Que los bombardeos sobre Mallorca, en aquel comienzo de la Guerra Civil, provinieran de Cataluña no contribuyó precisamente a una actitud favorable de los mallorquines hacia los hermanos de la otra orilla del mar. Como recoge Josep Massot, en los establecimientos hoteleros se colgó el letrero, en castellano, “Se prohíbe hablar en catalán” y en algunas tiendas, el aviso “No se vende a los catalanes”.Según un testigo, en una farmacia, un viajante de comercio catalán fue invitado a salir de ella, cuando le señalaron la calle. En un café, en la puerta de los baños, alguien colgó el letrero ‘Generalitat de Catalunya’, ocurrencia que fue muy celebrada. Asociaciones empresariales habían determinado no comprar productos de Cataluña. Llorenç Villalonga –quién lo iba a decir, con su metamorfosis de años más tarde– había anunciado que el primer catalán que tocara a la puerta de su casa lo lanzaría escaleras abajo.El golpe de estado sorprendió a los catalanes que vivían en Mallorca o que pasaban allí las vacaciones: hay que recordar que aquello fue en julio, así que algunas de las jóvenes parejas que disfrutaban de la luna de miel allí tuvieron que quedarse tres años. El solo hecho de ser catalán se volvió sospechoso. Se registraron detenciones, con el cargo de ser espías o desertores de la expedición de Bayo, y con peligro de ser ejecutados. Incluso el seminarista de Tarragona Ramon Muntanyola, a quien los republicanos habían fusilado al padre y a un hermano, tuvo que sufrir aquella catalanofobia.Había que borrar las dudas, como fuera. Así, no es extraño que un grupo de catalanes que estaban en Mallorca redactaran un texto dirigido al comandante militar donde expresaban su “adhesión y homenaje al Ejército salvador de España” y que fue reproducido en la prensa local. Un soldado de artillería del mismo origen publicó una carta hablando de “los buenos españoles de la región catalana” y anunciando que, además, daba veinticinco pesetas a “la obra salvadora”. Los argumentos en metálico siempre resultan convincentes.
Mallorquines y catalanes: ¿una amistad peligrosa?
Se cumplen 90 años del 'Mensaje' desde Cataluña y la 'Respuesta' desde Mallorca, que complicaría la vida a una buena parte de los firmantes
PalmaSí, mallorquines y catalanes, hermanos, sin duda… Pero, incluso en las mejores familias, a menudo, las relaciones resultan complicadas. Entre mayo y junio de 1936, un Mensaje a los mallorquines desde Cataluña, y la consiguiente Respuesta a los catalanes desde Mallorca, por una cooperación cultural común, acabaría complicando la vida a una buena parte de los firmantes, al llegar, de repente, el golpe de estado y la victoria de los sublevados en la isla. Lo recordamos cuando se cumplen noventa años de aquel episodio.
La II República, llegada en 1931 en un clima favorable a las reivindicaciones autonomistas, favoreció el acercamiento entre Mallorca y Cataluña, donde las fuerzas políticas de este signo –Lliga y Esquerra Republicana– eran hegemónicas. Pero los hechos revolucionarios de 1934 y la intervención de la Generalitat por el gobierno del Estado truncaron aquella iniciativa.
Fue en mayo de 1936, ya con la Generalitat restablecida, cuando apareció en la prensa de Barcelona el Mensaje a los mallorquines, donde se proponían iniciativas para hacer más estrechos los lazos entre ambos territorios. Le apoyaba un comité de honor, encabezado por el presidente Lluís Companys, y un patronato que agrupaba las principales entidades culturales del Principado, con nombres como Pere Bosch Gimpera, Francesc Cambó, Pompeu Fabra y Josep Puig i Cadafalch.
