Queremos ser una ‘cussa’, no una ‘perra’ ni una ‘bitch’

Una experiencia escénica a partir del poemario de Clàudia Darder explora qué significa ser una ‘perra’ y reivindica una feminidad sin etiquetas ni domesticar

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Laia Costa es la verdadera perra en Un amor.
04/10/2026 - 16:52 h

PalmaLo recuerdo como un éxito en la radio, una cancioncilla que no dejas de escuchar: “¿Qué es de tímida esta niña?” o “¿Que se le ha comido la lengua el gato?”. Se referían a mí, en tercera persona del singular. Nunca tú, siempre ella. Nunca interpelada, siempre señalada. Decidieron que era tímida antes, incluso, que yo supiera lo que era. Y desde aquel momento cargué con aquellas seis letras: ‘tímida’, como una losa que reducía mi existencia y mis posibilidades. Una cajita muy pequeña, perfecta para el tamaño de una persona que todavía tenía dos años. Un guion, también, que pautaba mis frases. Una circunferencia dentro de la cual debía desplegar mis movimientos. Un tono de voz. Una manera de ser preestablecida, que llegaba antes que yo y me daba paso.

Tímida porque solo me salían las palabras si las decía al oído de mi madre; porque vivía escondida entre las piernas de mi madrina; porque había perdido la desvergüenza de reclamar a todo el mundo que jugara conmigo. ‘Tímida’ fue la palabra que hizo más soportable que, justo después de la separación de mis padres, dejaran de oír mi voz. Nadie imaginaba que, aunque no hubiera sido ningún trauma, mi mundo había cambiado tanto que ya no sabía cómo dirigirme a él.

Laia Costa con 'Sieso', el perro de 'Un amor'. Fotograma de 'Un amor'.
Fotograma de 'Un amor'.

La timidez era una explicación solvente, no pedía más preguntas, cerraba el debate. Y yo acepté el pacto. Ser tímida me daba el permiso y la excusa de replegarme en mí misma y dedicarle el tiempo a aquello que lo merecía –las manualidades, Disney Channel y las Bratz–, de no hacer esfuerzos por enfrentarme a personas que no me interesaban nada –la hermana de mi madrina, un amigo de mi madre o una prima lejana. Era una trampa comodísima, de algodón. Y durante mucho tiempo fingí que habían acertado, igual que cuando recibes una transferencia que no te corresponde. Nada de todo aquello era cierto, pero yo me lo quise creer. Supongo que por eso ahora siempre tengo este manojo de nervios en la barriga. Quizás me quedó alguna palabra enquistada dentro del estómago: sílabas que se remueven como peces por las tripas, intentando expulsar la verdad.

Me despierto de la siesta recordando todo esto que fui un día, consciente de que en unas horas estaré ladrando ante 50 personas: ¿Y si tenían razón? ¿Y si soy demasiado tímida para soportarlo? Pienso en todo esto durante los tres días que mi amiga Clàudia Darder nos tiene encerradas, dentro de una ‘jaula’, en Búger, que dará como resultado una muestra con público. Somos Aina Maria Cantallops, Mar Grimalt, Mariona Jaume, Marina Ripoll, Maria Adrover y yo. Pensamos, vivimos y creamos Como una perra, el poemario de Clàudia. Y yo, si alguna vez había sido tímida, dejo de serlo. Me arrastro por el suelo cuando Mariona nos propone la práctica del Katsugen; sigo con el olfato una hoja de romero, guiada por Mar; gimo ante la pared los sonidos que Maria nos dicta; intento encontrar la equivalencia de “herida”*, “hambre” o “hedor en un gesto con mi cuerpo, a propuesta de Marina. Y todas acabamos abrazadas, sudadas, encantadas. Tomamos el vermut, comemos ensalada de pasta, y nos despedimos hasta la hora del café.

Exploramos la perra. Como dice Aina Maria, exprimimos a la perra como una bayeta: le damos vueltas y vueltas. Una perra puede ser muchas cosas, según esté en pleno “Delirio” o si “Sospecha”, por ejemplo. El léxico es importante. Sobre todo, porque no es lo mismo ser una perra que una “perra” o una “bitch”. En perra encontramos una palabra a estrenar, “impoluta”, “precisa, que diría Clàudia. Es un territorio todavía sin colonizar, vacío, para entrar a vivir. Y nos instalamos durante todo el fin de semana.

Fotograma de 'Un amor'.

En los “un, dos, tres” días que nos “entregamos a la palabra” debatimos sobre todo aquello que puede una perra. Una perra puede tener “sospecha felina”, estar abandonada o rabiosa, puede arrastrarse como un “reptil estéril”, o puede ser una“yegua desbocada”, marcar territorio o huir, puede ver “Dios en gestos pequeños”, olfatear al dueño a metros de distancia o dejar que le “laman los huesos”. Llegamos a la conclusión de que nuestra perra no tiene raza, pero debatimos sobre si conviene sanarla –si eso secuestra su instinto, su animalidad, su deseo– y si le hacemos algún favor cuando dejamos que la domestiquen. ¿La estamos infantilizando, cuando la mimamos con cuidados, la dejamos subir a la cama y le compramos ropita? O, al contrario, ¿le proporcionamos un espacio seguro, donde sentirse a resguardo?

Clàudia nos deja hacer y deshacer, hasta que un día estalla en llantos, harta de todo. Ríe, solloza y vuelve a cantar No me sap greu, de Guillem d’Efak: “Éramos dos pajaritos, que siempre estaban de fiesta”. Y nosotras la acompañamos, descalzas, danzantes, por la sala del piano de ACA (Área de Creación Acústica). Acabamos desarrollando una especie de mente colmena. Tenemos la seguridad y la confianza de una realidad creada por siete mujeres. Un espejismo que construimos, palabra a palabra, para ver todas una misma realidad. Llegamos a nuestro estado primitivo y perdemos el pudor. Es el poder de la perrada.

Todas las palabras entre comillas pertenecen a versos del poemario Com una cussa, de Clàudia Darder.

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