Cómo era Maria Magdalena Amengual Caldés, según su amiga: “Los abuelos eran sus dioses”
Margalida Victòria Estrany Bertos, amiga de la maestra y glosadora, nos explica los secretos mejor guardados de su infancia y adolescencia
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PalmaDeterminación, valentía y firmeza son rasgos que desprende su presencia; la voz y la palabra son su carta de presentación al mundo. Maria Magdalena Amengual Caldés (Pollença, 1985) creció entre el Puerto de Pollensa y sa Pobla, rodeada del amor de sus abuelos de ambas partes, que “eran sus dioses”. Durante una época, sentía asco por la miel y los champiñones. Hoy es glosadora, un descubrimiento que “le cambió la vida”, según admite también ella misma. Ahora bien, como maestra de educación especial, es ella quien contribuye a cambiar la vida de muchos niños.
Para quienes la han visto crecer, de cerca o de lejos, es simplemente Meri. Nos acerca a ella su amiga íntima Margalida Victòria Estrany Bertos, que la conoció cuando era monitora de la escuela de verano Pan y Miel, en sa Pobla. Maria tenía entonces 11 años.
“A partir de los 12 años ya no había grupos de escuela de verano, pero Meri quería continuar. Fue por ella que creamos la figura de monitores auxiliares, cuando todavía nadie sabía que acabaría estudiando Magisterio. De esta manera continuaba vinculada a las actividades”. Así que durante los veranos de los 13, 14 y 15 años, Maria Magdalena fue monitora auxiliar con Margalida Victòria –con quien hay ocho años de diferencia–, que la describe como una joven “muy responsable y empática, a quien le gustaba estar con la gente y ayudar”.
La amistad entre ambas se fue haciendo fuerte. Margalida Victòria vivió un tiempo en Menorca y se carteaban para mantener el contacto. Vio crecer a una adolescente que se convertía en “una devota de Els Pets” y una gran apasionada de la literatura: “Estamos enganchadas a la lectura, pero no siempre coincidimos: ella odia a Murakami y a mí me encanta”. Ante situaciones difíciles que la hicieron madurar a marchas forzadas, la glosadora “tuvo la inteligencia, capacidad y fuerza para seguir adelante”.
Maria Magdalena es, según su amiga, una persona muy profunda y racional, con los pies bien puestos en la tierra. Tiene unos valores y unas creencias firmes y no tiene miedo de defenderlos: “Esto a la gente no siempre le gusta”, pero forma parte de este carácter valiente y determinado de la glosadora. Aun así, dice, nunca ha sido una persona que intente imponerse ante la otra: “Con la palabra y el razonamiento te dará sus principios. Si no los quieres, los perderás”. Esta manera de ser también la considera especialmente importante en su trabajo como maestra de educación especial. “Es la mejor persona para hacer educación especial, para ayudar a los niños, para transmitir”.
Desde que era una niña, la familia es una parte fundamental de la vida de Maria Magdalena. Ir a comer el domingo con la familia es una manera de vivir. “No le toques a nadie”, amenaza la amiga. De hecho, su abuela joven, de Sa Pobla, es como su segunda madre. “Toda la vida han hecho mucha piña y han estado muy unidos”. Se quieren mucho, asegura; de hecho, “se quieren tanto entre ellos que la familia quiere a todos los amigos de los integrantes. Parece romántico, pero es así”, dice Margalida Victòria, que asegura que a ella se le ha pegado: “Las personas que quiere Meri, las quiero yo. Confío en ella ciegamente”.
Margalida Victòria adora el “punto escandaloso” de Meri, esa poca vergüenza de “hacer ruido, reírse de sí misma y no preocuparse por hacer el payaso”. Cuando mejor se lo pasan es cuando se ponen “a decir burradas, una detrás de otra” y ríen fuerte y con la boca abierta. Hay cosas que no se pueden decir con la boca pequeña, como que “Meri es una de las mejores glosadoras de Mallorca”. Margalida Victòria todavía recuerda cuando Maria Magdalena le contaba qué había descubierto de glosar al principio: “Recuerdo la pasión y los ojos brillantes. La miraba y pensaba: Dios mío, esto va en serio”. Y tan en serio.