En aquella iniciativa jugaron un papel fundamental dos mallorquines residentes en Barcelona y muy ligados a la política catalana: el periodista Joan Estelrich y el antiguo dirigente estudiantil Antoni Maria Sbert. Habían coincidido como diputados en Madrid, Estelrich por la Lliga y Sbert por Esquerra Republicana, y pronto se situarían en bandos opuestos: Sbert como consejero de la Generalitat, ya con la guerra empezada, y Estelrich como delegado de la España franquista en la Unesco.
En un entorno político polarizado –como decimos ahora– el Mensaje se quiso centrar en el aspecto cultural e idiomático, sin meterse en política, por decirlo de alguna manera. Se subrayaban los nombres de aquellos mallorquines destacados por su contribución a la lengua común y se hacían votos para que aquella conciencia de pertenecer a una misma comunidad, entonces solo sentida por “las selecciones intelectuales de ambas orillas de nuestro mar” se extendiera a toda la población.
Los hermanos Villalonga, al ataque
La Respuesta a los catalanes, lo que desde entonces sería conocido como el Manifiesto, por antonomasia, llegó el junio siguiente. Siguiendo la misma línea, hablaba esencialmente de lengua y cultura. Hubo intentos de añadirle aspectos más políticos, lo cual complicó el hecho de llegar a un texto consensuado. Aun así, se incluía la expresión ‘cohesión moral, social y patriótica’, que podía hacer dudar de qué patria se hablaba.
Lo firmaba el ‘quién es quién’ de la cultura y la vida pública de Mallorca de entonces: Pau Alcover de Haro, los dos Gabrieles Alomar –el político y el arquitecto–, los dos Guillems Colom –el poeta y el geólogo–, Emili Darder, Miquel Dolç, Félix Escalas, Bartomeu y Miquel Ferrà, Gabriel Fuster y Mayans Gafim, Salvador Galmés, la precursora del feminismo Maria Mayol, Francesc de Borja Moll, Joan Mascaró, Félix y Joan Pons i Marquès –padre y tío del futuro presidente de las Cortes–, Bartomeu Rosselló-Pòrcel, Maria Antònia Salvà, Joan Maria Thomàs... En total, 153 firmantes, 82 de los cuales, según Joan Pons, el probable redactor del texto, de derechas, 42 de izquierdas y 29 de centro.
El Manifiesto, de línea voluntariamente moderada, no despertó suspicacias en aquel momento. Solo la muy conservadora Acción Popular Agraria no se explicaba en qué consistía aquello de una comunidad cultural catalana-balear, “una mezcla híbrida e infecunda”. Eso sí, reconocían que en ambos territorios se hablaba “catalán”, con lo cual demostraban ser de derechas, sí, pero no ignorantes –no como algunos, ahora.
Todo cambiaría al triunfar en Mallorca –no en Cataluña– el golpe de estado del julio siguiente, que llegó acompañado de una verdadera apoteosis españolizadora. Aquel agosto, Llorenç Villalonga abrió la veda, al publicar un artículo donde acusaba a los firmantes de “haberse dejado engañar como unos aldeanos”. Como quien no quiere la cosa, daba a entender que la correspondencia a la Respuesta a los catalanes eran aquellos aviones que, desde Cataluña, hacían caer bombas sobre Mallorca.
Francesc de Borja Moll, uno de los objetivos del ataque, consideraba muy sospechoso que aquello se desenterrase, justamente, cuando a los revoltosos no les iban bien las cosas: se había producido el desembarco republicano de Bayo en Mallorca y se había recuperado Formentera. Era una manera de desviar la atención. A Joan Estelrich no le detuvo la militancia en un mismo bando para calificar a Villalonga de “malvado resentido”, por aquella andanada.
Como si fueran un dúo dinámico –de hermanos ultraderechistas–, solo una semana después de aquel texto de Llorenç, Miguel Villalonga sacó un segundo artículo, Aviso cariñoso, donde advertía a los firmantes que estaban, ahora, en “un país enemigo”. Así que no debían sentirse sorprendidos, les decía, “Si os sucede un contratiempo desagradable”. ¡Ojalá se tratase de un ' avisocariñoso'!
