Hablar, repetir, entender: ¿qué funciona realmente para aprender una lengua?

Pese a que periódicamente aparezcan métodos que prometen fluidez rápida y sin apenas estudiar, suelen ser tan poco eficaces como las dietas exprés o los planes de entrenamiento que aseguran un cuerpo normativo en pocos días

Hablar, repetir, entender: ¿qué funciona realmente para aprender una lengua?
24/01/2026
4 min

PalmaDéjame hacerle una pregunta: ¿cuántas veces ha comenzado, o retomado, el aprendizaje de una lengua con la sensación de que, esta vez sí, lo haríais bien? Quizás haya recurrido a una aplicación nueva, a un curso intensivo, a vídeos en internet oa un método que, supuestamente, le permitiría aprenderla en tres meses "sin esfuerzo". Pero al cabo de un tiempo, vuelve a aparecer una pregunta que ya se había hecho antes: '¿esto que hago sirve realmente?'

La mayoría de personas que han intentado aprender una lengua adicional a lo largo de la vida (es decir, cualquier lengua que no es la primera que adquirieron) se han hecho esta pregunta en algún momento. ¿Sirve repetir frases una y otra vez? ¿Sirve estudiar gramática? ¿Sirve lanzarse a hablar aunque sea con errores? En el fondo, la duda es otra: ¿hay un método mejor que los demás para aprender lenguas?

La respuesta, aunque pueda resultar poco satisfactoria, es que no hay ninguna milagrosa ni infalible. Esto ocurre porque aprender una lengua es un proceso complejo y largo, condicionado por muchos factores, y que los métodos no son más que herramientas que funcionan mejor o peor según la persona, el momento y el contexto.

Normas fijas

Si echamos la vista atrás, veremos que durante mucho tiempo aprender una lengua adicional quiso decir, básicamente, aprender su gramática. Se entendía la lengua como un sistema de normas fijas que había que dominar antes de su uso. Primero se estudiaba y después (si acaso) se hablaba. En el aula, esto se reflejaba en ejercicios de traducción, listas de verbos irregulares, análisis sintáctico y frases por completar. El resultado era que, a menudo, los aprendices sabían contar una norma pero no sabían pedir un café, hacer una queja o mantener una conversación mínimamente fluida. La lengua se estudiaba mucho pero se usaba poco.

Ya a principios del siglo XX, esta visión empieza a resquebrajarse. Con la influencia de nuevas corrientes de la lingüística, se impone otra idea: aprender una lengua es, más que conocer reglas, adquirir hábitos. Se entiende que, si repetimos suficientemente una estructura, acabará saliendo sola. Así aparecen métodos basados ​​en la repetición y la imitación, y las clases se llenan de diálogos modelo y ejercicios mecánicos. La oralidad gana protagonismo, lo que supone un cambio importante. Ahora bien, suelen repetirse conversaciones que nadie tendría fuera del aula y las situaciones comunicativas son, con demasiada frecuencia, poco verosímiles.

A partir de los años sesenta y setenta, coge bastante una nueva idea: aprender una lengua no es repetir como un loro, sino crear y construir. La atención se desplaza hacia los procesos mentales del aprendiz (las hipótesis que formula, las estrategias que activa para entender y expresarse, etc.), y se evidencia algo que hoy puede parecer obvio, pero que no siempre se había tenido en cuenta: no todo el mundo aprende igual. Se ponen sobre la mesa factores como la motivación, la actitud, la autoestima, el contexto de aprendizaje o las lenguas que ya se dominan, y aprender una lengua adicional comienza a entenderse como una experiencia individual.

Con todo, el verdadero punto de inflexión llega cuando, gracias a la sociolingüística, se extiende la idea de que saber una lengua no es sólo dominar su gramática ni pronunciar bien sus palabras: es saber usarla en situaciones reales, es decir, saber qué decir, a quién, cómo y cuándo. Esto implica adaptar el registro, interpretar el contexto, entender lo que no se dice explícitamente, negociar el significado cuando faltan palabras, compensar vacíos y gestionar malentendidos.

Este cambio de mirada transforma las aulas. La lengua deja de trabajarse a partir de frases aisladas y pasa a abordarse mediante textos completos y situaciones verosímiles: conversaciones, correos electrónicos, noticias, vídeos, mensajes de voz o debates. Los aprendices, además de resolver ejercicios, deben hacer cosas con la lengua, como opinar, explicar, pedir, negociar o argumentar. Esto no quiere decir (¡cuidado!) que la gramática desaparezca: simplemente deja de ser el centro absoluto y se convierte en una herramienta al servicio de la comunicación.

Ecosistema comunicativo

Este enfoque conecta mejor con la forma en que usamos las lenguas. Leemos libros y noticias en papel o en plataformas digitales, intercambiamos mensajes en las redes, miramos series y vídeos, escuchamos podcasts, enviamos audios, etc. Dominar una lengua implica moverse con cierta solvencia dentro de este ecosistema comunicativo, lo que exige dominar todas las habilidades lingüísticas: comprender y producir, oralmente y por escrito, en una multiplicidad de contextos. El objetivo, por tanto, no debe ser sólo escribir o hablar sin faltas, sino aprender a anticipar, inferir, seleccionar información e interpretar el contexto para poder comprender textos, o planificar, elegir recursos lingüísticos y adaptarse al interlocutor para poder producirlos.

Pero volvamos a la pregunta inicial: para conseguir todo esto, ¿hay un método mejor que los demás? La historia de las lenguas nos dice que no. Pese a que periódicamente aparezcan métodos que prometen fluidez rápida y sin apenas estudiar, suelen ser tan poco eficaces como las dietas exprés o los planes de entrenamiento que aseguran un cuerpo normativo en pocos días.

No es que los métodos, en sí mismos, sean inútiles. El problema es creer que hay uno solo que sirva para todo el mundo. Aprender una lengua es un proceso irregular, con avances, retrocesos y estancamientos, y cada aprendiz recorre ese camino a su manera. Repetir frases puede ser útil, y reflexionar sobre la gramática, también, al igual que realizar intercambios, mirar series o leer libros en la lengua que queremos aprender. Ahora bien, ninguno de estos elementos sólo garantiza el éxito.

El reto, por tanto, no es encontrar la fórmula mágica, sino saber combinarlo todo con criterio, según el momento, el objetivo y la persona. Al final, saber una lengua no es sólo saber cómo funciona ni sólo atreverse a hablarla: es saber decir qué toca, cuándo toca ya quién toca. Y eso, en realidad, nunca se acaba de aprender del todo.

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