglo XX sus padrinos, en su caso en Sudca". Cloquell destaca un aspecto importante que impuso la nueva sociedad consumista y capitalista. "Muro ya no huele a cuando yo era pequeño, cuando por delante de nuestra casa pasaban todo el día guardas de cabras, ovejas y bistias, que dejaban unas buenas 'señales' a su paso. Ahora dentro del pueblo ya no hay animales. Hace ocho años recuperé ese olor tan característico cuando fui a Santillana del Mar, a Cantabria, donde.

Poco a poco las Benditas acabarían convirtiéndose en el recuerdo fastuoso de un campesinado desaparecido. "Ahora –lamenta el murero– están totalmente desvirtuadas. Se han convertido en un pseudocarnaval. Las carrozas de temática libre hacen referencia a cosas absurdas de la televisión y las tradicionales recrean mal el mundo del campo porque es un mundo que las nuevas generaciones ya no conocen". El responsable de Artiller huye de cualquier romanticismo del pasado, pero vive con resignación los signos de los nuevos tiempos. "Con tantas comodidades, tenemos más nivel de vida. Antes, sin embargo, teníamos más calidad de vida. Hemos perdido muchas cosas en el camino del progreso. Esto lo denuncia muy bien Toni Gomila en el monólogo Acorar, dedicado a la tradición tribal de las matanzas".

Marcados por el calendario católico

Durante siglos, el calendario festivo católico guió la vida de los pueblos y de las personas. Y todavía lo hace con una estructura donde están Navidad-Reyes, el ciclo Carnaval-Quaresma-Pascua, las fiestas de la Virgen, las fiestas patronales y las dedicadas a figuras del santoral popular como la de San Antonio. Esta estructura estaba empapada de sabiduría popular. Lo recuerda el investigador murero Damià Payeras: "De las experiencias de cada día, nuestros antepasados ​​pronosticaban que, si llueve por Santa Bibiana (2 de diciembre), llueve cuarenta días y una semana, o que por la fiesta de San Agustín (28 de agosto) se pueden empezar a sembrar rábanos".

Los santos, vistos como mediadores entre Dios y hombres, eran casi el único remedio para infinidades de enfermedades. Santa Apolonia era invocada para el dolor de muelas; san Lorenzo, para las quemaduras; santa Lucía, para el dolor de ojos, y san Blas, para el dolor de garganta. Los pueblos deseaban vivamente la llegada de las fiestas de su santo patrón. "Eran –dice Payeras– días de recreo y de tradiciones que cohesionaban a la comunidad. También era cuando se hacían reuniones familiares en torno a una buena mesa con platos característicos de cada celebración. Todo ello tenía lugar en una época en la que el tiempo estaba adaptado al ciclo de la tierra".

En septiembre se daba el suso al año agrícola. Con ocasión del día de la Natividad de Nuestra Señora (día 8), los mensajes (empleados de los trabajos del campo) renovaban los contratos de trabajo; y por Sant Miquel (día 29) se reafirmaban los contratos de pasto y alquileres de tierra. Los conocimientos del campesinado quedaron recogidos en los almanaques o parenósticos (deformación de la palabra pronóstico). Se trataba de calendarios con informaciones astronómicas y meteorológicas completadas con datos de fiestas populares, santorales, ferias, mercados y consejos diversos. En los años 50 del siglo pasado el padre Rafael Ginard, natural de San Juan, consiguió hacer un compendio en el Calendario folclórico de Mallorca. A partir de 1966 también empezaría a publicar en volúmenes el Cancionero Popular de Mallorca, con más de 20.000 canciones diferentes –es la compilación de patrimonio oral cancionística más extensa jamás hecha en lengua catalana.

Toda esta sociedad agraria empezó a abandonarse a finales de los 50 con el boom turístico. Fue el inicio también de la secularización del calendario festivo, que ha hecho que hoy muchos desconozcan el origen y el significado de gran parte de nuestras celebraciones. De esa alma campesina perdida perduran expresiones como 'pasar el arado delante del toro', 'estirar más la cuerda que el toro' o 'quien no quiere polvo que no vaya a la era'. Hoy, aparte de Ca s'Artiller en Muro, el recuerdo de nuestra vida preturística también se puede evocar en el Ecomuseo Etnográfico del Patrimonio Rural de Campos, inaugurado recientemente. Y en Ibiza, desde 1994 está el Museo de Etnografía Can Ros, en Santa Eulària del Riu.

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