El septiembre siguiente se publicó otro texto, sin firma, pero presumiblemente también de Miguel Villalonga, al cual se pedía que aquellos que se habían “equivocado”, al firmar la Respuesta, debían reconocer “noblemente su error”. Si no lo hacían así, la alternativa era bien sencilla: “Que vayan pensando en evacuar nuestra isla”.
En Valladolid, a aprender castellano
Los firmantes del Manifiesto resultaban ahora sospechosos de catalanismo y, lo que era mucho peor, de complicidad con el enemigo. Por supuesto, los de izquierdas eran los más propicios a sufrir las consecuencias. Haber puesto la firma se utilizó como un argumento más en contra del alcalde Emili Darder, asesinado el febrero siguiente. Joan Sanxo Tous se libró por los pelos de ser fusilado y pasó cinco años en el campo de concentración de Formentera. Andreu Crespí se salvó de la muerte gracias a sus antiguos alumnos ahora conversos al franquismo.
Al maestro Miquel Deià lo suspendieron tres meses de sueldo y cargo y lo enviaron a Valladolid, otros tres meses más, para aprender castellano. Al cura Francesc Sureda i Blanes, aunque había publicado un artículo en elogio del nuevo régimen, lo trasladaron a Badajoz, sin que sirvieran de nada las protestas del obispo.
Incluso Maria Antònia Salvà, que había cantado las excelencias de Franco, se encontró, en una carta en catalán dirigida a Miquel Ferrà, otro de los firmantes, la siguiente nota añadida: “En España se habla y se escribe el castellano, que es el idioma oficial. El censor militar”. A Ferrà lo sometieron a vigilancia, bajo amenaza de fusilamiento, situación incómoda de la que lo sacó, mira por dónde, Llorenç Villalonga.
Los sospechosos debían hacer algo para salir de aquella situación incómoda. Y, en efecto, tal como lo había reclamado el texto anónimo, en septiembre publicaron una rectificación donde marcaban distancias con “la turba descastada que violó nuestra tierra” y recordaban que, “desde el primer día del movimiento nacional” habían expresado la “adhesión y cooperación”. Sin dejar de reivindicar la “herencia ideal” de Miquel dels Sants Oliver, los poetas Joan Alcover i Costa i Llobera querían “colaborar en una atmósfera pura en la obra de reconstrucción nacional”. Lo firmaban 107 de los 153 que habían dado apoyo al texto de unos meses antes.
Parecía que aquello había quedado resuelto. Pero para el coronel de Infantería Ricardo Fernández de Tamarit con la rectificación no había bastado –claro que no: los firmantes se habían de haber fustigado a sí mismos en público, como los penitentes medievales. Bien estaba que los pecadores se arrepintieran, aceptaba en un artículo, pero habían demostrado que no eran dignos de confianza. Así que se les había de “poner fuera de las fronteras de España”, para evitar que reincidieran. Llorenç Villalonga le tuvo que responder, tratando de calmar los ánimos: justamente él, que era quien había abierto la caja de Pandora. Los firmantes, decía, habían sido “más frívolos que culpables”.
Alguien podría pensar que todo aquello no dejaba de ser una polémica interminable, que no se sabía muy bien hacia dónde iba. Pero conviene recordar que, en aquellos momentos, se estaba matando gente en Mallorca. Ni tan solo aquellos supuestamente adheridos –ahora– al nuevo régimen podían sentirse satisfechos. Se había extendido una niebla de represión y de silencio sobre la lengua y la cultura catalanas, que ellos amaban, que tardaría decenios en deshacerse.
Información elaborada a partir de textos de Josep Massot i Muntaner, Llorenç Capellà, Gregori Mir, Antoni Janer Torrens i Francesc de Borja Moll.